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El tres de diciembre de 2015— cuando se aprobaron las enmiendas constitucionales en Ecuador—la abstención de Fernando Bustamante fue una decepción que nadie quería aceptar. Para el oficialismo, fue una traición. Para la oposición, una “impostura” tardía, o un intento de mea culpa desesperado. Pero, en realidad, Bustamante dio un ejemplo de honestidad intelectual y política que no encaja con el discurso maniqueo y totalizador que rige en el país. Su voto fue un sacrificio político inesperado basado en los principios ideológicos que durante la Constituyente de Montecristi de 2008 definieron a Alianza País —ahora irreconocible—, y que podría anunciar la inminente implosión del oficialismo. 

Bustamante no es ajeno a los lineamientos de su partido. Él sabía que por su abstención sería penalizado o —habrá que ver— expulsado. A la vez, el no votar en contra tampoco lo reivindicaría en la oposición como otro desertor convertido. Al menos, no a estas alturas. Las reacciones de ambos bandos lo demuestran: Mientras que para Correa la abstención fue “una gran decepción”, en una carta abierta a Bustamante, el periodista José Hernández se despidió “con el recuerdo vivo del respeto que inspirabas” (antes de ser parte de Alianza País), criticando la tardanza de los “principios de conciencia” a los que el asambleísta aludió para explicar su voto. Sin embargo, precisamente a esto se debe la  contundencia de la abstención (por sobre el voto en contra): el exministro logra denunciar el extravío democrático de Alianza País, pero al mismo tiempo ratifica discretamente su compromiso con la organicidad y cohesión del movimiento. Su posición es efectiva porque no confronta desde la total, absoluta y nítida negación sino que se justifica en la reafirmación del proyecto político original de Alianza PAIS. Su desobediencia no se embarró de la valorización maniquea. 

Más allá de lo que determine el comité de ética del partido sobre él, su abstención muestra las incongruencias del proyecto correísta mejor que cualquier crítica desde afuera. En cierta forma, su objeción de conciencia funciona como lo que se conoce como situación dilema: una acción diseñada para imponer un dilema a la autoridad, forzándola a hacer concesiones a quien reclama o a mostrarse con miedo, incongruentes o violentos en su reacción al reclamo.  En este caso, al confirmar su militancia —con la abstención en lugar del voto en contra— y al aceptar el castigo, Bustamante neutralizó significativamente cualquier acusación de “traición” que pueda surgir desde adentro. Él hizo lo que debía hacer según su criterio y —al aceptar las consecuencias de su acción— sin dar la espalda a su bancada. Cuando explicó que su decisión correspondía al sentir del distrito que lo eligió reiteró que la aprobación de las enmiendas va en contra del compromiso de ampliar la participación democrática de los mandantes. 

Alianza País ahora tiene dos opciones: Penalizar una decisión tomada en base de los principios sobre los que supuestamente se construyó el movimiento, o lidiar con fracturas internas y el visible recordatorio de que uno de sus asambleístas más reconocidos es contrario a las imposiciones de las cúpulas.

El tema del mandato popular es importante para entender tanto la abstención de Bustamante como el aparente silencio que lo ha caracterizado en estos últimos años. Sin lugar a dudas, Alianza País hasta hacía poco se debía a un apoyo popular enorme, evidente no solo en sus triunfos electorales sino en su innegable priorización de la inversión social. Salud, educación, infraestructura no pueden ser mencionados como pie de página —al contrario, son consideraciones esenciales para cualquier lectura del correísmo como proyecto político. Es importante, además, porque de ahí surge la definición oficialista de democracia, escrita en función de la equidad. Y porque permite entender a la militancia correísta —incluyendo a Bustamante— no como meros borregos atontados, equivocados o cínicos (que sería lo más fácil), sino a través de la propia lógica populista del movimiento.  

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La organicidad partidista es medular en esta forma de hacer política. Con el parecer popular a su favor, las posibles diferencias dentro del oficialismo se manejaron siempre a puerta cerrada. Se apostó por la cohesión disciplinada que —como el espíritu de cuerpo militar— es una medida estratégica efectiva en la movilización social. Ya que Bustamante obviamente reconoce la institucionalidad del movimiento, su objeción consciente y su sometimiento al comité de ética reiteran el valor ético y estratégico de su voto. Para él, la criticidad y consciencia individual no son necesariamente incompatibles con la disciplina partidista.   

Con demasiada frecuencia tendemos a descartar la diferencia política como si fuera una falla personal: suponemos que los contrarios no actúan por principios. Hace nueve años, Fernando Bustamante le apostó a un colectivo organizado que consideró democrático. Así, decidió exponerse a las innegables contradicciones de gobernar, a las que manejó en concordancia con las necesidades de su movimiento. Al no abandonar el barco desde el inicio, Bustamante demostró creer en las posibilidades de la propuesta de Alianza PAIS y —a diferencia de gran parte de la oposición de izquierda— estar dispuesto a ensuciarse las manos, rozarse con la realidad. Lo hizo hasta el tres diciembre de 2015, cuando su partido le dio la estocada final a la democracia que suponía alimentar. Se trata, efectivamente, de percepciones.

Bajada
¿Por qué nadie quiere al único asambleísta de PAÍS que no votó a favor de las enmiendas?

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