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Bernie Sanders perdió la nominación presidencial del partido Demócrata estadounidense. No fue trampa, a pesar de lo que muchos de sus seguidores sigan diciendo. Lo admitió la propia exsecretaria de prensa de la campaña de Sanders después de que Wikileaks sacara a la luz cientos de emails revelando que, como se suponía, los altos mandos del partido demócrata preferían a Hillary Clinton. “Nadie nos robó estas elecciones”, dijo intentando aplacar la furia de su propio frente, llamando a la unidad. Cuando Sanders intentó hacer lo mismo fue abucheado por los suyos al decir que había que unirse a ella. “We want Bernie” gritaban entre silbidos y protestas contra su concesión. Es decir: Te queremos, pero cállate. Y, aunque el triunfo de Trump es cada vez más viable, una tercera parte del país todavía dice no confiar en Hillary Clinton. Dentro del propio partido, la candidata representa el establishment político que Sanders dijo combatir, y es vista por gran parte de la izquierda como una versión más diplomática de Trump: igual de elitista, intervencionista y capitalista. 

Al contrario de lo que argumentan muchos seguidores de Sanders, los emails que sacó Wikileaks no demuestran que hubo trampa. La campaña de Sanders cometió errores que muchos analistas como Nate Silver y Al Giordano advirtieron desde hace meses que le costarían la nominación. Sin una coalición lo suficientemente diversa —sin el voto negro ni el voto latino— Sanders perdió por delegaciones y por voto popular. Eso no es debatible. Lo que los emails sí confirmaron es que Clinton fue siempre la preferida de la institucionalidad liberal norteamericana. Politics as usual

Ahora, para el movimiento tras el hashtag #BernieOrBurst (Bernie o nada) votar por Hillary sería una traición a los principios de su campaña. Según ellos —y siguiendo el guión de la izquierda más cliché— Clinton y Trump son indistinguibles. Así ya han empezado a reagruparse alrededor de la candidata del partido verde Jill Stein o de Gary Johnson, del partido libertario, a pesar de que ninguno de estos partidos tiene ni el más remoto chance de llegar a la presidencia. Su voto alega estar basado en principios deontológicos, más allá de las consecuencias. Principalmente, más allá de si su voto por un third party o en nulo le otorgan la Casa Blanca a la extrema derecha. 

Quizás a #BernieOrBurst les sirva escuchar a su propio referente. Si Sanders se lanzó como candidato de la izquierda fue entre otras cosas por la coherencia y consistencia de todo su trabajo político. De igual manera, su campaña desde el inicio resaltó la importancia de crear un movimiento por sobre un candidato. Sanders llevó la campaña hasta la convención del partido precisamente porque sabía que tenía leverage por un lado, por sus votantes y, por otro, por el favoritismo que Wikileaks reveló del partido Demócrata por Hillary  . Después de que estaba claro que Sanders no alcanzaría los votos para ganar la nominación, la continuidad de su campaña se trataba de estrategia, de poner su nombre e imagen despeinada para modificar la plataforma de Clinton y, en cierta manera, fortalecerla contra Trump. Los resultados: la agenda electoral más progresista de los últimos 85 años. 

Después de su discurso y de nominar oficialmente a Clinton, Sanders salió de la convención. Tras él salieron muchísimos de sus delegados, dejando un visible vacío entre la audiencia. Es que votar por Clinton no debe ser fácil: sin duda, las posturas neoliberales de la candidata demócrata la hacen la antítesis de cualquier pretensión de revolución social demócrata. Así mismo, los efectos de sus políticas como secretaria de estado en Libya, Syria, Afghanistan y Honduras todavía se sienten fuertemente. Pero lo que la izquierda más desencantada no entiende es que el voto no significa ni aprobación  absoluta, ni adherencia ciega, ni amor incondicional. El voto electoral puede no ser más que simplemente parte de una estrategia mucho más amplia de movilización. 

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En un debate durante el programa Democracy Now entre el periodista de Truthdig Chris Hedges y el analista y organizador Robert Reich —quien promovió mucho la campaña de Sanders— se enfrentaron las dos posiciones de la izquierda norteamericana sobre Clinton. Para Hedges el voto por Clinton es un voto por el sistema que creó a Trump. Aunque reconoce los peligros de lo que significaría un triunfo del republicano, Hedges argumentó que estructuralmente Clinton daría lo mismo. Para Reich, en cambio, esto era ridículo: Aunque sin duda  debía mantenerse la lucha contra el neoliberalismo de Clinton, era de suma importancia poder diferenciar entre ella y un fascista como Trump. “Clinton sería una excelente presidenta para el sistema que tenemos”, dijo. “Pero debemos seguir organizándonos y trabajando para cambiar ese sistema. Con Trump va a ser mucho más difícil”. 

En la política el discurso es sumamente importante. Las figuras políticas pueden dirigir la conversación sobre temas de importancia y afectar el lenguaje que se usa para entender estos temas. A través de la elecciones podemos rechazar o legitimar el tipo de discurso del poder e influenciar así el clima político del que hacemos parte. Un discurso abiertamente racista, misógino y bélico como el de Trump, quien promete deportar hasta once millones de inmigrantes indocumentados, construir un muro, y silenciar a la prensa tendría un efecto inmediato en las minorías del país. Curiosamente, por eso, no es gratuito que gran parte de quienes prefieren votar por un tercer partido son blancos. Un tuit decía: “Imaginen ser tan blancos que votar por un tercer partido solo “para probar un punto” sea un riesgo que puedes tomar”. 

También por eso es importante considerar el tipo de coalición que cada proyecto construye; la gente detrás de cada candidato. Después de todo, no solo las personas cambian, sino también las plataformas política. En cambio, en la formación de una coalición se evidencian las posibilidades y las dependencias del movimiento —las necesidad e intereses de quienes lo conforman. Durante las primarias se escribió mucho sobre por qué, por ejemplo, el voto negro se mantuvo consistentemente con Hillary y no con Bernie. Se llegaba a hablar condescendientemente de ese voto como un voto “que no sabía lo que les convenía”. Ahora parece pasar lo mismo: Clinton mantiene una coalición fuerte en el sur negro de los Estados Unidos, entre latinos y entre las mujeres. 

El apoyo de estos sectores evidencia el carácter históricamente estratégico de las comunidades afro en Estados Unidos: entienden que el voto no es sino una parte mínima —pero importante— de la organización de bases. Así muchas de estas organizaciones reconocen por experiencia histórica el tipo de clima político en el que su trabajo puede continuar. En el aparente centralismo de muchos de los votantes negros del sur del país, de hecho, se esconde una visión estratégica de cambio incremental que la izquierda blanca todavía no registra. 

Para la activista por los derechos de los migrantes Thanu Yakupitiyage, la pregunta debería dejar de ser “por quién vamos a votar?”, sino más bien, “en qué tipo de clima queremos organizarnos?”.  Aunque la nominación de Hillary Clinton fue sin duda una decepción para la izquierda norteamericana, ahora se pone a prueba todo lo que se dijo una y otra vez sobre formar un movimiento por sobre una persona. Con Clinton no habrá revolución en Estados Unidos, eso es seguro. Pero ante una agenda tan nefasta como la de Trump, ahora la obligación estratégica del progresismo es derrotar al fascismo. Ya después podrán las bases sociales continuar con sus luchas históricas. 

Bajada

¿Qué tan blanco hay que ser para usar una elección sólo para probar un punto?

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fuente

Fotografía de Phil Roeder bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0