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No nos engañemos: el Papa no es solo un pastor de almas, sino un político. Lo es por definición —ejerce la jefatura del Estado más pequeño del mundo—y lo es por maniobra —durante siglos, desde el Vaticano se han tirado y soltado hilos geopolíticos—. Francisco ha llegado al Ecuador el domingo cinco de julio de 2015 y nos lo ha recordado de inmediato: su discurso de llegada ha sido una delicada muestra de cálculo político.  “Le agradezco su consonancia con mi pensamiento” —le dijo al presidente Correa. Después, recurrió al Evangelio, diciendo que en él están “las claves que nos permitan afrontar los desafíos actuales, valorando las diferencias, fomentando el diálogo y la participación sin exclusiones” —dijo el Papa en el aeropuerto de Tababela— “para que los logros en progreso y desarrollo que se están consiguiendo garanticen un futuro mejor para todos”. Ha sido un empate papal, que alcanza a contentar a opositores y gobiernistas, y que me recordó una frase bíblica: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” dice el  Apocalipsis. El Ecuador necesita que Francisco deje la tibieza y hable con claridad  sobre tres temas fundamentales para nuestra democracia: libertad de expresión, alternancia y responsabilidad ciudadana.

El Papa no está sordo. De seguro habrá escuchado en su Papamóvil el grito que vino detrás de él, de camino a la Nunciatura Apostólica de Quito:

Yo no podría estar de acuerdo con que el presidente Correa no termine su mandato, pero a veces pienso que ese grito no es un pedido de derrocamiento, sino una muestra de frustración. Después de todo, el gobierno correísta ha copado todas las válvulas que la democracia tiene para liberar tensión: la participación ciudadana ha sido sistemáticamente cooptada en ese simulacro que es el Consejo de Participación Ciudadana, la Corte Constitucional y el Consejo Nacional Electoral han rechazado las iniciativas de consulta popular, la Superintendencia de Información y Comunicación impone titulares y noticias a los medios. Así que no quedaba más que la calle. Pero ni siquiera ahí pudo el gobierno ecuatoriano reflexionar: los manifestantes no solo fueron acusados de golpistas, sino de estar bajo los efectos del alcohol y otras sustancias. Así es muy difícil construir ese “futuro mejor para todos” que el papa Francisco quiere.

Por eso, los gritos al paso de la caravana papal son un ruego. Son un gesto de mala educación justificada para que Francisco interceda por los valores que el Ecuador necesita colocar en el centro del debate en que se encuentra —y que el presidente Correa ha querido poner en hold hasta que él se vaya—: los ecuatorianos saben que a pocas personas va a escuchar el presidente Correa. Una de esas es el Papa.

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Por eso el mensaje de Francisco para el Ecuador debe ser contundente. No podemos prosperar solo en lo material —como el Papa ha reconocido en su saluda inicial—, sino que precisamos una sociedad asentada en valores democráticos sólidos, donde nadie sea indispensable. Hace unos días, el Papa se los decía a sus feligreses en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano: “Esta tentación hace que sea ‘eterna’ la posición de aquellos que se consideran insustituibles, posición que parece que siempre tiene alguna forma de poder o de sobresalir por encima de los otros” . Hablaba sobre la necesidad de poner límites a los cargos en la iglesia,  pero es una idea que se aplica perfectamente para los gobiernos. Nada bueno hay en perpetuarse en los cargos. Si Francisco no se lo recuerda al Presidente, los ecuatorianos perderemos uno de los mejores interlocutores para que Correa entienda que no es golpismo, ni odio, sino sanidad democrática.

El Papa ha dicho que la libertad de expresión tiene límites. Y es verdad: ningún derecho es absoluto —hay que ser muy ciego para pensar que sí— pero el problema radica, como siempre, en los matices:  ¿cómo se marca ese límite? ¿Con un ente estatal dedicado a diagramar rectificaciones e imponer titulares a los medios? No parece que a eso se refería el Papa cuando decía: “En cuanto a la libertad de expresión: cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común.” Para él, el límite era el insulto a las religiones “No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás”, y justificaba —totalmente fuera de lugar— que él le diese un puñetazo a quien insultara a su madre. ¿Estará el papa Francisco de acuerdo con los puñetazos institucionales con que el gobierno del Ecuador golpea a los medios mercantiles de su país? ¿Creerá el Papa que la pobrísima calidad de los medios tradicionales del Ecuador valga esos golpes? Francisco debe decirnos qué piensa él: ¿se va a elevar el nivel de la prensa a punta de multas, como se supone que lo va a lograr el gobierno del Ecuador? El camino a la construcción del progreso que incluya a todos —como dijo el domingo 5 de julio de 2015— el Papa no va a lograrse multando e imponiendo recuadros y diagramas a los medios, sino a través del diálogo genuino, sin imposturas, exclusiones o poses, de ningún bando.

Después de recordarles a los gobernantes sus obligaciones con la democracia, el Papa deberá volverse a la gente que lo escucha. Hace demasiado tiempo, en el Ecuador la democracia se construye por goteo: no es una edificación colectiva, sino que se piensa como un camino de una sola vía: los ciudadanos estamos acostumbrados a exigir pero nunca a obligarnos. Queremos que fracasen los políticos que nos caen mal, y que triunfen los que nos simpatizan. En realidad, parecería que no nos importa si en Ecuador hay democracia o no, sino si quien ejerce el autoritarismo me cae bien o mal. En ese sentido, Francisco debe recordarnos el doble filo del ejercicio del poder —y la ciudadanía— por la fuerza: el cambio es permanente, y más temprano que tarde, la guadaña que hoy blande mi amigo estará en poder de mis adversarios. Entonces, todo lo que tendremos en el poder será una versión contemporánea de Pilatos: funcionarios públicos lavándose las manos ante las injusticias.

Nada más al bajarse del avión, la fuerza del viento ecuatoriano le voló el solideo al papa Francisco. Parecía una metáfora: el pontífice se quita ese gorrito blanco, como de niño, “solo ante Dios” —esa es la etimología de la palabra—. Ese es el país al que el Papa ha llegado: uno donde las cosas funcionan a las bravas. Francisco debe entender que sus pocos días en este país serán una de los pocos momentos en que la gente estará más dispuesta a escuchar que a insultar, a callar que a descalificar, a reflexionar que a acusar.

Bajada

Si el Papa insiste en la corrección política, su visita no servirá para nada.