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A pesar de la innegable prevalencia cultural de las redes sociales en general, Twitter en particular —sus 140 caracteres y su formato de publicación más abierto— es el campo de batalla del ciberactivismo ecuatoriano. Muy probablemente, del internacional también. Su omnipresencia es un hecho. Queda claro en la invitación de almuerzo del presidente Correa a sus tuiteros simpatizantes, en la manera de administrar justicia de José Serrano y en la seriedad con la que la oposición toma los tuits proselitistas que publican los funcionarios de gobierno. Twitter tiene un  je ne sais quoi que atrae al activismo. Por eso, como el significante y significado de un mensaje son mutuamente dependientes, cabe analizar el tipo de política que el formato de esta red sigue perpetuando: la política del ruido, el impulso y la levedad. 

Twitter nunca me llamó mucho la atención. Abrí una cuenta en el 2011 y por mucho tiempo no supe qué publicar. Mis primeros tuits eran pequeños microcuentos propios o compartidos de alguna otra cuenta literaria. Fui entendiendo más durante campañas para causas específicas, como parte de acciones colectivas organizadas, pero sin meterme mucho más que para eso. Vivía en Galápagos, con poco acceso a internet rápido. Después, cuando salí del país, Twitter se convirtió en mi chismógrafo político favorito. Durante las protestas del 2014 leía los intercambios entre Guillaume Long y Silvia Buendía, los golpeteos entre Carlos Andrés Vera y Vinicio Alvarado, los desafíos aceptados de Andrés Paez. Eran horas laborales, por lo que supongo que Twitter ya se entendía como parte de las responsabilidades comunicacionales de cada uno, en especial cuando alguien se molestaba por la tardanza en responder del ministro, de la periodista, o del economista. 

Hablo de chismógrafo porque en realidad no encontré en los intercambios mucho de diálogo, síntesis o análisis. Casi nunca. Por supuesto, la proximidad virtual entre cada usuario permitía reclamos directos a quienes en otros tiempos serían inaccesibles, pero todo se quedaba en eso: en el abrupto confrontacional. Es que, en realidad, ¿qué se necesita para que 140 caracteres generen algo más que controversia inmediata y respuestas incompletas y facilonas?

Después de un texto que escribí sobre la abstención de Fernando Bustamente aprendí un poco del estilo dialéctico del ciberactivismo inmediatista. Las respuestas y desacuerdos no se hicieron esperar, y aunque me entusiasmaba la idea de participar en un diálogo sobre el tema, los 140 caracteres y las notificaciones intermitentes del celular se prestaban para más exabruptos impacientes —“Las ratas saltan del barco”— que para una discusión. No faltaban, por supuesto, los cuestionamientos políticos y conceptuales serios. “¿Qué distingue para ti lo legítimo y lo legal?”, preguntaron por ahí. Parecía chiste que esperemos debatir filosofía política y ética en un medio donde la mínima elaboración o problematización es un exceso de palabras. 

Hay, por supuesto, gente que piensa lo contrario. Para la tuitera Diana Amores, las redes sociales no son una cloaca. Explica que su experiencia política con éstas es de resistencia, en especial en tiempos de mayor restricción a otras vías comunicacionales. Según ella, Twitter se convirtió en “la pared de un grafitero”, como espacio donde ejercer la ciudadanía a través del ingenio, el encuentro y la libre comunicación. En fin, las redes son, lo que tú decidas que sean

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En cierto sentido, Amores tiene razón. Como con todo otro medio, desde la radio hasta la televisión, evaluar su utilidad social con absolutos es risible. El valor del instrumento está determinado por su uso. Pero precisamente por eso debemos delinear  los usos de las redes— y sus funciones particulares— en el ejercicio político. El auge de las redes sociales ha sido crítico en la organización de movimientos sociales y por los derechos civiles en todo el mundo. Desde #BlackLivesMatter hasta la Primavera Árabe, Twitter y Facebook han facilitado la comunicación colectiva. Al mismo tiempo— y por ese mismo atributo— las redes sociales están por default inundadas de insultos, trolls, falsedades virales, y peor aún, peleas interminables que no revelan ni clarifican nada, sino que confunden y distraen más. 

En su artículo The Decay of Twitter, Robinson Meyer contextualiza el advenimiento de Twitter en nuestra historia linguística, desde la oralidad hasta la escritura. Resume los estudios del historiador de la comunicación Walter Ong y de la analista de redes Bonnie Stewart. Ong explica que, por un lado la oralidad existía como acción y sonido, enfatizando la memoria y la “redundancia”. La escritura después, al ser más perdurable, permitió la abstracción, ya que las palabras podían alejarse de su conexión inmediata, visual o auditiva del objeto que describían. Eventualmente, la televisión y la radio generan lo que Ong llama “segunda oralidad”, con avances tecnológicos que no habrían existido sin la escritura, pero que mantienen a los dos modos separados.  

Internet supera la segunda oralidad, ya que más que hablarnos como tal, nos texteamos, chateamos y tuiteamos. La escritura— que había establecido una nueva forma de comunicación— con internet cobra una función de inmediatez parecida a la oral. Las respuestas entre cada afirmación es reactiva e improvisada, a pesar de atañer con frecuencia temas que usualmente requieren de mayor  tiempo y demora en ser analizados. Según Ong, internet nos ha forzado a procesar lo escrito de la misma manera que procesamos lo oral, renunciando en la inmediatez al tipo de abstracción conceptual implícita de la literatura y sin los mecanismos contextuales, como la voz y los gestos, que definen la comunicación oral. Este nuevo paradigma es descrito por Ong como escritura secundaria o híbrida, de la que Twitter es el ejemplo más claro y arquetípico. 

Así mismo, para Bonnie Stewart, estos modos comunicacionales han alterado la relación formal entre quienes producen y quienes leen, presionando aún más las diferencias entre el contenido escrito y el oral. Aunque reconocemos que Twitter no demanda el rigor académico de un ensayo o  de un texto periodístico —validando emojis, fotos, y abreviaciones arbitrarias— igual sometemos lo que se escribe en Twitter a la misma interpretación conceptual y política a la que sometemos escritos serios. En Internet, palabras que en general se manejan como expresión oral informal son registradas como texto fijo y perdurable. Según Meyer, éstas son expectativas de lo hablado pero interpretaciones de lo escrito. En esa paradoja vive la política nacional. 

El límite de 140 caracteres en ese sentido confirma los argumentos que presenta Meyer. Podemos decir lo que queramos a menos que lo que queramos decir necesite de mayor riqueza conceptual. No nos decidimos si discutir política o llenarnos las pantallas de ruido. A pesar de eso, parecemos olvidar activamente la superficialidad inherente a su formato: nos convencemos de que los debates de Twitter están logrando algo, de que estamos generando discusión cuando con frecuencia la estamos coartando. Un megáfono es útil en una protesta, pero no para hablar de política en un salón. De igual manera, el ciberactivismo debatista en Twitter nos está acostumbrando a desdeñar de la abstracción y la problematización conceptual y a confundir lo inmediato con lo eficiente y lo lúcido. Y este año esta dinámica se va a atomizar con la campaña presidencial que se avecina. 

Sin duda, Twitter funciona muy bien como un medio de acción colectiva, pero cuando se lo reconoce como apenas la superficie de la movilización.  Las redes efectivas que celebra Diana Amores son las redes tácticas, organizadas y dirigidas en función de la política cara a cara. Es el mismo uso del que he sido testigo yo en campañas de divulgación para causas sociales específicas en las que se ha sabido utilizar al instrumento según su diseño, y no a pesar de éste: Las coberturas en vivo,  los hashtags ingeniosos y el periodismo ciudadano. Twitter también es una manera divertida de sentirnos próximos con quienes no conocemos y de forjar comunidad según nuestros intereses: yo sigo intentando que el comediante Louis CK me conteste, por ejemplo. 

Sí, es una red para lo breve, pero no para el debate. 

A pesar de sus 320 millones de usuarios, Twitter está sufriendo pérdidas anuales y muy pocos nuevos adherentes. Según Meyer está en decaída, atrapada entre las redes más visuales y las más personales. Quedará por ver si es a pesar de la restricción de 140 caracteres o si incluso ese número es considerado un exceso verbal. No sería una sorpresa: 1984 de George Orwell no es solamente una advertencia contra el totalitarismo personificado en El Gran Hermano. Es también, y por sobre todo, una advertencia contra la reducción del lenguaje, la eliminación del concepto y de la palabra. Sin ideas  —sin el derecho a más palabras— lo que queda es solamente slogans. Y los slogans son insoportables, pero antes solían ser apenas una frase dentro de las confrontaciones electorales. Ahora, parece esperarnos una forma de hacer política llena de frases que suenen ingeniosas y potentes —como todo slogan— pero que, en realidad, no sirven para discutir nada con seriedad.

Bajada

¿A qué tipo de política nos está (mal)acostumbrando esta red social?

fuente

Fotografía de la cuenta de Twitter de Catherine López