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Fotografía de Ministerio de Relaciones Exteriores, bajo licencia creative commons BY-NC-SA 2.0. Sin cambios. 

El canciller temporal Xavier Lasso defiende las acciones del gobierno ecuatoriano a través de un falso dilema. En una entrevista a El Comercio del sábado 12 de septiembre de 2015 dijo: “A partir de la igualdad vamos a discutir de libertad. La miseria aniquila y los sectores sociales mayoritarios han estado rodeados de miseria. Cuando me planteo la discusión entre igualdad y libertad, prefiero la igualdad.” Su posición ideológica es clara. Su sentimiento de querer acabar con la miseria causada por la pobreza extrema es noble, pero el dilema que propone de elegir entre libertad y igualdad es —en el mejor de los casos— falso, y en el peor, deshonesto.  

Los opositores al gobierno de Rafael Correa que salieron a las calles a rechazar los proyectos de leyes de plusvalía y herencia usaron la palabra “libertad” como eje central de su queja. Reclamaban su libertad para expresarse y organizarse sin ser limitados por el Estado, y su libertad económica para negociar con quien quisieran, dentro y fuera del Ecuador. Ambos eran reclamos a la exagerada intervención del gobierno en sus vidas. 

Cuando Lasso habla de igualdad hay que suponer que habla de igualdad de oportunidades. Lo digo porque hasta ahora el gobierno del Ecuador no ha propuesto una transición a un modelo económico basado en la idea “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, premisa central del socialismo clásico. De hecho, a pesar de su ambigüedad innata, el proclamado Socialismo del Siglo XXI parece aceptar una relación incómoda entre las fuerzas de la mano invisible del capitalismo y la meta de redistribuir la riqueza. Algo que el presidente Rafael Correa ha nombrado “modernizar el capitalismo” en varios discursos y que el Secretario Nacional de Planificación y Desarrollo, Pabel Muñoz lo repite: “Es importante que el Ecuador avance hacia un capitalismo moderno. En países de capitalismo moderno los capitales no solamente están concentrados en las familias, están abiertos para que vía mercado de valores se dinamicen, la gente pueda comprar acciones. Eso sucede en los países más avanzados en términos capitalistas en el mundo, por qué no pensarlo en el Ecuador”. Igualdad de oportunidades significaría que el gobierno tomase una parte de las utilidades generadas por actividades económicas privadas, y la redistribuyese a quienes tienen menos para que puedan acceder a los medios necesarios para mejorar su vida. Cuando hay igualdad de oportunidades, el éxito o fracaso de los ciudadanos no dependerá de dónde hayan nacido —en un hogar pobre o uno rico— sino de sus capacidades. 

Según el canciller Lasso, libertad e igualdad o son opuestos o, simplemente, no pueden ser discutidos al mismo tiempo. Cuando Lasso dice “cuando me planteo la discusión entre igualdad y libertad, prefiero la igualdad” sugiere que tenemos que elegir conversar del uno o del otro, no de los dos al mismo tiempo. Pero no son conceptos excluyentes, sino lo contrario: el aumento de libertad económica permite más transacciones y genera más actividad económica sujeta al sistema tributario. Así se generan ingresos para el Estado que luego son redistribuidos. Tal vez el gran éxito del correísmo como movimiento político ha sido su capacidad de —hasta ahora— dejar crecer el sector productivo y mantener una inversión significativa en los sectores económicos más pobres. La consecuencia de tal visión económica fue la creación de una verdadera clase media en Ecuador que beneficia a los dos lados: el gobierno puede hablar orgullosamente de la transformación del país y el sector productivo tiene una nueva clase de consumidores que pueden comprar bienes y servicios. Si no queremos sobredepender del petróleo, necesitamos libertad económica para impulsar inversión, consumo, y crecimiento. Mientras más riqueza generemos, más podremos redistribuir. 

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Como los ingresos petroleros básicamente han desaparecido, el gobierno busca nuevas fuentes de ingresos para mantener el nivel de inversión en personal y en proyectos estratégicos. Su blanco se ha vuelto el sector productivo. Pero las leyes de plusvalía y herencia han detenido la inversión privada en el Ecuador porque generan incertidumbre. Una inversión significa gastar mirando al futuro, y si este no está claro, las industrias importantes para la economía —como la de la construcción— se estancan. El desequilibrio entre crear políticas que generan riqueza y redistribución de riqueza termina perjudicando al sector productivo como al gobierno. Para generar más igualdad —que es lo que Lasso elige— tenemos que generar más libertad económica. Hacerlo implica restaurar certidumbre en el futuro. 

Hay otros ejemplos para graficar el falso dilema de Lasso. Los aparatos digitales —teléfonos celulares, tabletas, y computadoras— son cada vez más económicos y están transformando el destino de los pobres al nivel mundial. Hay empresas que aprovechan la ubicuidad de Internet para democratizar el acceso a todo: Google al conocimiento, Twitter a la libertad de expresión, E-Bay, a los mercados. YouTube nos permite vigilar a policías abusivos. Facebook es una comunidad global con más habitantes que China. La difusión en esa red social de las fotos del niño sirio muerto en las orillas de una playa en Turquía y la reacción que causaron, demuestra que las personas —y no solamente los gobiernos y los medios de comunicación— pueden incidir en la política extranjera europea. Es una transferencia de poder importante: nunca en la historia se había visto un empoderamiento universal tan grande.

Gracias a estas fuerzas del mercado —que llegan con Internet—, el campesino de la provincia de Cotopaxi podría acceder a la mejor educación del mundo a través de un celular o una tableta. Él podría compensar la falta de buena educación pública en su zona, y educar a sus hijos con plataformas gratuitas como Khan Academy. Un pescador manabita que vive lejos de servicios médicos podría encontrar información sobre sus síntomas y decidir si busca atención médica o no. Un niño guayaquileño que siempre ha soñado en conocer los Himalayas podría verlos en vivo a través de una webcam. Las posibilidades para que los pobres mejoren su calidad de vida y busquen esa igualdad de oportunidades, que quiere Lasso, nunca han sido tan grandes. Pero la oportunidad para los pobres en Ecuador de participar en esta revolución global son limitadas: cobramos una tasa innecesaria sobre la importación de los aparatos digitales porque son considerados bienes de “lujo” y no productos de primera necesidad. Tal vez las ganancias de los impuestos se inviertan en las escuelas del Milenio, pero al mismo tiempo  niegan la oportunidad de generar la tan anhelada igualdad. 

El dilema de elegir entre libertad y igualdad no es tan falso como peligroso. La ideología, en esencia, es anticipar soluciones sin entender el problema del todo. Si el canciller Lasso quiere más igualdad debería aprovechar los mejores aspectos que nos ofrece la libertad. 

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¿Por qué quiere el Canciller ecuatoriano centrar la discusión en un dualismo falaz?