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La oposición se ha pasado diez años en replegada. Su discurso y propuesta ha estado marcado casi siempre por lo que el gobierno ha puesto sobre la mesa del debate público. Ha sido una dinámica casi lineal, salvo en la época de las protestas por las leyes de herencia y plusvalía —tal vez el único momento en una década en que parecieron liderar hacia dónde iba la discusión nacional. Sin embargo, desde que se esfumó la efervescencia de mi trabajo es para mis hijos, la oposición no atina a crear un discurso sólido, y gana terrenos en las encuestas no por sus méritos, sino por los errores del gobierno. En su desesperación, los rivales correístas han recurrido a la estridencia de las redes sociales, perdiendo la oportunidad de construir una propuesta que proponga cambios en temas y áreas en que el Ecuador las necesita. Sin embargo, están más pendientes del Twitter, de los golpes de efecto y, por supuesto, los opositores ecuatorianos son incapaces de la autocrítica (a la que ven como una debilidad).

Los coros de los políticos son las redes sociales, que son mediocres en esencia. Ya lo dijo Umberto Eco: “El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”. En las nuestras, se ha vuelto costumbre hacer un escándalo cada vez que un funcionario público viaja en primera clase. Hace unos días circularon unas imágenes del canciller Long en primera clase, viajando a Ginebra ¿De dónde nace esta ridiculez? De la falacia de creer que hay una incompatibilidad entre ser socialista y tener cierto nivel de confort. Parece increíble tener que preguntar pero ¿alguna vez han hecho un vuelo trasatlántico en clase económica? Es ir hecho un nudo en espacio diminuto donde hace calor, no suele haber dónde conectar y cargar aparatos electrónicos. Son horas en verdad agotadoras. Si alguien viaja por trabajo, para representar a un Estado, ¿no es casi lógico que vaya cómodo, preparando lo que sea que va a hablar al llegar (aunque sea cada cosa vergonzosa)? ¿Por qué estamos convirtiendo el espacio físico que la gente ocupa en un avión en un tema de interés nacional? No recuerdo ninguna queja —ni siquiera habernos enterado— en qué clase viajaban Heinz Moeller, Blasco Peñaherrera o Galo Leoro Franco. Es probable que detrás de estas quejas sobre la clase en la que viaja Long —o Carlos Marx Carrasco, o Marcela Aguiñaga— haya un germen clasista: es gente que está ocupando un espacio de clase que no les corresponde. Nos quejamos —y con razón— cuando el gobierno insiste en su retórica de utopía regresiva sacada de revolución armada de los sesentas, y por eso debemos rechazar, también, estas quejas que esconden viejos prejuicios.  

Uno de los más graves problemas que ha tenido este gobierno ha sido su machismo institucional. Aunque lo haya querido disfrazar de equidad de género —la que, según el presidente Correa, mejoró las farras—, la verdad es que el Estado ecuatoriano sigue siendo administrado por machos alfa. Pero en la oposición, esas actitudes se replican. Acaba de decir Jaime Nebot que Cynthia Viteri va a correr a la Presidencia en 2017 porque “ella es el hombre”. Ni hablar del oscurantismo religioso de Guillermo Lasso, que lo único que nos asegura a las mujeres en un potencial gobierno es la perpetuación de las muertes clandestinas por abortos malpracticados, o si no, la cárcel. No sé cómo libertarios asesores (especialmente las más jóvenes que militan con fervor en CREO, aunque una que otra ya se haya desbandado hacia el socialcristianismo) pueden reconciliar las ideas retrógradas en materia de libertades individuales de Lasso con su propio códex. Más allá de eso, tenemos una oposición que sigue liderada por machos, de pelo en pecho y que gritan y berrean frente a las tribunas. Una oposición sin una carga feminista clara, sin un liderazgo que sea equitativo nos asegura el mismo país que hace diez o veinte años. Ese en que seis de cada diez mujeres sufre de alguna forma de violencia. Que una verdadera igualdad no sea una causa de la oposición es grave.

Tal vez no tengan tiempo de estas cosas. Están más preocupados de cuánto cuesta un avión presidencial o de tomarse fotos absurdas en clase turista, como la que se tomó Lasso hace unos días antes de viajar a España. Más allá de que debe haber sido un poco insultante que Lasso cruce la cortina que separa Business class de turista para tomarse una foto como un niño que conoce por primera vez un gallinero, es increíble que estas sean las propuestas de cambio del candidato de CREO. ¿Es, en serio, “Voy a viajar en vuelo comercial”, una propuesta de campaña?

En la oposición hace falta autocrítica. Ese es un mal nacional. A los ecuatorianos nos encanta señalar las fallas ajenas, pero nunca las propias. Reconocer un error en nuestro país es visto como una señal de debilidad, cuando en realidad debería entenderse como un signo de inteligencia y madurez. Por ejemplo, el juicio que el exasambleísta Cléver Jiménez ha interpuesto en la Corte Penal Internacional (CPI) contra el presidente Correa es un bochorno. En cualquier país con una clase política seria, líderes y militantes de todas las facciones políticas habrían criticado duramente que Jiménez lleve sus rencillas políticas al más alto tribunal que tiene el mundo para crímenes de lesa humanidad (CLH).  Para poner la situación en contexto, algunos hechos que motivaron la creación de la Corte Penal Internacional: el Holocausto judío (6 millones de víctimas), el genocidio en Ruanda (1 millón de víctimas) y el genocidio en Camboya (2 millones de víctimas). Según Jiménez, las muertes del 30 de septiembre de 2010 están dentro del crimen  de asesinato como CLH y “constituyen claramente el comienzo en Ecuador de una política generalizada y sistemática de persecución” a través de “la criminalización de la protesta, la violencia, el amedrentamiento y la descalificación” en contra de opositores y críticos al gobierno de Rafael Correa. No voy a ser yo la que haga un examen detenido de por qué es impertinente la demanda, pero la CPI dice que para que se pueda calificar un delito como crimen de lesa humanidad se necesita, entre otras cosas, que el ataque se haya cometido de conformidad con una política de un Estado dirigido contra una población civil. Difícilmente el 30-S fue una “política de Estado”, sino más bien un incidente fortuito, sin planificación previa. El mismo Jiménez lo reconoce en su demanda “el Presidente Rafael Correa, de manera imprudente, acudió al cuartel en donde se realizaba una protesta legítima de policías en rechazo al veto presidencial de una ley que ellos consideraban les perjudicaba”. No hay que ser una lumbrera del derecho internacional para entender que los hechos imprudentes no son premeditados. Pero nadie en la oposición —ni en los medios a su servicio— ha sido enfático en rechazar la actuación de Jiménez. Suponen que hacerlo es fortalecer a Correa.

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¿Es esta la opción política que tenemos? Una oposición de discurso vacío (pero escandaloso), que últimamente parece pegada con saliva —ya Andrés Páez se fue de CREO y la Unidad se tambalea porque Jaime Nebot impuso (para variar) a la candidata sin consultar— crea incertidumbre: si tienen tantas divisiones internas fuera del poder, ¿cómo será el momento en que gobiernen? Después de 10 años de correísmo, el país necesita un descanso, un cambio que aligere las tensiones crecientes en el Ecuador. Es, además, un signo de los tiempos: el continente entero gira hacia una opción política distinta, al igual que giró hace quince años. Pero no podemos arriesgarnos a que en ese cambio se pierdan lo poco que se ha logrado.

Bajada

Para ganar elecciones, hay gente que está dispuesta a todo (menos a presentar propuestas serias)