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Hoy es un lunes que nunca será como los demás lunes de 2015. Ni como cualquier lunes de nuestras vidas. Amanece en París el tercer día después de los atentados que dejaron ciento veintinueve muertos, más de trescientos cincuenta heridos y el espanto absoluto. El viernes 13 de noviembre parecía un día de verano extraviado en el otoño. Los parisinos aprovecharíamos para llenar las terrazas de cafés y restaurantes. Así somos nosotros —quienes tenemos invierno— cada vez que hay sol o se esconde el frío volvemos a los espacios abiertos. Pero hoy, lunes, nuestra costumbre se ha ido: podría ser peligrosa.

Este tercer día tal vez sea peor que el sábado y ayer, domingo. El fin de semana después de la tragedia nos quedamos en casa, aferrados —como sobrevivientes de un naufragio— a los televisores, esperando que los noticieros corrigieran sus reportes, y dijeran que no fue tan grave, que no había muertos a manos de un puñado de asesinos. El tercer día, en cambio, hemos despertado como después de una larga borrachera: la resaca es señal de que lo que parecía un pesadilla surrealista y macabra fue real.

Este lunes en el metro, en la línea 14 —que atraviesa a París desde su corazón— todo parece normal. Caras serias, filas de espera en los andenes, jóvenes con sus auriculares, cada uno por lo suyo. Como siempre. Sentada frente a mí, en el vagón, una hermosa estudiante revisa sus lecciones.

— ¿Cómo te sientes?, le pregunto, aunque en nuestra ciudad no acostumbramos hablar con desconocido en el transporte público, excepto en caso de huelga, para arremeter contra los huelguistas.

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Ça vatodo bien contesta, me sonríe y continúa— por supuesto, algo alarmada. 

—¿Estás tomando algunas precauciones? ¿Cómo haces?

—Sí, miro alrededor mío, aunque no parezca. Pero no creo que sirva de algo, ¿verdad?

***

Camino por la zona del Centre Georges Pompidou, pieza clave del recorrido turístico parisino y tradicional punto de encuentro multitudinario. Hoy la plaza frente al museo se ve tan vacía como nuestras almas. No han venido los chicos con sus skateboards a rodar por el amplio espacio. Las tiendecitas de souvenirs esperan a un cliente que, definitivamente, hoy no llegará.

Alrededor, las callecitas del París antiguo con sus galerías de arte, sus objetos de diseñador, sus tiendas de moda y sus vendedores de kebab lucen medio abandonadas.

Un anciano del barrio sentado en una banca sacude la cabeza:

— Por Dios qué desgracia. Conocí un ambiente así en la época de los nazis y nunca se me hubiera ocurrido pensar que lo viviría otra vez.

Subo hasta la plaza de la República. Allí, hace diez meses, tuvo lugar el homenaje más conmovedor que jamás viví: a las diecisiete víctimas del ataque terrorista a Charlie Hebdo y las dos de un supermercado kosher en enero 2015. Varios de los ataques del 13 de noviembre tuvieron lugar a poca distancia de la République.

La estatua de Marianne domina la plaza proclamando los valores de la nación: libertad, igualdad, fraternidad. A sus pies se amontonan ramos de flores y velas encendidas. Unas decenas de personas se han juntado, están en silencio, como absortas en su dolor. Las cámaras de televisión del mundo entero se agrupan alrededor del escenario, como esperasen que suceda algo más, que alguien tome la palabra. Un señor ya mayor vocifera en el micro de un periodista «hay que aplastarles a todos, y rápido, allá en Siria y que por fin este gobierno tome alguna decisión sensata ». La mayoría queda callada, con mirada fija.

Anoche, varios centenares de ciudadanos que habían acudido a la plaza se dispersaron corriendo, aterrados por la noticia de un nuevo tiroteo. Era un rumor.

***

Entre el restaurante Le Petit Cambodge y el bar Le Carillon, cercanos al romántico canal Saint-Martin, no hay más que una vía estrecha. Uno se imagina lo fácil que ha podido ser disparar de un lado para otro desde un carro, aniquilando las risas y las conversaciones de las pequeñas mesas instaladas en la vereda. Es la idea morbosa que me viene a la mente. Este lunes no hay nada más que flores, velas, peatones silenciosos y las entradas mudas de los establecimientos, con su toldo abajo.

No sé si los autores de la matanza sabían que en esa zona vivía mayormente músicos, diseñadores, cineastas, intelectuales. Es un hecho sociológico que tenía sus razones: el precio aún moderado del alojamiento hizo que —hace unos años—  los creativos de la capital se instalaran en este barrio.

A unas cuadras y a buena distancia de los curiosos —a quienes la policía mantiene alejados por unas banderitas y sus vehículos de guardia— se alza el Bataclan con su fachada de colores. “Allí vine a escuchar a Oscar de León no hace mucho”, dice una mujer como quien no puede creerlo. “Pero volveré, eso es cierto” —y matiza, enseguida— “Dentro de algún tiempo”.

El Bataclan es una sala de concierto de tamaño humano que se transformó en inhumano. Este lunes, día del minuto de silencio que impuso el gobierno con razón, el perímetro del edificio se llena de gente. Muchos se agachan para encender velitas al pie de los árboles, o colocar unos mensajes como frente al Carillon o en la plaza de la República. Hay uno que dice:

Sé fuerte, París. Tu torre no se puede derrumbar.

***

Ya es hora pico en el tránsito de París, y en el metro también. En la estación Richard-Lenoir, la más cercana al Bataclan, un portavoz del sistema de transportación anuncia que varias lineas están paradas a causa de un paquete abandonado. Este lunes, sucederá tres veces durante mi viaje. Estamos en guerra. Una guerra con sus noticias reales, sus rumores, su estrategia de desinformación.

Decido caminar hasta la Bastilla, a unas cuadras. El vendedor de churros y de confiterías rosadas está presente, con las luces de colores de su enorme camión. Los cafés de la plaza, una de las más animadas de la capital, tienen clientes. Es el happy hour. Como de costumbre, la gente se apresura en dirección del metro, de la panadería, de la estación de bus.

Arriba en las nubes, la estatua de la Bastilla, bautizada El Genio de la Libertad, sigue agarrando su antorcha. Abajo, nos movemos todos como si no pasara nada, siguiendo nuestro camino. A pesar de todo, es lo que haremos. Con cuidado.

Bajada

Una periodista francesa recorre la capital francesa tres días después de los ataques terroristas de noviembre de 2015

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