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—¿Sabe dónde queda el Museo de la Inocencia?

Sorprendido por la pregunta, el turco da un sorbo a su café mientras prepara una respuesta. No está acostumbrado a resolver dudas turísticas. Tampoco sospecha que le preguntan por un lugar ficticio que existe en la realidad. Vive en un barrio tranquilo, lejos de la Mezquita Azul y del Gran Bazar. Lejos de la Torre Galata y del Cuerno de oro. Lejos de los enjambres de cámaras y los fusilamientos con flashes. Lejos de los sitios más visitados de Estambul, Turquía. La calle empinada en la que el hombre administra su tienda, rara vez, como hoy, es recorrida por personas que —mapa en mano— discuten en español mientras miran el papel y las paredes de las casas que los rodean.

—El único museo por aquí está hacia allá. Giren a la derecha, luego a la izquierda en el callejón.

La respuesta llega, como la pregunta, en inglés. Los turistas agradecen y retoman la caminata. Es la primera vez que se pierden en Estambul. Pero es también la primera vez que el lugar adonde van no se dibuja en el horizonte de la antigua Constantinopla. Para llegar al Museo de la Inocencia, no se alza la cabeza y se mira hacia el perfil de la ciudad. Ni se lo busca en un mapa cualquiera. No está ahí: este museo solo lo encuentran quienes saben —exactamente— que lo están buscando.

Yo lo buscaba desde hace cuatro años. Desde que leí la novela de Orhan Pamuk que lleva el mismo nombre. El Museo de la Inocencia, el libro, cuenta la historia de un amor fallido en el Estambul de los años setenta. La adoración obsesiva de Kemal, un empresario de clase alta, por Fusun, una muchacha de clase medio baja. Cuando su romance perece, Kemal es atacado por un dolor de abandono tan intenso que lo identifica anatómicamente. Su único alivio lo encuentra en los objetos. Los objetos, se da cuenta, le recuerdan los momentos felices con Fusun.

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Las cosas que colecciona desde la primera ruptura son piezas de una realidad cotidiana. Un pendiente en forma de mariposa que conservó en la primera noche. Las colillas de cigarrillos que tocaron los labios de su amante a lo largo de ocho años cenando juntos. Los carteles de las películas que vieron en ese tiempo. Todos los objetos forman la colección con la que más tarde Kemal compone su Museo de la Inocencia. Un museo con el que, queriendo contar la historia de su amor, cuenta la historia de Turquía en su entrada a la modernidad. Orhan Pamuk concibió la novela y el museo físico en Estambul como dos partes individuales de un solo proyecto. La primera fue publicada en 2008 y el segundo abrió sus puertas cuatro años más tarde. Después de que sufrí y disfruté la novela, conocer el museo se volvió para mí una necesidad.

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Esa mañana, cuando me uno a la fila para comprar un boleto, lamento no tener una copia del libro conmigo: entre sus últimas páginas está el dibujo de un ticket que sirve como pase de la ficción a la realidad, sin atravesar el quiebre de la magia que representa la taquilla. La frontera entre lo real y lo imaginado cabe en una hoja. Quienes la tienen, no pagan su entrada: son invitados como miembros de la comunidad honoraria que compartió el sufrimiento de Kemal. Con el corazón literario roto por haber dejado mi libro en casa, compro mi ingreso. La magia vuelve después de entrar, cuando me traslado a la realidad dolorosa de un amante abandonado. Junto a la puerta, expuestos en la pared uno sobre otro, están los restos de todos los cigarrillos que tocaron los labios de Fusun y que Kemal coleccionó sin que ella lo notara.

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La historia que cuentan los cuatro pisos del Museo de la Inocencia está hilada por el romance de la novela. En los tres primeros niveles, empotradas en las paredes, una tras otras y una sobre otra, se acumulan decenas de cajas de madera. Se extienden a lo largo y ancho llenando todos los rincones de las habitaciones, con pequeñas luces iluminando sus contenidos. Cada caja exhibe objetos distintos. Fotografías en blanco y negro, recortes de periódicos, encendedores, peines, colonias. Todos son fragmentos de una vida que cualquier ciudadano turco pudo tener en el Estambul de hace cuarenta años. La primera caja muestra el pendiente de mariposa que Fusun perdió en su primera noche con Kemal, bajo la leyenda: “Los momentos más felices de mi vida”.

Más allá de contar el amor de dos personajes ficticios, el museo, como la novela, narra la vida de la sociedad turca después de la modernización de Atatürk, el héroe nacional de Turquía más visible del siglo veinte. Tras reformar el país desde la política, recibió el título de “Padre de todos los turcos”. Sus hazañas están los museos oficiales del Estado, aquí están las historias pequeñas. En lugar de hablar de los grandes imperios, de los grandes hombres que construyeron países, Pamuk cuenta el romance de dos personas comunes, por las que nadie nombraría un aeropuerto, ni erigiría un monumento. Este no es un gran museo nacional, como el Louvre o el Hermitage, que presentan la historia de la nación como más importante que la historia de los individuos. Aquí están las historias que mejor exhiben la profundidad humana.

Historias de desigualdad, de discriminación, de riqueza, de alegrías, de rencores, de intentos fallidos, de victorias, de tradiciones, de rebeldía, de aprendizaje, de engaños, de libertad. Relatos reales que quizás nunca ocurrieron. Como el del emprendedor turco que introdujo las bebidas gaseosas a Turquía, y que luego sucumbió ante la llegada del capitalismo y de Coca-Cola. O el del empresario que anunció su compromiso en el hotel más europeizado de Estambul, para después dejar a su prometida por su prima. O el del hombre que nunca se atrevió a abandonar a su esposa para seguir a su amante. También hay historias no contadas: espacios vacíos en las paredes, cuyos huecos negros interrumpen la narrativa para recordarnos la fragilidad de la memoria con la que construimos el pasado.

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Si una línea conectara todas las instancias del museo, el resultado sería la crónica del dolor de un hombre, el testimonio de su vida triste. El reto está en ignorar el todo y encontrar la felicidad en las piezas individuales. Imaginar, con la ternura de quien ama, cómo los recuerdos se transforman en emociones cuando son disparados desde los matices del exterior. El Museo de la Inocencia está hecho para quienes creen que mirando objetos podemos ver nuestras memorias como si fueran una película.

Cada caja de la colección cuenta una pequeña historia con la que imagino la vida en un Estambul anclado en el tiempo. Miro el presente como si pudiera recordar el pasado de la ciudad. Veo el tiempo convertirse en espacio. Y la ficción hacerse realidad. En el último piso, a diferencia de los demás, no hay cajas. Es una recreación de la habitación en la que Kemal pasó sus últimos días, después de perder a Fusun. La línea que divide  lo real de lo ficticio se difumina por la armonía con la que aparece frente a mí un escenario sacado de la novela. Aunque no está ahí, veo a Kemal acostado en su cama de sábanas amarillas, pronunciando sus últimas palabras, las que anuncian el fin de la visita y el regreso del mismo nudo que se formó en mi garganta cuando leí, hace cuatro años, las líneas que terminan su historia: “Deja que todos sepan que tuve una vida feliz.”

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Fotos: Cortesía Masumiyet Vakfı ve Refik Anadol – Innocence Foundation and Refik Anadol

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En Estambul, un proyecto del Nobel de Literatura Orhan Pamuk permite a sus lectores caminar por una de sus novelas más famosas

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