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“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos; ciegos que ven, ciegos que viendo, no ven”, José Saramago.

Existen dos tipos de ceguera: la física, cuando por alguna enfermedad o por genética, falla la vista, y la de la mente, cuando por algún motivo no somos capaces de ver una situación o comprender un punto de vista diferente al nuestro. Sed, la ópera prima de Joe Houlberg, nos somete a ambos tipos de ceguera. En ella, la protagonista pierde la vista, y, como si sus ojos fueran la puerta del pensamiento, pierde también la capacidad de razonar. Desde que empieza la película, con una imagen en total desenfoque, el público no puede ver bien y esa sensación logra perturbarlo. El espectador se incomoda no solo por lo que ve en pantalla, sino por lo que intuye a través de los sonidos que juegan con el pensamiento.

Sed es la historia de Sarita, una niña de diez años, que un día ve cómo su padre viola a la empleada de la hacienda y cuando el cuidador se da cuenta le dice que ella no puede ver ‘esas cosas’. Sarita queda casi ciega (con poca visión y muy borrosa). Pasan trece años y ella regresa a la misma hacienda con su novio Jota, su prima Caro, y Pedro, el novio de ella. Lo que en principio parece un paseo de amigos se convierte en un viaje en el que Sarita descubre (y quiere acabar) con su virginidad. En el paseo, su novio la rechaza, su prima la molesta por puritana, y Pedro, de alguna manera, la ayuda a descubrirse como mujer. Solo en ese momento, como si la ceguera tuviera una relación directa su sexualidad, ella ve con más claridad.

En Ensayo sobre la Ceguera, José Saramago escribe que “algunos de estos ciegos no lo son solo de los ojos, también lo son del entendimiento”. La ceguera de Sarita es así, no es solo física sino tiene ese ‘efecto que ofusca la razón’ (otra de las definiciones que le da la RAE). Como se queda ciega por ver una violación, su feminidad es un aspecto muy presente en su vida (o la película). Es como si la ceguera no le permitiese asumirse como mujer. Por eso es sumisa y resignada y actúa como niña. Cuando el novio la rechaza, se pregunta si es ella que ya no le excita. Él no le responde, evita hablar del tema, y ella lo acepta, sin quejarse ni discutirlo. Y cuando su prima cuestiona su virginidad, ella entra en un dilema, donde pasa de ser una mujer adulta a una obediente y dominada. Esta ceguera no se relaciona con la vista sino con la mente de Sarita, representa el no poder ver esa realidad y por tanto, no ser capaz de expresarse, reclamar u opinar. O peor aún, de sentirse culpable, como en este caso, por tratar de “excitar” a su hombre.

Houlberg nos cuenta las dos historias al mismo tiempo: la de la niña que jugaba feliz en la hacienda, hasta el día en que se queda ciega, y la de la joven, de 23, que vuelve a la hacienda a recuperar la vista. Es una película sobre la vida, sobre lo que elegimos ver y lo que no, y cómo esa elección afecta nuestra percepción y manera de vivir. Es una historia en la que el espectador cumple un papel paralelo al de la protagonista: empieza ciego, sin comprender lo que pasa y en el proceso en el que ella recupera la vista, también él logra entender los huecos —en las personalidades de los personajes y sus acciones— dentro de la historia.

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El dominio silencioso que el novio ejerce sobre ella repugna. La ceguera de Sarita (¿o la nuestra?) incomoda por lo que vemos (y lo que no). Para sentirnos ciegos, el director explota los sonidos: unos que relajan —el crepitar del fuego de una fogata, el agua del río, o los pájaros piando en la noche— y otros que hasta desesperan —un trago de agua que atraviesa una garganta, las quejas, casi orgásmicas, de una mujer entrando a bañarse en ese río helado, o la respiración de un hombre mientras se masturba.

Sed no solo nos habla de la ceguera psicológica sino de la violencia. La ceguera de Sarita parte de una violación, y luego, como un reflejo, esa misma niña convertida en mujer es dominada por su novio. El filme aborda la violencia física, psicológica y verbal, esa violencia que afecta al 60% de las mujeres en Ecuador. La película hace que nos preguntemos ¿cuántos niños crecen con la misma ceguera que Sarita? A cuántos les abren los ojos y a cuántos les cierran. ¿Cuántas mentes infantiles, se transforman, prematuramente y sin conocimiento, en mentes adultas? Como dice Saramago: “Si pudieras ver tú lo que yo estoy obligada a ver, querrías ser ciego”. A veces el no abrir los ojos es una elección que tomamos, para de alguna manera, protegernos. Lo que olvidamos es que tarde o temprano, la lucidez llega.

Bajada

La película ecuatoriana que nos habla de la ceguera selectiva: cuando (podemos pero) elegimos no ver algo

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Foto: Cortesía de Sed