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A finales de 1993, los noticieros del Ecuador anunciaban la captura de once guerrilleros que habían matado a once militares y policías ecuatorianos en el río Putumayo, en la frontera con Colombia. El ejército demostró, según se repetía, su eficacia y su defensa a la integridad territorial del país, amenazada por el conflicto interno colombiano. Los indígenas detenidos, encapuchados, confesaron que eran los responsables de los asesinatos. Fueron condenados por terrorismo, asesinato y asociación ilícita a la máxima pena. Eran los Once del Putumayo. ¿Quién podía defender a estos detestables criminales confesos? Por esos mismos días, escuché en la televisión una voz de acento español: “pongo mis manos al fuego por su inocencia.” Era monseñor Gonzalo López Marañón.

En 1969 Gonzalo visitó por primera vez la provincia amazónica de Sucumbíos: una tierra donde se juegan muchos intereses y hay muchos actores, gran parte de los cuales usa la violencia como forma de sobrevivencia. Petróleo y contaminación, tráfico de drogas, madera y armas, muertes con impunidad, migración, prostitución, marginación, exclusión, el conflicto armado de Colombia. Un lugar que era todo selva. Un lugar en el que Gonzalo, que nunca se amilanó, dijo que “sería bueno venir un tiempo de la vida para hacer algo.” Al año siguiente lo nombraron Prefecto Apostólico de la provincia y ese tiempo se convirtió en cuatro décadas y ese algo en inspiración para muchos: Su vida cambió tantas vidas.

Yo tenía en el alma el deseo de que algo se debía hacer

Gonzalo era un hombre de su tiempo. Estaba en consonancia con el Concilio Vaticano Segundo, con la teología de la liberación, con las luchas revolucionarias y con los sueños de cambio en América Latina. “A mí me tocó ser el motorista de esa canoa y ver cómo manejaba a gente con la sangre tan caliente y podíamos hacer un camino de iglesia acorde a lo pasaba en América Latina” —dijo en una entrevista con Fernando Andrade— “Empezamos un nuevo camino de comunidades, de los laicos participando en la Iglesia, de una mirada muy especial a los pobres y de plantear una fe de seguimiento a Jesús, como él lo hizo o como entendimos que lo hizo”. La iglesia que Gonzalo López Marañón construyó fue una viva una que, como le dijo a Andrade, “se hace donde la gente vive”.

Con él la palabra salió de la catedral: sus misioneros recorrieron caminos y ríos de la selva para llegar a las comunidades distantes. No solo para predicar el evangelio, sino para ver y ayudar a solucionar las necesidades de la gente. Gente que, además de pobre, no tenía voz. “En ese momento la gente no tenía palabra, no nos podíamos reunir, todo estaba controlado y es ahí cuando hacemos la Primera Asamblea de Ciudadanos del Nororiente” contó Gonzalo. Eran los años de explotación petrolera, de una dictadura militar. “Aquel fue el primer momento de toma de conciencia de una población a la que nadie miraba porque el resto de ecuatorianos le tenía miedo al Oriente” —recordó en la entrevista que se publicó en 2011— “Entonces quedamos en manos de las petroleras, en malas manos, porque el gobierno lograba hilvanar unos contratos para la explotación de recursos y las compañías por largos años nunca miraron al pueblo”. Aquel lugar común de la ley de la selva fue más cierto y cruel que entonces.

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La iglesia de Sucumbíos participó en los paros —que eran, básicamente, una huelga de la ciudad— de los años noventa en contra de las compañías petroleras. Los indígenas y activistas cerraban caminos y se dejaba de trabajar hasta que las autoridades aparecieran. La gente protestaba y hasta alguna vez lograron sentar a las compañías, a las más altas autoridades de gobierno y reclamar la atención que merecían. A finales de esa década se vino el Plan Colombia y una avalancha de refugiados colombianos. Siempre de lado de los más vulnerables, Gonzalo les decía a los funcionarios  del Ministerio de Relaciones Exteriores: “Nosotros vamos a ayudar a los refugiados con ustedes, sin ustedes o contra ustedes. Yo veo que es muy bueno que los pueblos se encuentren, se complementen”. La misión carmelita, a la que pertenecía Gonzalo, acompañó al pueblo de Sucumbíos en su lucha contra el abandono estatal y los abusos de poder de empresas y hombres armados. Fomentó la construcción de escuelas, hospitales, caminos y creó un modelo de iglesia cercana al pueblo, a la que llamó Iglesia Comunidad: “Unos dicen este obispo es rojo, pero un cristiano al final se mide por Jesús. Usted me puede preguntar cómo se siente después de toda esta aventura” —decía Gonzalo y se respondía a sí mismo— “Me siento muy bien porque tuve 40 años para trabajar en un lugar que es parte de mí. Otros dirán qué maldición y qué desgracia. Yo he tenido la oportunidad de ver nacer una sociedad y una Iglesia desde los pobres. Y eso es lo que me ha mantenido vivo y con temple”. De repente, cuando cumplió 75 años en 2011, desde Roma le dieron cuatro días para salir de Sucumbíos y le pidieron, contra su voluntad, contra su orden y contra su obra, que se vaya a España. Fueron los Heraldos del Evangelio, curas medievales y reaccionarios, quienes desplazaron incomprensiblemente a la misión carmelita en el olvidado norte del Ecuador. Los conflictos en la zona no demoraron: La iglesia se dividió y más de una tensión se produjo. En Quito, Gonzalo ayunó durante un mes hasta que el delegado del Papa ofreció mediar para lograr la reconciliación entre los fieles de la Iglesia de Sucumbíos. Cuando pensó que la confrontación disminuía, dejó su abstinencia y se retiró por un tiempo en España. Pero su vocación lo llevó, una vez más, a tierras olvidadas. En abril de 2015, llegó a la aldea Calunda, en Angola. Un año después, el 7 de mayo de 2016 murió en África, víctima de una malaria complicada por su diabetes. Su recuerdo, su vocación por los más pobres y vulnerables, su sed de justicia y su lucha contra todo poder, nos acompañará siempre.  

Bajada

Réquiem por Gonzalo López Marañón

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Foto de la Asamblea Nacional del Ecuador bajo licencia CC BY-SA 2