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Si no hubiera existido Sex and the city, nunca hubiéramos podido ver Girls. Pero sin Girls, nunca hubiéramos llegado a comedias románticas de TV como Man seeking Woman y Love: las series más frescas de una pantalla plagada de dramas con zombies, políticos o dragones. Lo singular de estas producciones son sus protagonistas: hombres con crisis emocionales, que no tienen nada que ver con Big, el rudo noventero del que se enamoraba Carrie Bradshaw, ni con Adam, el esquivo amante de Hanna

Josh y Gus, los personajes principales de Man seeking Woman y de Love, comparten algo más que los nombres monosilábicos y el physique du role del indie perfecto. Tienen el mismo punto de vista sobre las ventajas de entregarse emocionalmente en una pareja. Si las chicas treintañeras de las ficciones de TV (de Sex and the city en adelante) desarrollaron en detalle sus conflictos generacionales y emocionales, a estos hombres también el cambio de siglo y de mandatos los dejó confundidos y solteros. Sus vidas son como si el Hugh Grant de Cuatro bodas y un funeral viviera en la era de las redes sociales, los conflictos de identidad y las crisis laborales.

Man seeking Woman

 

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Esta serie es lo mejor que nos pasó desde que alguien en HBO firmó un contrato para producir The Flight of the conchords, la serie de humor absurdo y deforme de dos músicos neozelandeses sin códigos de civilidad. Como aquella, Man seeking woman, que ya tiene dos temporadas, es una bocanada de aire fresco. Básicamente, porque reniega del realismo, retuerce el género de la comedia romántica y traspasa más fronteras imaginarias que las series animadas. Todo eso, para contarnos las peripecias sentimentales de Josh.

Josh (Jay Baruchel, en el papel para el que nació) es un joven que pisa los 30, inseguro, con un trabajo de medio tiempo y medio sueldo, que se está cansando de jugar Playstation y fumar marihuana con su mejor amigo. No es el galán que vive rodeado de mujeres (Joey en Friends), tampoco el neurótico inseguro (Chandler). Josh tiene el dilema que en la TV de hace unos años sólo aquejaba a las mujeres: tiene casi 30, está soltero y quiere enamorarse.

Pero a Josh las novias lo dejan por personajes como Jesús, Hitler, un muñeco erótico comprado en un sex shop  o un monstruo munido de varios penes. Así de delirante es el desenlace de cada episodio, que lleva la comparación hiperbólica de regreso a la literalidad para mostrar la desolación de Josh (cuando su hermana le dice que habla de las mujeres como si fueran autos, él decide ponerse de novio con un auto).

El eje de cada capítulo se da también porque es una máquina creativa de micro-parodias de géneros actuales: Josh da una charla en Tedx sobre cuál es la mejor forma de masturbarse, lanza una “campaña mediática para ser votado como novio” o se dedica a hibernar —en un bosque, como un oso— hasta que la mujer de sus sueños se separe de su novio para invitarla a salir.

La mente alucinante que generó estas escenas es la de Simon Rich, guionista precoz de Saturday Night Live y escritor del libro Last girlfriend on earth, en cuyos cuentos está inspirada esta serie. Los relatos son breves, extraños y de una tierna deformidad que mezcla el deseo sexual postadolescente con delirios canábicos y fantasías infantiles.

Love

 

Love es el helado de limón del año de Netflix. Fresca, apenas ácida y un canto de época que cuenta los encuentros y desencuentros entre Gus (interpretado por el actor Pauls Rust) y Mickey (la actriz Gillian Jacobs). Él es el maestro de estrellas de TV adolescentes, a quienes tiene que educar en los ratos libres de rodaje mientras intenta rehacer su vida tras una separación traumática con la mujer con la que quería sentar cabeza y ser un hombre de familia. Es un nerd sincero, tranquilo y que aspira a llegar a alguno de esos estándares que la vida depara a los 30. 

Ella es una productora de radio, alcohólica en constante rehab, que probó todas las drogas y todos los hombres y no espera mucho de nadie. Mientras, intenta separarse de un cocainómano con el que va y viene.

Creada por Judd Apatow —y escrita a seis manos con los actores principales—, Love, con ese nombre ambicioso, elige un pequeño retrato de época con el tono que el director le imprime a sus películas (de Ligeramente embarazada a Bienvenido a los 40): la comedia está al servicio de contar una historia dramática, los conflictos de los personajes son profundos y reales aunque nos ríamos de ellos. La risa es espejo para toda una franja etaria de sus espectadores.

Al principio, Gus es la clase de tipo que cuando invita a la adrenalínica Mickey a una cita la lleva a un espectáculo de magia. Ella es la clase de chica que cuando lo invita a una fiesta termina emborrachándose como un cosaco y tirándose con ropa a la piscina. 

Lo grandioso de Love es cómo esas marcas de identidad de la juventud comienzan a ser cuestionadas en la redefinición que ambos quieren hacer de sí mismos. Gus está francamente enamorado de ella pero no tiene códigos ni paciencia para el juego de hacerse el difícil o el misterioso. Mickey, en tanto, está en plena crisis con su rol de chica dura y perdida, mientras coquetea con una depresión latente.

Love se deja tentar a ratos por los lugares comunes para dibujar a sus personajes y se desliza en la trillada historia de la venganza del nerd que enamora a la chica linda que nunca lo hubiera mirado en el colegio. Pero se eleva cuando Gus se topa con la necesidad de soltar ciertos hábitos (su idea de pareja estable, su conservadurismo, sus vacilaciones sentimentales). Un crítico de TV la definió como un manual que advierte a los millenials qué no hacer en una relación de pareja. Tiene razón.

Bajada

Las mejores producciones de la televisión son comedias románticas de chicos

fuente

Captura de pantalla del trailer de la serie Man Seeking Woman.