El escritor Eduardo Galeano contó la siguiente historia: un niño distinguió un bloque de mármol en el taller de su tío escultor. Tiempo después, el niño vio un caballo en el mesón donde antes estaba el trozo de mármol. Entonces, con la mayor inocencia del mundo, le preguntó al tío cómo adivinó que dentro de la piedra había un animal.

Quisiera creer que a algún niño le sucedió algo similar cuando, en el mesón de una de sus tías, distinguió primero un plátano verde y luego, un patacón. Quizá entonces se preguntó cómo pudo su tía haber descubierto tamaña delicia dentro de aquella cosa de cáscara ordinaria.

El patacón está dentro del plátano como el caballo dentro del mármol. Se necesita clarividencia para encontrarlo. Eso sí: cuando uno lo ve servido en el plato siente que brotó espontáneamente, sin la participación de ningún ser humano. Aunque sea producto de un artificio, el patacón es natural. Una pieza escueta, unitaria, sencilla.

Siempre he creído que el patacón es más una golosina que un alimento. Se come con la misma voluptuosidad con que se paladea una chocolatina. No busco que los patacones me llenen el estómago sino que me produzcan alegría.

Suelo recordar ciertos sucesos emotivos de mi vida a través de este manjar: cuando tenía dieciséis años comí patacones con Amalia, y luego me atreví, por fin, a tomarla de la mano; cuando tenía veintiocho conocí al escritor Héctor Rojas Herazo, quien entonces me dijo dos frases maravillosas. La primera fue cuando le pregunté quién mandaba en su casa, si él o su esposa, la Niña Rochi.

—¡En mi casa se hace lo que yo obedezco! –respondió, dando un puñetazo teatral en el brazo de su mecedora.

La segunda fue cuando la Niña Rochi se nos apareció con una bandeja de patacones. Rojas Herazo probó uno y dijo:

—El patacón es la forma más blanda de la madera.

Acaso el más precioso de esos recuerdos es el siguiente: cuando tenía seis años le llevé a mamá Elvia, mi abuela, una foto instantánea que acababan de tomarme en el colegio. Ella estaba en la cocina haciendo patacones. Al ver la foto no dijo nada, pero la besó. Todavía oigo ese beso en la memoria.

Quitarle al plátano verde su corteza, rebanarlo, freír los trozos, aplastarlos, bañar los patacones en agua de ajo y sal, volver a freírlos, sentir el calor del caldero, sudar, sacarlos del aceite, servirlos. Semejante sacrificio es mucho más que un simple acto de cocina: es una liturgia. Por eso todos somos dioses mientras comemos patacones.

Sigamos comiendo patacones, que después vendrá la muerte. Comámoslos con queso, o con carne en bisté, o con suero costeño, o con hogao, o con pescado frito, o con el acompañante que cada quien prefiera. El patacón armoniza con muchísimos complementos, y es tan noble que también se puede comer solo.

En su célebre tratado de gastronomía, Brillat-Savarin sostuvo que “el descubrimiento de un buen plato es más provechoso para la humanidad que el descubrimiento de una estrella”. Entiendo su frase cuando recuerdo al campesino pobre que, la semana pasada, saboreaba con aire de rey unos patacones. Y cuando oigo, una vez más, aquel beso que la viejita Elvia le dio a mi foto.


**Tomado del libro Botellas de Náufrago