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Jaime Nebot ha ido a Quito y está en campaña —aunque no se sabe para quién: dice que no será candidato. No me extrañaría que luego no cumpla lo que dice (en 2013 ya faltó a sus acuerdos políticos, lo dijo su amigo personal, Guillermo Lasso), pero lo que sí me intriga es el grado de desesperación que ciertos opositores tienen por sacar a Rafael Correa del poder. Como ninguno tiene el músculo político para hacerlo solo, andan buscando alianzas algo estrambóticas. Bajo el muy original nombre de La Unidad se ha creado una suerte de coalición entre socialdemócratas, neoconservadores, el muy indefinido centro y hasta potencialmente-indígena. Una toalla política de remiendos, una película armada de descartes.  

Es curioso lo que ha generado Rafael Correa: que viejos enemigos, gente de aparentes irreconciliables posturas, se siente a la misma mesa. Que gente que piensa diferente se sienta a la misma mesa no es algo que debería satanizarse, pero podría significar que el Ecuador va a tener dos polos políticos que captan lo que pueden, que agarran los votos de donde vengan: el uno se llama Alianza País y el otro este de La Unidad. Son, como lo explicaba el politólogo Paolo Moncagatta, movimientos atravesados por todas las corrientes ideológicas: el catch-all es nuevo deporte nacional. Eso es lo que hay detrás del así llamado pragmatismo. Ambos frentes tienen un eje aglutinador: Correa. Entonces, hay que tenerlo claro: aunque Rafael Correa no sea un candidato para 2017 —como se supone no será—, la campaña girará en su torno. 

La diferencia entre ambos polos de catch-all es cómo han utilizado a la figura central de la política ecuatoriana. Para Alianza País, el Presidente ha servido de elemento de cohesión, la goma con la que se pegan a la hora de aprobar y aplicar políticas públicas —si son adecuadas o no, es otra discusión—. Por eso el disenso está visto en Alianza País como un defecto, en lugar de como un valor democrático. Por eso, Fernando Bustamante ha sido calificado por Correa como vanidoso. En realidad, en cualquier otra sociedad, su abstención habría sido un acto parlamentario más, como lo explica Jacobo Velasco. Pero —como dice Iván Ulchor-Rota— en un país de radicales, el voto del marginado asambleísta del partido de gobierno es un gesto que no tiene cabida: por un lado significa poner en riesgo la cohesión que aprieta Correa, y por el lado de la oposición, es un geso tardío —hasta que puedan arrastrarlo (cosa que me parece difícil) hasta la cacareada Unidad. 

En cierta forma, Correa también mantiene pegada a la Unidad, pero con el (evidente) propósito contrario: no solo sacarlo a él, como persona, del poder, sino como concepto. Ya ensayan hasta verbos como descorreizar. Es coherente que ambos bandos se comporten de esa manera: los que están en el poder luchan por mantenerlo (ya no por la componenda y el arreglo en pasillos legislativos) sino por la presentación de una obra de gobierno que ha tenido resultados materiales: carreteras, educación, seguridad social para todos, hidroeléctricas. La Unidad, en cambio, aspira a llegar al poder señalando los errores con consecuencias del de gobierno de Alianza País: el gasto público exagerado, la reciente pérdida de empleos por la crisis (bautizada con el eufemismo de año duro por el Presidente), la concentración del poder y el desgaste de la retórica de Correa.

La pregunta es qué va a pasar después del gran día. Si La Unidad triunfase y Correa fuese desplazado, ¿cómo se fraccionarán los intereses de socialdemócratas de AVANZA y Democracia Radical, con los de los ultraconservadores socialcristianos y los centristas de SUMA? Ese resquebrajamiento una vez obtenido el poder será el primer gran desafío que enfrentará La Unidad. Esas fisuras podrían venir de acuerdo a cuánto sus líderes se adjudiquen para sí el triunfo. Es un caso improbable el que lleguen efectivamente al poder, pero de lograrlo deberían entender que se han apañado a un potencial voto de rechazo al gobierno —factible si la economía sigue cayendo en picada—. Es algo que ya sucedió en Venezuela, según este reporte de Foreign Policy: a tres meses de las elecciones, la mayoría de los venezolanos no veía con agrado ni a Henrique Capriles ni a Leopoldo López. Si metieron más de 110 asambleístas fue porque la gente castigó al endeble poschavismo de Nicolás Maduro. 

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En el otro bando, las fracciones que existen a la interna del partido podrían liberarse. Hasta ahora ha sido el Presidente el lazo que los ha mantenido amarrados, pero sin él, la lucha preliminar por ser los que intenten retener el poder será ardua. Es un secreto a voces que al interior del partido hay diferentes alas —unas más hacia la derecha, otras más hacia la izquierda— que llevan aún al avión hacia un mismo destino porque saben que Correa es el que marca el rumbo. Pero sin la autoridad política que tiene él al interior del partido, ¿quién es el llamado a sucederlo? Ya ha habido deserciones importantes en Alianza País, siendo la de Ramiro González la de mayor peso: su estructura de partido no es poca cosa y es por eso que ha sido recibido de brazos abiertos en La Unidad. Correa aún mantiene sellada la olla de presión, pero una vez que se vaya, el catch-all de Alianza País entrará en una pugna interna que —sumado al estado del país— podría costarle las elecciones. Ya lo advirtió él mismo en 2014 cuando su partido perdió la alcaldía de Quito: “tener estos remezones hace bien” —dijo, según esta nota— “probablemente estamos cayendo en sectarismos, probablemente nos estamos durmiendo en los laureles”. 

En medio de todo (mejor dicho, a un lado del ring), está Guillermo Lasso intentando fabricarse unos guantes de outsider. Quiere presentarse como el que no está dispuesto al enfrentamiento de all-catchers. Dice que ya lo intentó, en 2013, y fracasó. Que el pragmatismo no lo es todo. Lasso, que parece tener un techo histórico del 30%, parece apuntar a la estrategia de consolidar ese voto, ver cómo La Unidad cae por su propio peso, y forzar una segunda vuelta (que sería posible si las condiciones económicas del país no cambian). Sería entonces cuando ponga a su amigo Jaime Nebot —y sus aliados— en la disyuntiva de escoger entre él y la continuación del gobierno de Rafael Correa. En ese momento, Nebot volverá a poner condiciones. Y Lasso tendrá que sacarse el traje de outsider y ponerse por lo menos una corbata de retazos. En su círculo más cercano hay gente que pedía unidad en la oposición y ponía, públicamente, de ejemplo a la campaña presidencial de Perú en 2011.  O sea que la carta está ahí, para ser jugada. Al final del día, en 2017 —gane quien gane— asistiremos a, nada más y nada menos, que otra película hecha de descartes.

Bajada

¿Se puede armar un gobierno a partir de retazos ideológicos?

fuente

Fotografía de Merete Veian bajo licencia CC  by 2.0. Sin cambios.