En No soy la madre Teresa, Andrés Cárdenas Matute dice “Escribo porque no soy la madre Teresa.  Ella se hubiera quedado callada.”, pero no es verdad: nunca  calló. Por el contrario, aprovechó cada oportunidad que tuvo para promocionar una multimillonaria empresa recaudadora de donaciones y propagar sus creencias por el mundo. Por eso, el escrutinio a su vida no sólo es legítimo sino también necesario, y autores como Christopher Hitchens o Martín Caparrós contribuyen a ello.

No es cierto que la canonización de la madre Teresa sea un tema que  ajeno a los no católicos: nosotros también somos parte de esta sociedad y no estamos aislados de la construcción de los principios bajo los que nos formaron y se formarán nuestros hijos. Los símbolos importan, los ejemplos importan, y a través de un gran despliegue de propaganda  se nos quiere imponer a un personaje de ficción como ejemplo de piedad, rectitud y moral.

La madre Teresa obtuvo el Nobel de la Paz, al igual que otros como Henry Kissinger, alrededor de una gran mentira. Apenas una fracción de los fondos que recaudó se utilizó a favor de los pobres. En el libro  Madre Teresa, el veredicto final,  Aroup Chatterje detalla cómo la mayor parte de ese dinero se destinó a la construcción de templos (el mismo Chatterje asegura que Las Misioneras de la Caridad, fundada por Teresa de Calcuta, es la única organización de caridad de la India que no hace públicas sus cuentas), mientras que en los centros de atención ni siquiera había baños individuales.  La gente a la que se atendía en sus centros quedaba condenada a una lenta agonía.. Ese no es un modelo de ser humano en el que la sociedad debe reflejarse.

Es curioso, por ejemplo, que se mencione a la “gente con sida” como uno de los grupos a los que supuestamente ayudó: fue ella quizá la más importante punta de lanza en la lucha de la Iglesia Católica contra el uso de preservativos. Según cifras del 2012 de ONUSIDA, para finales de los años noventa, cerca de 700 mil nuevas personas se infectaban anualmente con VIH y las muertes anuales llegan a casi 3 millones, la mayoría en países en vías de desarrollo. Ha sido la ciencia y la información adecuada, pero no los fanatismos religiosos, lo que ha logrado una rápida y constante disminución de esta tragedia en el nuevo milenio.

Los que criticamos a Teresa de Calcuta no lo hacemos como una  simple caja de resonancia de Christopher Hitchens. Sin embargo, el artículo de Andrés Cárdenas parece suponerlo y, además,  parte de la premisa de que todos los que opinamos así tenemos una misma línea de pensamiento por “odio ideológico a otros”. Ni siquiera reconoce una voz propia a Martín Caparrós, quien formó su opinión tras visitar en Calcuta uno de los moritorios (denominar así a un lugar donde se debería estar luchando por proteger la dignidad y la vida me repugna).

Es propio de fanáticos confundir a la crítica con un ataque. Caer en esa confusión es lo que lleva a cuestionar a los que nos repulsa que la caridad sea entendida como una manera de obligar a los más desposeídos a una perpetua resignación, o a señalar el origen de las donaciones aceptadas por la madre Teresa: fondos que en muchos casos estuvieron manchados con sangre y obtenidos mediante actos de corrupción que no son sino otra forma de saquear a los más pobres y necesitados. Como cuando recibió dinero de un asesino y ladrón como el dictador haitiano Baby Doc Duvalier (que amasó una fortuna que era más de tres veces el monto total de lo que producía todo Haití en un año). Aceptar migajas y títulos honoríficos de gente así no ayuda a los pobres: ayuda al criminal a lavar su imagen. Según el autor de No soy la madre Teresa, “un mendigo no pregunta quién donó, ni cuánto donó, ni en qué moneda, ni con qué objetivos”, pero la madre Teresa no era un mendigo: era un personaje público con suficiente conocimiento y poder como para saber exactamente quiénes eran sus interlocutores  (¿o acaso es una nueva excusa legal para lavar dinero ilícito si se lo hace para que se atienda mendigos?).  Que Teresa de Calcuta se escudara permanentemente en su propia ignorancia sólo demostró una alta dosis de cinismo y desinterés por las tragedias causadas por varios de quienes financiaban su empresa.

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Hitchens, uno de los más grandes librepensadores de nuestro tiempo, no agrada a muchos. Especialmente, porque su impecable lógica y magnífica elocuencia expuso a fanáticos como Agnes Gonzha Bojaxhiu. Sin embargo, más allá de agrados o desagrados, ningún análisis objetivo sobre Hitchens podría negar que, además de su lucidez, cada uno de sus argumentos, desde un punto de vista fáctico, eran casi irrefutables, llenos de honestidad intelectual.  Sus “extrañas opiniones” fueron producto de rigurosas investigaciones. Sus conclusiones respondían a los hechos. No al revés, como usualmente suele suceder cuando se abordan las discusiones desde la religión en las que se rechazan los hechos que no cuadran con su visión, como explican Lord, Lee y Lepper en su estudio Biased Assimilation and Attitude Polarization: The Effects of Prior Theories on Subsequently Considered Evidence. Así que aún si sólo nos hacemos eco de sus palabras, estaremos ayudando a que se debata sobre la verdad y no sobre un mito.

Es importante entender que el “copy-paste” de ideas sin ningún tipo de crítica (del cual paradójicamente se nos acusa a quienes no creemos en la inmaculada figura de la madre Teresa) no es nuevo, sino que se lo conoce por otro nombre milenario: dogma de fe.