vela2.png

Al igual que en Yo soy el Fuego —su anterior novela—, Óscar Vela recurre a eventos de relevancia social y política para disparar una trama. En Todo ese ayer (Alfaguara, 2015), la dictadura argentina y el 30S ecuatoriano —el día en que una huelga de policías causó estragos a nivel nacional y mantuvo al presidente retenido por varias horas— crean un ambiente singular para un pequeño grupo de personajes que, poco a poco, descubren que el mundo en el que viven no es más que una precaria estructura sostenida por la ambición del poder y las mentiras necesarias para obtenerlo.

Aparentemente contada en tercera persona por un narrador que mantiene su distancia, Todo ese Ayer comienza de forma bastante convencional. Los capítulos son cortos y están señalados con el nombre del personaje al que se hará referencia: Federico, Rocío, Sebastián. En el primero se conoce —luego de una breve pero influyente descripción del clima— al notable abogado Federico Gallardo, quien en una “desapacible tarde de trabajo” siente que se ha “transportado al Londres nocturno de Charles Dickens y Arthur Conan Doyle”. Más adelante, el narrador menciona que la revuelta del 30 de septiembre de 2010, ocurrida apenas unos días atrás, tendrá una especial relevancia en esta historia. Es entonces cuando Federico recibe un email sin remitente pero que no puede ser más que de Sebastián Barberán, su amigo de juventud torturado y asesinado hace treinta y cuatro años en Argentina. Lo sabe porque, aunque el email no dice nada, en el asunto está una frase que ellos solían usar como código de su amistad. Federico responde con un fragmento de un poema de Borges preferido por ambos y luego, tras otra descripción del clima, siente que todo va a cambiar.

Con la aparición de Sebastián y lo que le sucede a Rocío —la esposa de Federico— el día del paro policial, pareciera que Todo ese ayer fuera una novela construida bajo los lineamientos progresistas de la industria de la memoria. El tema de la dictadura —escrito y reescrito una y otra vez en Argentina y Chile— parece, en principio, importado por el autor como si fuera un bien de consumo. Es novelesco, sí, pero muy poco tiene de novedoso. Para suerte del lector, la corrosiva voz que narra esta historia se va alejando de este tema mientras impone cada vez más su presencia en el texto. Es decir, de la aparente tercera persona de los primeros capítulos, el narrador se vuelca decididamente hacia el relato en primera en las últimas páginas. Es una transición que responde a las exigencias internas de la ficción y a su propio interés en contar un testimonio sin intermediarios.

La excusa del levantamiento policial y el supuesto intento de golpe de Estado le permiten a este personaje-narrador desplegar su relato como si fuera una novela de misterio. Cada capítulo termina con una escena a medio contar que será enlazada al comienzo de otra pero dos o tres capítulos más adelante. Mientras es revelado que Sebastián vive clandestinamente en Madrid, la parte que concierne a Federico y Rocío se va disolviendo al igual que su matrimonio. El padre de Rocío, un aristócrata y vil empresario, se encarga de enemistarlos —consigue, por ejemplo, trucar una foto de Federico para simular una relación homosexual— y deja que sea la propia clase alta quiteña, a la que todos ellos pertenecen, la que se ocupe de silenciar ese desastre.

Del policial a la literatura de la memoria, pasando por unos cuantos guiños metaliterarios, Todo ese ayer tiene su punto más alto cuando sitúa en el centro la historia del rompimiento entre Federico y Rocío. Ésa es la excusa para elaborar una diatriba contra la clase alta de Quito y sus estrechos vínculos con el poder de turno, que permitieron “la puesta en escena de un rescate de nadie, de una batalla contra nadie, de un tiro a mansalva para matar a un inocente solamente para darle cierto tinte glorioso, una mano apurada de barniz, al oprobio de la farsa”. Ese estilo amargo y exagerado recuerda al escritor austríaco Thomas Bernhard, quien no dudó nunca en denunciar la estupidez de su sociedad y los grandes engaños que la constituían. De igual manera, en Todo ese ayer está la lectura de la realidad local a través de un narrador afectado, erudito y odioso que arremete contra todo. Con excepción de ese detalle, sin embargo, la novela se acomoda recién a la mitad y otorga mucho peso al argumento; o sea que no se puede revelar demasiado sin arruinarle al lector mucho de lo que esta obra tiene para ofrecer. Pero, despojada de sus elementos accesorios, la novela de Óscar Vela continúa, aunque muy levemente, la mejor tradición de la invectiva y la sátira en la literatura dejando en evidencia el servilismo de unos cuantos acomodados y las canalladas de un proceso político que se dice redentor.

Bajada
PUBLICIDAD

Una novela sobre un matrimonio fallido devela lo más truculento de la clase alta ecuatoriana