Había una sola manera de superar el equipo que Argentina había sido en el primer tiempo, y era, sencillamente, ser todos los equipos a la vez. Y la pretenciosa selección de Martino lo logró: pudo haber goleado y le empataron, lo pelotearon y peloteó, Samudio le regaló sus dos goles y casi grita el 2-2, arrasó con cinco atacantes y finalizó con Tevez al lado del cinco, se defendió moviendo la pelota y después no la pudo agarrar, impulsó que los redactores se imaginaran títulos con la reencarnación de Brasil 70 y ahora tenemos que escribir que el líder del Grupo B es Uruguay. A la Argentina supersónica le ha empatado un argentino lento, ancho y con espalda de caparazón: Ortigoza se la sirvió a Haedo Valdez a la espalda de Mascherano en el 2-1, Ortigoza la pinchó para que Silva se la bajara a Barrios en el 2-2. En el silencio de Buenos Aires ha retumbado una risa. La lejana risa de Ramón.

El subcampeón del mundo ha sido un animal mitológico. Durante media hora del primer tiempo apostó a la tenencia española, la presión alemana y la velocidad nacional. Apostó y le salió, porque la pelota le volvió siempre rápido a Paraguay, porque Banega se corrió a la banda izquierda para encontrar el pase de salida, porque el primer ole se lo ganó Romero tocando desde el fondo y porque a las jugadas había que verlas dos veces para saber quién había tocado, por dónde habían pasado, cómo, cuándo, por qué: la genialidad de los Supersónicos necesita de la repetición. Messi movía a la defensa del equipo de Ramón Díaz con cambios de frente de 35 metros para Di María, que la bajaba como si estuviera grabando una publicidad. Pastore era el frontón en el que rebotaban los pases para que los delanteros pudieran salir y asaltar el área de Silva. Algunos relatores intuían que la única estrategia de Paraguay era, hasta entonces, que el último deseo fuera bueno, uno de los buenos. Argentina era tan voraz que en un momento Agüero quedó tirado en el círculo central por un foul y Messi le pasó por al lado con la pelota, la velocidad, el pitido y el flequillo azul del Correcaminos. Y finalmente estuvo la goleada, una goleada que ha existido en otro mundo y otra ciudad: Messi jugó una pared con Pastore y le quemó las manos a Silva, Pastore chutó cruzado y Silva desactivó otra vez, Di María tiró un buscapié al que Messi no llegó. Después de todo eso -recién después de todo eso- vino el abrazo de Ortigoza con Ramón.

Antes de este debut, Martino dijo en la conferencia de prensa que mientras el periodismo analizaría los resultados, él y su cuerpo técnico revisarían cómo se jugó. Gkillcity comete la osadía de intentar las dos cosas a la vez: a la Argentina le empataron porque no hizo lo que había hecho en el primer tiempo -robar arriba, cortar el primer pase de Paraguay- y porque confió tanto en sus colmillos y su voracidad que creyó que no había que hipnotizar al rival moviendo la pelota, para qué, si el gol ya va a caer. Pero el gol no cayó, y fue tan grande el remolino (cuando los equipos se fracturan no hay otro camino que el partidazo que se generó) que el relator de la televisión pública argentina gritó que se venía Tevez, Tevez, ahí va Tevez, cuando el que la llevaba era Messi, y Tevez no había entrado aún.

El animal mitológico que ha elegido ser el equipo de Martino tendrá que decidir el martes, ante Uruguay, si homenajeará a la primera Argentina de Sabella otra vez: una selección callejera, una selección que ataca y le atacan y está tan partida y tira tantas piñas con los ojos cerrados que alguna, siempre, se va a comer. El martes, ante Uruguay, los redactores tendremos otra chance de exagerar con los títulos que hemos guardado: Brasil 70, la reencarnación.

 

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Bajada

Argentina la tiene como España, presiona como Alemania, empata como Paraguay.