En Cartas a un joven disidente, Christopher Hitchens se refiere a sí mismo como “un superviviente de la última era ininteligible de insurrección revolucionaria”. Fue un periodista inglés adoptado por los Estados Unidos, representante de una generación bautizada al calor del mayo francés del 68. Educado en Oxford pero de familia working class tuvo una vasta cultura que le ayudó a potenciar sus ataques contra objetivos tan disímiles como Henry Kissinger y la madre Teresa de Calcuta. Fiel a sí mismo más que a una militancia política, se distanció de la izquierda ante hechos como la tímida reacción en defensa de Salman Rushdie —novelista británico nacido en Bombay—, después de que se decretara una fatwa en su contra a raíz de Los versos satánicos.

A Hitchens le tocó vivir un mundo polarizado en el que el debate ideológico todavía cobraba sentido, antes de la caída del muro de Berlín en 1989. Hoy, en cambio, cualquier aspirante a mercadólogo con acceso a internet diría que los millenials, esos que nacieron después del derribe, han preferido la desazón crítica y el consumo.

Pero la polémica no ha muerto. En Latinoamérica muchos de los gobiernos de las últimas décadas han esgrimido el repetido lugar común del “debate de las ideas” y no son pocos los que todavía inflaman sus verbos al calor de canciones de la nueva trova y de sueños perdidos.

Sin importar el espectro político del lector, Cartas a un joven disidente es un libro que ofrece claves importantes para polemizar como lo haría Hitchens, reconocido por su asombrosa capacidad de debate público. El texto, surgido a partir de la pregunta “¿Podría ofrecer consejo a los jóvenes y a los inquietos; asesorarles de tal modo que les evitase la desilusión?”, resulta una guía breve y extraordinaria no ya para cambiar el mundo, como la afirma el mismo Hitchens, sino para “vivir una vida determinada, en la medida de lo posible, por sí mismo”.

Tomando como base la lectura del libro, estas son algunas recomendaciones para polemizar, no sin antes advertir que el propósito de las Cartas es más amplio. En sus páginas están los consejos de alguien que supo vivir orientado por su propio cuestionamiento, y su propia convicción de que más vale saber cómo pensar a que alguien te diga en qué pensar.

  1. Comenzar por disentir. “Hay algo idiota en quienes creen que el consenso es el bien supremo”, afirma Hitchens y despotrica contra quienes afirman que la cosas no son “blancas ni negras” sino grises o que la verdad no se halla entre dos polos sino en un “punto medio”. La vida mental, cree Hitchens, progresa mediante la discusión y la disputa. Así que nada de plácidos consensos, de nirvanas felices donde todos estén de acuerdo.

  1. ¿Quién eres tú para juzgar? Es un pregunta que podrá hacer un contrincante. Son excusas, “incitaciones a la pasividad o a la aquiescencia” dice Hitchens, junto con preguntas como “¿quién ha pedido tu opinión?”, “¿no es mejor esperar a otro momento para tomar una postura?”. En el ruedo retórico, basta con tener un nombre y un apellido para poder emitir una opinión, así que la respuesta va por recordarlos como suficiente justificación.

  1. Combatir lo atractivo es un arte. Hitchens recuerda al novelista francés Martin du Gard para asegurar que esta es la regla de reglas. No se trata, precisa, de desconfiar del gusto de la mayoría por esnobismo —por ser hipster, diríamos ahora—. Se trata de darse cuenta de que la gente es víctima de dogmas, ortodoxias, ilusiones y prejuicios. Casos concretos: fanáticos y patriotas de cualquier índole, en los que el orgullo interviene en su argumentación: “no servirá de nada tachar a alguien de siervo mental si está convencido de que su servidumbre es honrosa y voluntaria”.

  1. Rara vez lograrás convertir al otro. Observación de Karl Popper, otro polemizador empedernido. Si bien es bastante improbable que Donald Trump se convierta en el adalid de una reforma de inmigración progresista después de un debate, Hitchens afirma que sería igual de raro que después de una polémica retadora dos contrincantes mantengan la misma posición antagónica con la que conversaron. Si bien en apariencia sea la misma, Hitchens asegura que habrá “afinamientos, ajustes y concesiones”, fértil resultado del diálogo.

  1. El “principio de brecha” y el “precedente peligroso”. Su enunciación estuvo a cargo de F. M. Cornford, un académico de Cambridge acostumbrado a lidiar con las burocracias universitarias. En su Microcosmographia Academica afirma que el primero habla del miedo a actuar con justicia y no ser capaz de actuar a la altura –aún con más justicia– en circunstancias futuras; el segundo es el temor parecido de sentar un precedente que en un futuro hipotético te obligue a ti o a los otros a actuar de cierta forma. Hitchens recomienda combatir esas evasivas y desterrar el miedo al porvenir especialmente porque no puede anticiparse.

  2. Se puede ser civilizado. Rechazar el consenso y las utopías no quiere decir aceptar la naturaleza humana tal cual se ve, injusta o abyecta. A pesar de que todo parece indicar que el hombre siempre puede ser más vil, Hitchens cree en que hay oportunidades en que crece la civilización, a pesar de las coyunturas y los argumentos de fanáticos, nacionalistas o aspirantes a la perfección y la paz eterna.