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En 2009 y 2010 Ecuador sufrió los peores años de violencia criminal, con más de 2,600 asesinatos y homicidios en cada año. A partir de ese 2010, el gobierno implementó varias medidas que han logrado reducir el número de víctimas a 1,040 en 2015: una disminución del 60% en cinco años. Si ponemos esta cifra en proporción con la población, vemos que el número de asesinatos y homicidios por cada 100 mil habitantes (la métrica más usada a nivel internacional), se redujo de 18,7 en 2010 a 6,4 en 2015, muy cerca del valor fijado por las Naciones Unidas como límite de lo que se considerara un país seguro, 5 casos por cada 100 mil habitantes. Es difícil hablar de seguridad desde las frías cifras: detrás de cada número hay una historia trágica. Sin embargo, los datos son importantes para saber si las estrategias implementadas dan resultados.

En la última década el número de asesinatos y homicidios en el Ecuador se ha reducido notablemente. Es una buena noticia pero solo si comparamos la cifra en el contexto latinoamericano, la región más violenta del mundo. Dentro del país hay grandes diferencias entre regiones y ciudades. La siguiente tabla muestra que la tasa de asesinatos y homicidios de Manta es casi cuatro veces la de Cuenca, y la de Guayaquil es 80% mayor que la de Quito. Pero en todos los casos vemos que las ciudades ecuatorianas están por debajo del de las ciudades más peligrosas de Latinoamérica, e inclusive por debajo del de muchas en Estados Unidos.

Según el análisis de Seguridad, Justicia y Paz, una organización mexicana que produce un índice mundial de la violencia, 43 de las 50 ciudades más peligrosas del mundo están en Latinoamérica. Las 7 restantes en Estados Unidos (4) y Sudáfrica (3). La violencia criminal en Latinoamérica es una lacra de enormes proporciones: de acuerdo a un artículo del blog Foco Económico, el 33% de todos los homicidios del mundo se dieron en nuestra región, pese a que solo representa el 8% de la población global. El artículo presenta un análisis para entender por qué el problema tiene estas dimensiones en Latinoamérica. La organización estadounidense Insight Crime dice que nuestro país ocupa el tercer lugar en cuanto a seguridad, tan solo por detrás de Chile y Bolivia. El Ecuador se destaca, además, por haber obtenido los mejores resultados en reducir su tasa de homicidios. Lo opuesto a países donde se ha recrudecido la violencia (Honduras, Venezuela o El Salvador) o ha aumentado desde niveles regionalmente bajos (Argentina y Uruguay).

Existen algunas razones que pueden ayudar a comprender la reducción de los asesinatos y homicidios en el Ecuador. Una de ellas son las Unidades de Policía Comunitaria, que no es otra cosa que distribuir a los policías en cada barrio de cada ciudad. Esto tiene un efecto no solamente disuasivo, sino que además permite tender puentes entre la Policía y las comunidades a las que sirve. El policía se vuelve alguien cercano para los vecinos y este a su vez conoce el barrio y puede ayudar a prevenir los delitos. Otro aspecto importante es la instalación de cámaras de vigilancia. De acuerdo a información del gobierno, Ecuador cuenta con 3069 conectadas al sistema de emergencia ECU 911, lo que permite no solo observar lo que sucede en gran parte del territorio nacional, sino que las imágenes sirven como evidencia en los procesos judiciales, ayudando a reducir la impunidad. Las cámaras son un importante elemento para el combate al delito en el mundo: se les atribuye parte del éxito de Londres en reducir la criminalidad en las últimas dos décadas. Se dice que Londres es la ciudad con más cámaras del mundo y que una persona puede ser captada hasta 300 veces en un día. Otro elemento relevante es la mejora de sueldos en la Policía Nacional. Por su cercanía con el delito, va a ser siempre susceptible de ser cooptado por los criminales, de ahí que policías mal pagados e insatisfechos son el mejor aliado de los delincuentes. Eso no quiere decir que no exista corrupción en la Policía ecuatoriana: recientes procesos de depuración demuestran cuán sensibles son los uniformados a pasarse al lado contrario de la ley. Finalmente, Es imposible entender la delincuencia sin considerar el entorno económico y social que la rodea. Si miramos las cifras de jóvenes (15-24 años) que no trabajan ni estudian de acuerdo al Índice de Capital Humano del World Economic Forum, veremos que los países con altos niveles de delincuencia suelen tener altos porcentajes de jóvenes desencantados con la sociedad y sin ninguna propuesta de futuro.

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Las últimas cifras disponibles sobre asesinatos y homicidios muestran un dato relevante: según el Ministerio del Interior en el primer trimestre del 2016 hubo 251 asesinatos y homicidios (12% menos que en el mismo periodo de 2015), de los que 121 fueron por violencia criminal y 130 por violencia intrapersonal. Eso quiere decir que en el 52% de los casos, la víctima conocía a su victimario: era su esposo, amigo, socio o vecino. Esto nos muestra que en el Ecuador actual es más probable perder la vida a manos de una persona conocida que a manos de un delincuente. Esta violencia es quizás la más difícil de erradicar: quienes la cometen no tiene necesariamente antecedentes penales, no forman parte de una organización delictiva y no suceden en algún lugar determinado como una zona peligrosa. La policía puede patrullar las calles o seguir a una banda criminal, pero no puede estar presente en cada hogar donde hay violencia intrafamiliar o evitar que una persona mate a su vecino o amigo producto de una pelea.

Detrás de cada número hay una vida perdida: 1,040 asesinatos en 2015 siguen siendo demasiados, especialmente si muchos pudieron evitarse si la gente dialogase más. Además, el éxito en la reducción de homicidios no ha sido necesariamente replicado en los demás delitos. Ecuador no tiene el nivel de seguridad que todos quisiéramos: muchos de quienes leen este texto pueden contar alguna historia de cuando fueron víctima de la delincuencia. Muchos ecuatorianos perciben a sus ciudades como lugares inseguros pero tampoco se cuestionan en qué momento se convirtieron en lo que son ahora: urbes donde no se puede sacar el celular en la calle por miedo al robo, donde no se puede caminar sin estar alerta mirando a los lados.

Pero instalar más cámaras de vigilancia o aumentar el número de policías en los barrios nunca será suficiente, hay que empezar más atrás y detectar vínculos entre políticas públicas que parecen desconectadas de los crímenes, pero no lo están, como la educación. La mejora en este sector de un país contribuye a reducir crímenes como lo explica este texto del Foro Económico Mundial: los ciudadanos que estudian tienen más oportunidades de trabajo, tienen más noción del estigma social que implica estar en la cárcel entonces lo evitan. Un estudio de 2003 realizado en Estados Unidos comprobó que un año extra de asistencia al colegio, reduce la probabilidad de arresto y encarcelamiento. Entender que a mayor educación en un país menos crímenes, es clave. Pero los ciudadanos debemos también ser parte de este proceso de aumentar la seguridad: es importante que —así como somos los primeros en quejarnos sobre las instituciones de nuestro país, así como alimentamos estereotipos sobre policías ineficientes y corruptos— también debemos reconocer los éxitos y valorar el esfuerzo que miles de policías hacen cada día para haber hecho que Ecuador sea hoy un país más seguro.

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¿Cuánto y por qué nos matamos los ecuatorianos?

fuente

Fotografía de Sofia Cordova Vega bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0