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Siempre me han incomodado las muestras automáticas y seriales de luto, indignación y en algunos casos incluso solidaridad virtual. Pasó en enero de 2015 cuando la revista satírica Charlie Hebdo, en París, fue víctima de un tiroteo que acabó con la vida de doce  de sus dibujantes y pasó en septiembre de ese mismo año, cuando Aylan, el niño sirio, fue fotografiado muerto,  desparramado sobre la arena en una playa en Turquía, encarnando simbólicamente la gravedad de la peor crisis de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.  La mañana después de que su cuerpo fue encontrado, desperté con la imagen reproducida en serie copando mi newsfeed, acompañada de exclamaciones de horror y emoticones masivos de caritas tristes. En Facebook, la imagen del “niño sirio”—sin nombre aún— se convirtió en un hit que rivalizaba con los chismes sobre Game of Thrones y los videos que mi familia sube de sus gatos. Como una de entre miles de noticias mostradas según un algoritmo programado, su muerte fue rápidamente banalizada por la solidaridad de escritorio.  Por eso, cuando la escatológica Charlie Hebdó (antigua víctima) publicó dos caricaturas mofándose del niño en la arena, ofenderse parecía forzado. Al contrario, la verdadera agresión a la memoria de Aylan fue la reproducción indiscriminada y pasiva de su imagen por cientos de miles —millones, quizá— de usuarios de redes sociales.

Las caricaturas de la revista no son particularmente ingeniosas o chistosas. En la primera, un “Jesús” sonriente camina sobre las aguas mientras el niño, de quien solamente vemos sus piernas, se hunde. La leyenda en el dibujo dice “los cristianos caminan sobre el mar mientras los musulmanes se hunden”. La segunda imagen muestra al niño boca abajo sobre la arena— como fue fotografiado—con un cartel similar a los de McDonalds detrás suyo promocionando “2 Menús Infantiles por el precio de uno”. El propósito profanador de las imágenes es obvio. 

Charlie Hebdo está golpeando bajo. Hace humor fácil con un representante de las víctimas más vulnerables de la violencia. Pero sabe lo que hace. Aunque a su humor puede acusárselo de mal gusto o de vulgar, el consumirlo pasivamente es imposible: o tomamos la decisión de interactuar con el mensaje y reaccionar, o lo ignoramos. Detrás del dibujo hay una dirección, un sentido que en su militante esfuerzo por generar polémica paradójicamente mantiene intacta la gravedad, el peso, de la imagen. Al ser  abiertamente ofensivo, Charlie Hebdo registra lo sensible y urgente de la imagen. Precisamente por eso la degrada.  

Es difícil pensar en algo más desgarrador que la muerte violenta de un niño. Consecuentemente, ya que el impacto visual es enorme, el uso organizado y direccionado de este tipo de imágenes hace parte de una larga tradición de detonadores en luchas sociales, explica Greg Berger, documentarista satírico y co-director de la Escuela de Periodismo Auténtico en México. Un ejemplo histórico es el de Emmet Till, quien —tras su muerte en 1955— fue convertido en referente de la violencia de las leyes que propugnaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas —llamadas de Jim Crow— en el sur de Estados Unidos. Till, oriundo de Chicago, Illinois, fue linchado y asesinado al visitar familiares en el estado de Missisipi. Su cadáver fue encontrado días después desfigurado y mutilado. Cuando Till fue devuelto a Chicago para su funeral, su madre insistió en mantener el ataúd abierto para mostrar la brutalidad sanguinaria de los linchamientos. 

La década de  1950 fue también el advenimiento de la fotografía “amateur”. De los miles que asistieron al funeral, muchos fotografiaron su cuerpo. Su imagen fue mostrada en varias publicaciones que apuntaban a generar conciencia y rechazo a Jim Crow. El movimiento de los derechos civiles, entonces, utilizó las posibilidades de la fotografía para la distribución del retrato ensangrentado y desfigurado de Till, de una crudeza a la que el público no estaba acostumbrado. De esta manera, su imagen manejada responsablemente, con dirección y sentido, propulsó la campaña mediática del movimiento. 

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Otro caso es el de Khaleed Saeedi en Egipto, quien fue asesinado mientras estaba en custodia policial, poco antes del borboteo de la Primavera Árabe. Al igual que con Emmet Till para el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, su muerte fue un catalizador poderoso al que se aferró el movimiento en sus inicios, en este caso estrenando a la redes sociales como herramienta para organizar protestas en rechazo a la violencia, el abuso del régimen de Hosni Mubarak y en solidaridad con el joven. Su nombre y su cara enarbolaban una revolución. 

Para Berger, en estos casos existió una  dirección que daba un sentido claro, conciente y pensado a la representación de la violencia adjunta a su imagen o su nombre. Su propagación y distribución nunca fue gratuita; hubo una intencionalidad organizada. Así mismo, su difusión estuvo activamente acompañada por narrativas enfocadas en la historia de vida de Till y Saeedi. Por otro lado, en el caso de Aylan, las reacciones proactivas que su imagen ha generado se deben principalmente al azar y la buena fortuna de que “aun existe la decencia humana”, pero a pesar de haber sido  “cosechada para el espectáculo mediático”. La imagen compartida compulsivamente en redes sociales se disparó sin dirección o consentimiento organizado de nadie. 

Las redes sociales son ahora una de las principales plataformas de mediación con el duelo.  Al brindar información inmediata y ofrecer una vía para que sus usuarios publiquen sus reacciones con más facilidad y mayor alcance que nunca, éstas han ganado ——de forma exponencial— terreno mediático. Su prevalencia ahora se siente en cómo nos relacionamos entre nosotros y el mundo que nos rodea.

En el caso del duelo, la muerte y la violencia la dinámica es la viralidad: No hay sino que cambiar la foto de perfil, publicar el tuit o, peor aún, compartir una imagen suelta, descontextualizada e impactante para mostrarse en “solidaridad”. Pero esta mediación aparentemente individualizada nos engaña ya que aparenta una proactividad que en realidad no existe: Compartimos y olvidamos. 

Prefiero las malas bromas de Charlie Hebdo que la explotación pasiva y automática que el  bienintencionado anónimo pudiera hacer por inercia. En cualquier caso, no se puede reaccionar a dibujos como los que publicaron con un “Me Gusta” que nos desligue del tema.  Al ser  burda, irrespetuosa, despiadada en su irreverencia, su apropiación de lo sacro o sensible solo reafirma el valor de lo que intentan profanar. 

De Aylan sabemos que murió tras haberse soltado de los brazos de su padre. Que también murieron ahogados sus hermanos y su madre. Que, cómo la suya, son miles las familias que se arriesgan a cruzar el mar desesperados, expulsados por un tirano, ISIL y una guerra que lleva casi cinco años. Que la crisis continuará y que en Occidente todavía no se institucionalizan vías que faciliten o garanticen su recibimiento. 

Eso sabemos a pesar del bombardeo “viral” indiscriminado, consumista, cada vez más frecuente en nuestro uso de las redes. Se nos presenta, por eso, el desafío de repensar el uso pasivo al que nos van acostumbrado sus algoritmos e incorporarlas como herramientas de solidaridad organizada, colectiva y direccionada. 

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¿Qué tan perverso o indiferente puede ser compartir una foto en redes sociales?