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En la Cumbre de Países Árabes-América del Sur (ASPA), que se celebró en Arabia Saudita el 11 de noviembre de 2015, el presidente ecuatoriano Rafael Correa planteó la necesidad de reducir en 1,6% la producción de crudo de los países de la OPEP para estabilizar los precios del petróleo en el mercado internacional. En esa misma cita, Correa le propuso al rey Salmán bin Abdulaziz abrir un centro del islam y la cultura árabe cerca de Quito. Ambos planteamientos pueden corresponder a intereses legítimos y desvinculados entre ellos, pero es imposible sustraerlos de una historia en la que la fórmula petróleo e islam, con Arabia Saudita como eje, ha resultado una bomba de tiempo.

A su regreso del Golfo Pérsico, Rafael Correa argumentó que la intención de abrir un centro islámico respondía a la necesidad de “conocer más de cerca el islam, que es más que una religión, sino una civilización”. Y tiene razón. Es pertinente que un país como el Ecuador, tan abstraído en sus conflictos internos, se interese en comprender a uno de los actores de las más complejos problemas contemporáneos. Pero es más pertinente que sepa a quién le pide lecciones.

Arabia Saudita tiene un Índice de Desarrollo Humano del 0,83 (el máximo es 1) y ocupa el puesto 19 en la escala mundial del PIB (el primer lugar es para Estados Unidos). Es conocido por un sistema de salud de buena calidad y de gran alcance, y por una baja tasa de mortalidad (3,7 por cada 1000 habitantes —Ecuador tiene 5,1 y Sierra Leona 28,1). Desde la perspectiva más cruda del capitalismo, esos datos de bienestar social son opacados por los que definen a ese país como el mayor productor de petróleo en el mundo, el segundo con las mayores reservas de crudo y el más poderoso de la OPEP. Desde una elemental óptica democrática y en consideración a una mínima conciencia sobre el respeto a los derechos humanos, esa monarquía teocrática escandaliza.

Esto dice Said Boumedouha, director del Programa Regional para Oriente Medio y el Norte de África de Amnistía Internacional: “El defectuoso sistema de justicia de Arabia Saudí facilita las ejecuciones judiciales a escala masiva. En muchos casos se niega a los acusados el acceso a un abogado, y en algunos se los condena sobre la base de ‘confesiones’ obtenidas mediante tortura u otros malos tratos en flagrantes injusticias”. Entre agosto de 2014 y junio de 2015, al menos 175 personas fueron ejecutadas, un promedio de una cada dos días. La mayoría de esas ejecuciones se hicieron por decapitación, otras por fusilamiento y, en ciertos casos, se llevaron a cabo en público y los cuerpos y las cabezas cortadas fueron exhibidas como símbolos de justicia. Arabia Saudita sostiene que la pena de muerte —y vejaciones como lapidaciones, amputaciones y azotes— está respaldada por la sharia, el cuerpo legal que rige su forma de entender el islam. 

Al gobierno del Ecuador tampoco le vendría mal revisar la historia.

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En 1969 los reyes de dos mundos distintos se dieron la mano. A cambio de la provisión regular de petróleo para su país, Balduino, rey de Bélgica, le entregó a Arabia Saudita el pabellón oriental del parque del Cincuentenario, en pleno centro de Bruselas. Allí, la monarquía del rey Faisal bin Abdelaziz construyó el Centro Islámico y Cultural de Bélgica (CICB), que a la vez se volvió la sede europea de la Liga Islámica Mundial (LIM), un organismo cuya matriz está en La Meca y que tiene como propósitos centrales “propagar el Islam alrededor del mundo y dilucidar las dudas respecto a la religión”: el panislamismo.

Tras inaugurarse en 1978, el CICB se convirtió en el representante oficial del mundo musulmán ante las autoridades belgas, al punto que se le otorgó la potestad de seleccionar y proveer profesores de religión islámica para escuelas y colegios. En resumen, Bélgica le abrió la puerta a Arabia Saudita para que implantara el islam en su país.

Ese islam era el wahhabismo, una corriente sunita rigorista, esencialista y puritana fundada en el siglo dieciocho por el clérigo árabe Muhammad ibn Abd al Wahhab, quien decía interpretar y aplicar de manera literal el contenido del Corán. Al Wahhab (autoridad religiosa) y el jefe saudí Muhammad bin Saud (poder político y financiero) fundaron en 1774 el Emirato de Diriyah, llamado también Primer Estado Saudí, para desde ahí extender su doctrina por toda la península arábiga. En ese propósito, tal como hace hoy el grupo Estado Islámico en su delirio de implantar un califato a su medida, destruyeron varios de los primeros monumentos islámicos (incluidas mezquitas, tumbas y mausoleos erigidas en honor de familiares del profeta Mahoma en La Meca y Medina) por considerarlos representaciones heréticas y objetos de idolatría de una doctrina contaminada. También impusieron una estricta separación entre sexos, confinaron a la mujer al espacio del hogar y limitaron sus acciones a la voluntad del hombre, y alentaron a sus seguidores a disociarse no solo del mundo no musulmán sino de los infieles, los musulmanes —chiítas, sufíes— que no seguían sus dogmas severos. En 1932, cuando Abdelaziz bin Saud, descendiente del fundador del reino, se convirtió en el primer rey de la Arabia Saudita que conocemos hoy, el wahhabismo se consolidó como su islam oficial.

La sharia, que además de ser el cuerpo del derecho islámico es un compendio de reglas que gobiernan todos los aspectos de la vida, se aplicó formalmente en Arabia Saudita en su versión wahhabita, es decir no solo como un código de conducta y guía moral que podría ser abrazado por todos los musulmanes, sino como un tratado involucionista que rechazaba cualquier norma o sentencia posterior a las que Mahoma y sus primeros discípulos habían dictado en la Edad Media, aquellas que incluían lapidaciones y decapitaciones.

En referencia a los preceptos que guiaban la vida del profeta y de las tres primeras generaciones de sus discípulos, los salaf (“predecesores piadosos”), en un momento de su desarrollo el wahhabismo pasó a denominarse salafismo, y a constituirse claramente como una corriente fundamentalista y ultraortodoxa que buscaba imitar la arcaica forma de vida de esos ancestros -incluyendo el aspecto físico con las galabiyas y las barbas abultadas- y que rechazaba toda influencia occidental y nociones como democracia y laicidad, por considerar que corrompían la fe musulmana. Si bien una mínima fracción de seguidores hicieron de su fe el sustento ideológico de una lucha violenta, el wahhabismo se fijó como la versión más sectaria del islam.

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Cuando a mediados del siglo pasado explotó la Segunda Guerra Mundial, una parte de la Península Arábiga se convirtió en un botín para los Aliados. Los británicos, que dominaban la región desde la caída del Imperio otomano en 1918, reforzaron su presencia en Irak para cuidar las reservas de petróleo que acaparaban. Los estadounidenses levantaron bases logísticas en Irán para reabastecer de material bélico a sus socios soviéticos. Mientras, Siria quedó en manos del régimen francés de Vichy, que colaboraba con el nazismo. Arabia Saudita logró mantenerse neutral al conflicto y así evitar que la ocuparan, pero a pesar de que ya había empezado a explotar su petróleo necesitaba dinero para compensar lo que dejó de percibir al cancelarse las peregrinaciones a La Meca. Franklin Roosevelt sabía que, al hacerle un préstamo a bin Saud, más adelante podría sacar provecho de sus yacimientos. Aunque parecía ridículo, en 1943 el presidente estadounidense logró que el congreso de su país incluyera a Arabia Saudita entre los beneficiarios de fondos para enfrentar a Hitler. Fue el inicio de un pacto de sangre.

Del 4 al 11 de febrero de 1945, Roosevelt, Joseph Stalin y Winston Churchill mantuvieron reuniones en la Conferencia de Yalta, aquella que la Historia registra como el comienzo de la Guerra Fría y que según la leyenda fue el momento en que las potencias se repartieron el mundo. Apenas terminada esa conferencia, un Roosvelt decrépito y doliente en su ya famosa silla de ruedas viajó a El Cairo y ahí se embarcó en el buque estadounidense USS Quincy (CA-71). Junto a él subió el rey saudí bin Saud, con un séquito que incluía esclavos negros, un probador de alimentos, un astrólogo y ocho ovejas; ocho ovejas que, degolladas por los esclavos negros, serían la proteína de su viaje. 

Mientras el navío de guerra atravesaba el canal de Suez, los dos mandatarios llegaron a un acuerdo que marcaría para siempre la geopolítica mundial. El Pacto de Quincy, firmado el 14 de febrero de 1945, estableció, en concreto, un intercambio de petróleo por seguridad. Arabia Saudita le otorgó el monopolio al consorcio norteamericano Arabian American Oil Co. para que explotara sus yacimientos durante sesenta años. A cambio, Estados Unidos declaró a su nuevo socio como parte de sus “intereses vitales”, y le aseguró la protección incondicional de la familia Saud y la de su reino frente a toda amenaza extranjera. Le prometió, además, no intervenir en los asuntos de su política interna, y le facilitó el camino para que se impusiera como la potencia hegemónica —política y religiosa— de la región.

Lo improbable a expensas del oportunismo. El nuevo líder del mundo occidental, autoproclamado portavoz de la democracia y el liberalismo, unido a la monarquía teocrático más hermética y puritana del planeta. El pacto llegó en el momento adecuado. Empezada la Guerra Fría, si a alguien había que impedirle poner un pie en esa región era a los soviéticos. Al mismo tiempo, con su obsesión por mantenerse independiente, Arabia Saudita resultaba la ficha ideal para frenar la crecida del panarabismo, el proyecto de una sola nación árabe impulsado por el egipcio Gamal Abdel Nasser, que mezclaba principios de anticolonialismo, antiimperialismo y socialismo, es decir todo lo que podía incomodar a Estados Unidos.

Y no era eso, el panarabismo, lo que le interesaba a Arabia Saudita, sino el panislamismo, de modo que al contar con la protección de Estados Unidos y con una de las mayores reservas de petróleo en el mundo, tuvo el camino libre y el presupuesto holgado para, a través de la Liga Islámica Mundial, propagar su religión rigorista. En el caso de Arabia Saudita, decir religión es decir ideología, y en consecuencia con la idea de que “el Islam debía estar en el centro de la política extranjera del reino”, como estipuló Faisal en 1962, cuando aún era príncipe, esa ideología se exportó según el principio del daawa wal irchad: proselitismo y propagación de la fe. Para eso se construyeron mezquitas, escuelas de formación, centros culturales y salas de oración, y se impulsó una poderosa industria editorial[1].

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Así el islam saudí llegó a Europa, con la Liga Islámica Mundial como brazo gestor. Durante los años setenta se instaló en Suiza y en Bélgica. En Suiza primero apoyó financieramente al Centro Islámico de Ginebra (fundado por el egipcio Said Ramadan, otro panislamista, pero de la línea de los Hermanos Musulmanes) y luego construyó la Mezquita de Ginebra. En Bélgica apareció el CICB, cuya potestad para designar profesores de religión islámica para las escuelas públicas duró hasta 1990, cuando el gobierno se dio cuenta de que aquello era una responsabilidad suya y creó un instituto de formación de imanes a cargo del Ministerio de Educación. A Francia llegó más tarde, hacia mediados de los noventa, y financió la mayor parte de la construcción de la mezquita de Evry-Courcouronnes[2], que se convertiría en la más grande del país, y también financió una parte (el resto lo pagó directamente de su bolsillo el rey Fahd, monarca saudí en el momento) de la Gran Mezquita de Lyon, la que según un documento del Pentágono filtrado en 2011 por Wikileaks, hacía parte de una decena de centros islámicos utilizados por Al Qaeda para reclutar nuevos militantes[3].

Llegaría el momento de que esa ideología de exportación se vinculara con la primera acción armada. De acuerdo a David Rigoulet-Roze, investigador del Instituto Francés de Análisis Estratégico (IFAS), “esa forma de islamo-salafismo puede tomar una expresión particularmente virulenta cuando las circunstancias histórico-políticas le ofrecen la oportunidad de proyectarse al exterior, del Dar al islam (Mundo del islam) al Dar al Harb (Mundo de la guerra) a través de una lógica específicamente yihadista.” Esa oportunidad, que inauguró el fenómeno contemporáneo del terrorismo islamista, fue la guerra de Afganistán. “A inicios de los años ochenta —dice Rigoulet-Roze—, los ingresos saudíes pasaron de unos 65 mil millones de dólares a cerca de 135 mil millones. Riad ofrecía, casi gratuitamente, boletos de avión a quienes, como un tal Osama Bin Laden, manifestaban la voluntad de ir a combatir al Ejército Rojo en Afganistán”. Bin Laden no solo demostró su voluntad de ir por su cuenta sino que fue nombrado emisario del gobierno para entregar el financiamiento a los rebeldes, como afirmó el príncipe Turki Al Faizal, jefe de la inteligencia saudita entre 1997 y 2001, en un reciente reportaje de la televisión francesa.

En plena Guerra Fría, por temor a que Afganistán se convirtiera en un feudo comunista que desestabilizara la región, la yihad antisoviética (antisoviética y anti Partido Democrático Popular de Afganistán, la fuerza socialista en el poder en esa época) convenía plenamente a los intereses estadounidenses. En el apoyo financiero y logístico a los rebeldes islamistas, los autodenominados muyahidines, confluyeron, al lado de Estados Unidos y Arabia Saudita, Irán e Israel. Ronald Reagan diría que los muyahidines, término que se traduce como “guerreros de la fe”, eran, además, “guerreros de la libertad”.

La guerra de Afganistán cambió para siempre la forma en la que se vio el islam en el mundo, y significó el momento en que el islamismo armado convocó a hacer de su lucha una causa global. Arabia Saudita financió directamente a los combatientes de los países musulmanes que se unieron a esa guerra y que, una vez terminada en 1989, quedaron dispersos y a la espera de una nueva razón para reunirse. Muchos de ellos terminaron juntándose a Al Qaeda.

Lo siguiente es el hito de cuando el boomerang regresó. 15 de las 19 personas que participaron en los atentados del 11 de septiembre en Nueva York eran de origen saudita. El senador estadounidense Bob Graham[4], presidente de la Comisión de Inteligencia del Senado que se encargó de la investigación de ese atentado, le dijo al periódico Le Figaro que sabía que “varios de los 19 kamikazes recibieron el apoyo financiero de entidades sauditas, incluido el gobierno”. En 2004, al presentarse el informe de esa comisión, Graham descubrió que 28 páginas habían sido eliminadas y clasificadas por pedido de la administración de George W. Bush. Esas páginas, dijo Graham, “demostraban la participación directa del gobierno saudita en el financiamiento del 11 de septiembre.”

Pero no pasó nada, siguieron siendo amigos. La comisión concluyó que no había evidencia de que Arabia Saudita hubiera conspirado en los ataques. Pocos meses después de que se presentara el informe, en 2005, al expirar el famoso Pacto de Quincy, George W. Bush y el rey Al Saud lo renovaron por otros sesenta años. 

 

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Molenbeek es una comuna que queda a 20 minutos al oeste de Bruselas. En sus seis kilómetros cuadrados de superficie conviven cien mil habitantes de más de noventa nacionalidades. La densidad de población es del doble en relación al promedio de la región, y de esa población, según algunos datos, la mitad es de confesión musulmana. La tasa de desempleo entre los jóvenes de menos de 25 años es del 41%, mientras que la media de la región es del 35%. Molenbeek reúne algunas de las condiciones que permiten la radicalización de jóvenes europeos: pobreza, un repliegue de las comunidades de inmigrantes y sus consecuentes problemas de integración, y la existencia de lugares de oración donde se predica un islam fundamentalista[5].

Luego de que ocurrieran los atentados en París el 13 de noviembre, se supo que Molenbeek era una suerte de sede organizacional del yihadismo en Europa. “Constato que casi siempre hay un vínculo con Molenbeek, que hay un problema gigantesco”, dijo el primer ministro belga Charles Michel en una entrevista con la televisora flamenca VRT. La historia no es reciente, pero es ahora que cobra amplitud. En Molenbeek vivían quienes asesinaron en 2001 al comandante Massoud, líder rebelde afgano que combatió primero contra la ocupación soviética y luego contra los talibanes. También vivía ahí Hassan El Haski, condenado a 15 años de cárcel por ser uno de los organizadores de los atentados en Madrid el 11 de marzo de 2004. Y Mehdi Nemmouche, el autor de la matanza en el museo judío de Bruselas, en mayo de 2014. Y Ayoub El Khazzani, que en agosto pasado intentó atacar en un tren Thalys que iba de Amsterdam a París. Y los hermanos Salah y Brahim Abdeslam, que participaron en los últimos atentados en la capital francesa. Y Abdelhamid Abaaoud, el cerebro de esos ataques.

Nadie duda hoy de que Molenbeek es un hervidero de la radicalización. “Es cierto que hay fundamentalismo aquí”, le dijo a El País la alcaldesa de la comuna, Françoise Schepmans. Ahora, además de aceptarlo, se empieza a hablar con más soltura de lo que pudo provocar el fenómeno. En una entrevista con Radio Canadá, Sara Turine, consejera en el municipio de Molenbeek, sostuvo que el gobierno de su país no fue lo suficientemente vigilante respecto a la influencia de Arabia Saudita en el tipo de islam que se practica en Bélgica. Y precisó que ese islam, “sin alentar el terrorismo, abona el terreno para el reclutamiento de los jóvenes”.

En el artículo titulado Arabia Saudita, un Daesh[6] que triunfó, publicado en The New York Times, el escritor argelino Kamal Daoud llama al grupo Estado Islámico el Daesh negro, y a Arabia Saudita el Daesh blanco. “En su lucha contra el terrorismo —dice Daoud—, Occidente hace la guerra contra uno, al mismo tiempo que cierra la mano del otro”. Y menciona expresamente el vínculo ideológico: “Se quiere salvar la famosa alianza estratégica con Arabia Saudita olvidando que ese reino reposa sobre otra alianza, con un clero religioso que produce, hace legítimo, expande, predica y defiende el wahhabismo, islamismo ultra-puritano que alimenta a Daesh.” Una muestra de cómo Occidente cierra la mano de Arabia Saudita al tiempo que fustiga el fundamentalismo islamista del que ha sido víctima, es el contrato por 10 mil millones de euros en infraestructura, transporte y armamento que Francia firmó con el reino en octubre de este año.

Michel Privot, un islamólogo belga convertido al Islam y cercano a los Hermanos Musulmanes, explicó en el periódico Libération que “el pensamiento salafista está muy anclado en el seno de la población musulmana de la capital belga”, y recordó cómo en el Centro Islámico que Arabia Saudita construyó en Bruselas cuando el rey Balduino le entregó una parte del parque del Cincuentenario a cambio de petróleo, “los fieles iban a buscar libros que se distribuían gratuitamente.” 

En proporción a su población, Bélgica es el país europeo de donde más personas han partido a hacer la yihad. Habría unos 500 de ellos en Siria e Irak. Los especialistas convergen en que el salafismo que Arabia Saudita exportó como política de Estado es lo más cercano a la ideología fundamentalista que validan los islamistas radicales. Lo que no termina de demostrarse es que continúe financiando directamente acciones armadas.

No se puede pensar automáticamente que un vínculo con Arabia Saudita acarrearía consecuencias similares, pero en su propósito de compenetración cultural el gobierno ecuatoriano haría bien en valorar si le conviene la alianza con el Daesh blanco.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

[1] Abul Ala Maudidi (1903-1979), imán y erudito pakistaní, es considerado el principal ideólogo de los movimientos yihadistas del siglo XX. Sostenía que la política era necesaria para crear estados regidos por la ley islámica y protegidos de la influencia occidental. Escribió alrededor de 120 libros. A él se le otorgó, en 1979, el primer Premio Internacional Rey Faizal, que Arabia Saudita otorga por “servicios al islam”. Dos libros clásicos con frecuencia señalados por contener pasajes que incitan a una yihad armada y a castigar a los herejes son La vía del musulmán, del argelino exiliado en Arabia Saudita Abu Bakr Al-Jaza’iri, escrito en los años sesenta, y El Jardín de los Santos, del sirio Al Nawawi, escrito en 1277. Ambos libros se vendían libremente el año pasado en Francia, en las tiendas Fnac o Carrefour, y aunque el Ministerio del Interior dijo entonces que incluían “contenido salafista” y un “llamado a la yihad”, no consideraron que hacían una “incitación al terrorismo”, por lo que no se prohibió su venta.

[2] Si bien la influencia de Arabia Saudita pasa por Oriente Medio, el Magreb y Europa, no todos los colectivos de musulmanes beneficiarios de su financiamiento, que adoptaron la corriente wahabita en su práctica del islam, se convirtieron en actores importantes a nivel político y religioso en sus esferas de acción. Así mismo, no todos los que recibieron financiamiento adoptaron el wahabismo. Es el caso de la mezquita de Evry-Courcoronnes, que pese a haber recibido alrededor de nueve millones de euros para su construcción, ha estado manejada, desde que se inauguró en 1994, por el rector marroquí Khalil Merroun, no seguidor del wahabismo.

[3] Según el documento, aquella lista debía servir a los investigadores estadounidenses para identificar las conexiones de ciertos detenidos de Guantánamo. Al momento en que se publicó esa información, en su descargo el rector de la Mezquita de Lyon, Kamel Kabtane, respondió que las “acusaciones eran ridículas”, y solicitó una entrevista con el embajador de Estados Unidos en Francia para “decirle a viva voz que era inadmisible lanzar sospechas tan graves y destructoras sobre la mezquita, sus responsables y sus fieles.”

[4] Bob Graham es autor, entre otros libros, de Intelligence Matters: The CIA, the FBI, Saudi Arabia and the Failure of America’s War on Terror (2004). Su biografía resalta que siempre se opuso a la guerra en Irak.

[5] El periodista francés David Thomson, uno de los más grandes especialistas sobre el yihadismo entre europeos, considera que es impreciso reducir este fenómeno a las circunstancias citadas, ya que a través de su trabajo ha conocido a yihadistas originarios de la clase media y media superior que, incluso, ni siquiera eran musulmanes, sino que vieron en la guerra en Siria un proyecto para darle sentido a su vida. Sin embargo, dichas características son frecuentes en la mayoría de casos.

[6] Acrónimo en árabe para designar al grupo Estado Islámico.

Bajada

¿Es la monarquía del Golfo la mejor escuela de religión?

fuente

Ilustración: Daniela Mora