Cuando Gustavo Cordera (excantante del grupo argentino Bersuit) dijo que hay mujeres que necesitan ser violadas porque son histéricas, el tema explotó de tal forma que días después Cordera tuvo que disculparse. Entre otras cosas, y —como gallito engreído pero torpe— alentó el sexo con menores de edad: “Si yo tengo algo bueno para darte puedo desvirgarte como nadie en el mundo”, dijo. Nada nuevo: otro rockstar haciendo gala de su machismo neandertal. ¿Terrible, horrible, inaceptable? Sí, pero nada que podamos cambiar con emojis enojados.  Lo dicho por Cordera era indefendible, pero cuando lo leí, la mía era una indignación bastante cómoda: después de todo, este señor ni me va ni me viene, así que me atrevo a expresar mi desaprobación en absolutos. Pero no siempre es tan fácil.
Días antes de escuchar las sandeces de Cordera, había vuelto a ver Annie Hall, la película quizás más conocida del cineasta neoyorquino Woody Allen. La conversamos añorantes con amigos, discutimos la fuerza enorme de las mujeres en sus películas, sus roles complejos y contrastantes con las miserias de la mayoría de sus personajes masculinos. “Las mujeres que aparecen en las películas de Woody no pueden ser compartimentalizadas. Luchan, aman, se descomponen, dominan, se equivocan” había dicho Diane Keaton, la actriz y expareja del cineasta. “Esas mujeres son el sello distintivo del trabajo de Woody.”  ¿Pero qué no se ha dicho ya de Woody Allen? Que es un genio del cine y de la comedia, que es uno de los grandes retratistas cinematográficos de Nueva York, y que está acusado de abuso sexual por su hija Dylan Farrow. Mientras Diane Keaton sigue hablando con mucho cariño y admiración de su legendario amigo,  las acusaciones de abuso sexual más recientes de la exesposa e hija de Allen, Mia y Dylan Farrow se ignoran en Hollywood desde 1993, cuando el caso fue cerrado por la Policía.

Dylan volvió a intentar ser escuchada 21 años después, en febrero del 2014. En una carta abierta para el New York Times repitió las acusaciones contra su padre. “¿Cuál es tu película favorita de Woody Allen?” —escribe en la primera línea de su texto— “Antes de contestar debes saber que cuando yo tenía siete años, Woody Allen me llevó de la mano a un ático oscuro en el segundo piso de nuestra casa. Me dijo que me recueste sobre mi estómago y que juege con el tren de juguete de mi hermano. Entonces abusó sexualmente de mi”. El testimonio de Farrow es desgarrador no solo por las descripciones de lo que pasó en el momento del abuso, sino después cuando tuvo que “contar la experiencia una y otra vez”. El suyo fue el mismo viacrucis emocional que nuestra cultura legal impone sobre tantas sobrevivientes de violación. En su carta, Farrow explica que “la aceptación que mantiene Allen se siente como una negación de lo que ella dice” y “que los premios y el montón acólitos eran una forma de callarla”. ¿Estaba yo entre esos acólitos que silenciaban a una hija abusada?

En 1993, un equipo médico de la Policía en la Clínica de Abusos Sexuales de la Universidad de Yale concluyó que Farrow no había sido abusada por su padre. Allen había sido acusado después de que el pediatra que había revisado a la niña acudió a la policía estatal de Connecticut. Finalmente, el fiscal general, Frank Maco dijo públicamente que aunque tenía causa razonable para procesar a Allen no iba a hacerlo por la “fragilidad de la niña”. Y aunque nunca sabremos a ciencia cierta si estuvo o no en lo correcto, el punto es que las acusaciones que ella hizo después, ya adulta, fueron ignoradas por muchos medios tradicionales. Allen, de hecho, fue galardonado por su trayectoria de vida días después en los Golden Globes. Indignarse, en este caso, con un artista tan respetado, era incómodo. Cuando leí la carta de Farrow sentí náuseas, pero cuando días después Allen recibía el premio Golden Globes, me convencí de que probablemente ella estaba mintiendo: nadie quiere admirar a un abusador.

Es duro enfrentarme con la idea de que Farrow esté diciendo la verdad. Según Maureen Orth, su testimonio es mucho más consistente de lo que se ha dicho. Orth lista diez hechos documentados que según ella sustentan vigorosamente la versión de Farrow. Que el primero en la lista sea el hecho de que Farrow nunca fue a la policía local para hacer la acusación, sino que fue el pediatra de Dylan quien lo hizo, demuestra que atribuir la rabia irracional y resentida de una mujer despechada es una cantaleta machista.

Para mí, Gustavo Cordera no significa lo que significa Woody Allen, su colega Roman Polanski (acusado de violar a una niña de 13 años), o el periodista y activista Julian Assange (que enfrenta casos de violación menor y acoso sexual). Puedo expresar mi completa desaprobación a Cordera porque no siento ataduras. A él, sin embargo, se lo repudia por haber dicho algo de lo que los otros tres están formalmente acusados de haber hecho. Palabras, palabras horribles y ofensivas y reveladoras de la cultura machista y violenta que alcahuetea y nutre actitudes como esas, pero palabras al fin. Con Cordera me encontré más firme e indignado que con las acusaciones contra los hombres que admiro. Lo he hecho muchas veces antes: que hay que ser más cuidadosos y matizar lo que se ha dicho, que hay que contextualizar, que no se ha probado nada, que lo que hizo Polanski es terrible pero que no niega su trabajo, que pudo haber sido una trampa de la CIA, que mienten que, de seguro, mienten.

Nuestra indignación no solo es insuficiente, también tiende a ser muy inconsecuente. La misma pregunta se hace Megan Koester en su artículo “¿Está bien que nos guste un supuesto abusador de niños como Woody Allen?” Como yo, Koester reconoce su admiración por el cineasta y todo su trabajo (lo llama su celebrity crush de la infancia), pero tampoco entiende cómo el mundo indignado pasó por alto a Woody Allen. Por esos días de 2014, era el cantante R. Kelly quien recibía el látigo masivo de la redes también por violación. ¿La diferencia? Según Koester, que uno era considerado una burla de la música y que el otro uno de los grandes maestros del cine.

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El caso de Cordera demuestra, además, que hay otro problema con nuestros repudios: suelen caer, por lo general, sobre los lenguaraces y los descuidados, los machistas menos políticos. Aunque queramos arremeter contra el machismo, el racismo o el clasismo, la repetitiva y predecible indignación online no logra más que rechazar solo a sus representantes más torpes y olvidar los sistemas que los crean.

La indignación en redes es como un fosforito: dura apenas instantes. Es natural, pero termina convirtiéndose en el mismo reflejo pasivo que termina con la discusión y que, paradójicamente, naturaliza casos como éstos. No alcanza con indignarnos, por un lado, y por otro, rara vez conduce a que conversemos en serio sobre cómo acabar con las masculinidades corrosivas que normalizan la violación y el abuso. Para los hombres,  personajes como Cordera incluso se convierten en una  extraña forma de “absolución”: un chivo expiatorio a quien señalar para no sentirnos culpables por la cultura machista y violenta que privilegia nuestras experiencias.

Gustavo Cordera dijo cosas que, sabemos, piensan muchísimos otros hombres de quienes nunca escucharemos: cayó por lenguaraz. Al mismo tiempo, la leyenda de Woody Allen parece intocable incluso en círculos políticos e intelectuales. Así sucede cuando personalizamos un fenómeno cultural. En una entrevista reciente, el comediante Bill Maher decía que él creía que las acusaciones contra su colega Bill Cosby eran ciertas, principalmente, “porque Cosby no le parecía chistoso”. Maher bromeaba, pero le atinaba a la mediatización de cierta indignación selectiva que explota, enfurece y muere según nuestras cercanías personales. Elegir por el nivel de genialidad a quien condenamos es más que un problema personal: impide que podamos discutir y desmontar la violencia que habita la construcción de la masculinidad.

En una de las películas más geniales de Allen, Deconstructing Harry, su protagonista piensa que su obra literaria es su salvación de una vida conflictiva y llena de miedos. Harry —interpretado por él mismo— miente, engaña y hiere en su egoísmo y neurosis a sus seres queridos, que logran impedir que sea premiado por su propia universidad. Abandonado por los suyos en la realidad, Harry es entonces premiado y aplaudido por los personajes de sus cuentos. Es lo irónico: al trabajo de Allen lo define, la introspección que necesitamos para empezar a desmontar nuestras propias violencias y nuestro temor a que nuestros héroes personales se caigan de sus pedestales.