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Foto de Emilio Labrador bajo licencia CC  by 2.0. Sin cambios.

Los flacos ganaron. No era una batalla estética sino una lucha de clases. Aunque suene absurdo —casi inverosímil— en el mundo de hoy estar gordo es estar pobre, enfermo —mal alimentado. Es un poco extraño que esto lo escriba uno —en literal apariencia— de esos que perdió, pero para los propósitos de la corrección política mi [sobre]peso inclina la balanza a mi favor: puedo hablar sin cargos de conciencia —y sin posibilidad de reclamo alguno. Panzoncitos, yo soy uno de ustedes. Y es hora de entender que estar gordos es, en general, un mal político, una forma perversa de pobreza porque se esconde en gente que —parece— estar bien comida. 

Un disclaimer inicial: no estoy gordo por pobre. Eso debe quedar más o menos claro: lo estoy por exagerado. Mi sobrepeso no viene por malnutrición, sino por una predisposición genética a la buena mesa, la buena vida y la voluntad débil. Es algo que —por supuesto— debo resolver si quiero vivir todo lo que quiero vivir. La gordura de los pobres es otra: la que mata más rápido. 

Sucede en Estados Unidos, México y está pasando en lugares que antes parecían tan poco probables como la China. Están gordos —gordísimos, sin poder respirar ni casi moverse— porque la comida sana se está convirtiendo en bien para ricos. El escritor argentino Diego Fonseca decía en La Tierra de los libres (y gordos): “Las cifras oficiales dicen que 30 años atrás los padres de estos niños gordos comían un snack diario; sus hijos, no menos de tres”. Según Fonseca, comer perdió su valor social y comunitario: se convirtió en una parada en el proceso de producción. “Llenarse para seguir la marcha”, escribe. El verbo rector está claro: llenar. Porque, al final de cuentas, la gente que embute a sus hijos de grasas saturadas lo hace para eso, para que se llenen —no tengan hambre— sin tener que gastar demasiado. 

Desde hace más de veinte años, la comida se volvió un commodity más. Eso quiere decir —en breves y gélidas palabras— que también cotiza en bolsa. Como las acciones de Google, Twitter o Apple en Nueva York, la soja, el maíz y el trigo se negocian solo que en otra ciudad: en el Chicago Board of Trade. En 1991 la multinacional bursátil Goldman Sachs se inventó su Commodity Index, una fórmula matemática que incluía dieciocho productos —entre ellos trigo, café, ganado, choclo— y lo mildividió en acciones. Desde entonces, es en Chicago donde se deciden —se especula con— los precios de los alimentos del mundo: Martín Caparrós en su incómodo ladrillo El Hambre, dice que en Daca, Bangladesh, hubo saqueos y disturbios callejeros porque el precio del arroz pasó de 195 dólares, en 2003, a mil en 2008. Todo porque unos señoritos de chaqueta y pelo engominado venden y compran derechos futuros, bonos de nombres extraños, sobre la comida de todo el planeta. Según varios expertos, la burbuja del mercado de alimentos ya cuadruplica su valor real. Lo más caro es la carne, las frutas y las verduras. Joyas de una corona de alimentos. 

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A los pobres no les queda más que alimentarse con lo más barato y llenador: “la epidemia de obesidad empezó en los Estados Unidos en los años ochenta. Desde entonces, los precios de frutas y verduras aumentaron, en valores constantes, un cuarenta por ciento” —dice y matiza Caparrós— “Y, en el mismo período, las comidas procesadas bajaron un 40 por ciento”. La gente en Estados Unidos —la gente que se engorda sin medida en el mundo industrializado— lo hace solo para llenar el tanque, en palabras de Fonseca, que además, lanza unos datos escalofriantes: el sueño americano consiste en consumir 31 por ciento más calorías que hace 40 años, 56 por ciento más grasas y aceites que hace 20 y 14 por ciento más de azúcares y edulcorantes que hace 10. Las porciones son ahora hasta cinco veces más grandes que en los años 70: en la cadena The Cheesecake Factory, explica Fonseca, la pizza infantil tiene el tamaño de una para dos adultos en Italia. La comida que vale la pena, la que está llena de fibras, nutrientes, la que nos va al cerebro —y no a las aortas— es inalcanzable para esta gente. 

No es solo un problema norteamericano. Se lo ve en las villas en las afueras de Buenos Aires, en los centros comerciales atiborrados de Guayaquil. El papá de una amiga a quien quiero mucho estuvo sin trabajo unos años. Ella recuerda esa época por un detalle poco convencional: “nunca me engordé tanto como en ese tiempo”. Comer por comer, lo que haya, lo que se encuentre —rápido, barato y con algo de gusto— se ha convertido en un forma de sortear el hambre que acecha en el mundo a casi mil millones de personas, una mascarada para la malnutrición, la diabetes temprana, las enfermedades del corazón, la muerte. Hace treinta y dos años, Gabriel García Márquez escribió en una columna en El País que estar delgado estaba de moda. Hablaba de las dietas —esa variante infernal y voluntaria del hambre—, pero sobre todo del peso como un símbolo de status. Hoy más que nunca es cierto.

Bajada

¿Puede el sobrepeso ser una forma de morirse de hambre?