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Desde Ekerbergparken, una de las colinas más altas de Oslo, se ve parte de la ciudad: casas y edificios modernos junto al mar, rieles del tren, veleros y puertos, pequeñas islas frondosas, y fiordos —golfos que se formaron entre los glaciares, hace miles de años—. El mirador es sencillo: hay un espacio amplio de cemento, dos bancas de madera, unos árboles de troncos flacos y un marco de acero  —de 91 x 74 centímetros—, sostenido sobre dos patas. Dentro de los bordes no hay nada, es como si el rectángulo vacío sirviera para enmarcar el paisaje de Oslo desde ahí arriba. Aunque muchos lo usan para eso —y para fotografiarse— tiene otra misión: gritar.

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La idea es colocarse detrás o delante, dependiendo de la vista que uno elija, y gritar. Dejar que el grito recorra desde los pies hasta la garganta y que al abrir la boca, nazca fuerte y profundo. Cuando la artista serbia Marina Abramovic creó esta obra en 2013 dijo: “Gritamos el día que nacemos y no volvemos a gritar en la vida; es como si nos olvidáramos de que podemos hacerlo”. No todos los turistas lo hacen, yo sí lo hice. Es un poco vergonzoso y hasta ridículo escucharse gritando: el mío sonó grave y ronco. Si uno se olvida de los turistas y deportistas que pasan cerca y del silencio de la lejana ciudad, la sensación es bastante relajante y hasta graciosa.

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Abramovic se inspiró en el artista noruego Edvar Munch para su obra. Según los biógrafos de Munch, una tarde de 1893, caminaba por el mirador del parque Ekerberg —que en ese entonces era un sendero con una baranda que rodeaba al mar— junto a dos amigos. El cielo estaba rojo por el sol, y él vio —y se imaginó— que las nubes goteaban sangre. Sintió una profunda tristeza, se detuvo y agotado, se apoyó en la baranda solo, sus amigos habían seguido su camino. Tembló y con una herida inexplicable en el pecho sintió que un grito, que surgía de la tierra, debía salir a través de él. Así nació uno de los cuatro cuadros de su obra más conocida: “El Grito”. Para recordar los 150 del nacimiento de Munch, Abramovic le dedicó el performance. Invitó a ciudadanos de Oslo a gritar en el marco —con las mismas dimensiones que las de El Grito— y los grabó. Era gente común y variada: una artista, un cura, un dentista y un convicto; sus edades, entre dos y noventa y siete años. A Abramovic le conmovió ver a los noruegos gritar porque, según ella son tranquilos, silenciosos e introvertidos. “Había gente que estaba en shock cuando se escuchaba a sí mismo. Una mujer por ejemplo, estaba parada frente a la cámara, con la boca tan abierta que su cara aparecía distorsionada, lista para gritar… pero no salió ningún sonido. Se quedó en silencio… Hubiera sido más fácil hacer esto con italianos, pero por algo El Grito ocurrió aquí y no en otro país”, dijo la artista en una entrevista con el Wall Street Journal. Abramovic disfruta las obras que existen en un momento único y duran un tiempo determinado. Hoy se la conoce como la ‘Abuela del Performance’.

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Abramovic nació en Serbia hace sesenta y siete años y desde hace cincuenta ha hecho performances que desafían su cuerpo —su principal herramienta—, su mente, el entorno que la rodea y al público. “La performance ocurre en un momento y en un lugar, solo para los ojos privilegiados que están presentes. Y luego desaparece. Deja apenas nada: algo de documentación y el recuerdo en la mente de los espectadores”, escribe el periodista Sergio Fanjul de El País. En 1977, Abramovic hizo Breathing In/Breathing Out, junto a Ulay —su pareja y artista con el que trabajó durante trece años—. Bloquearon los huecos de sus narices, y durante veinte minutos, se dieron respiración boca a boca, para vivir del oxígeno del otro. Al final casi se desmayan. Este performance fue una metáfora sobre el amor: puede matar, pero nos quedamos pegados a él. En el 2012, como parte de la exhibición El artista está presente, se sentó en una mesa para dos, en una sala del MOMA en Nueva York. Ella cerraba los ojos y un turista debía sentarse en la silla de al frente. Entonces ella los abría, el visitante y ella se miraban en silencio. Su idea era romper el estrés que genera mirarse con alguien directamente a los ojos, sin decir nada ni desviar la vista. Conocer al otro, pero también experimentar con las sensaciones personales que surgen al fijar nuestra mirada en la de otra persona. Su performance rompió el ritmo, cuando frente a ella, apareció Ulay.

 

Para algunos gritar en una ciudad pacífica como Oslo puede ser tan desafiante como mirar a otro a los ojos sin distraerse con nada más. Estuve una hora junto al marco, mirando el paisaje y gritando, junto a tres amigas. Otros turistas que se limitaron a ver y a reír al escucharnos gritar. Un deportista que pasaba por ahí nos miró como pidiéndonos silencio o cuestionando nuestra cordura. Aunque Ekerberg es muy tranquilo, ese marco está ahí por una razón. Si logramos que un grito de la tierra pase a través de nosotros y emane por nuestra boca, habremos cumplido el desafío de Abramovic. Al final, gritar es expresar hacia afuera alguna sensación que habita en lo profundo de nuestro interior.

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Bajada

En Oslo, una obra de la artista Marina Abramovic desafía a los turistas tímidos

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