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En el Ecuador, una herencia superior a 68.880 dólares no causaba impuesto. Al menos hasta fines de mayo del 2015. Durante su discurso de rendición de cuentas del 24 de mayo, el presidente Rafael Correa anunció que la base imponible de ese tributo se reduciría casi a la mitad: cien salarios básicos unificados. De aprobarse, cualquier herencia que superase los 35,4000 dólares pagaría el tributo. El líder del partido político CREO, Guillermo Lasso, dijo que este cambio podría causar que los herederos deban “perder la casa heredada para pagar el impuesto”. Su comentario fue exagerado para muchos, sin embargo, lamentablemente sí es posible que eso ocurra. Esta reducción de la base imponible del impuesto a las herencias afectaría a los más pobres, y en especial a la clase media, y podría llevar a casos preocupantes como el ejemplificado por Lasso, y uno que mostraré a continuación.

Supongamos que Juan es un agricultor que produce lechugas en Pichincha en un terreno donde también tiene una casa humilde. Ahí vive con su único hijo Pepito, de dieciocho años, quien no pudo ir a la universidad porque no obtuvo el puntaje necesario para estudiar lo que quería. Juntos cultivan la tierra que Juan heredó de su padre: un terreno ubicado camino a Puembo -cerca del nuevo aeropuerto de Quito, en Tababela- de 5.000 metros cuadrados, donde no tiene todos los servicios básicos. Juan muere en un accidente de tránsito y Pepito debe pagar impuestos para poder heredar el terreno -con casa- que fue de su padre. Se acerca al Municipio, y descubre que el metro de terreno en esa zona puede costar entre 100 y 120 dólares, sin contar la casa que, al ser de vivienda popular, se estima en 50.000 dólares. Pepito queda feliz por el valor que podrá heredar. Sin embargo, cuando empieza el trámite de las escrituras, le piden el Formulario del Impuesto a las Herencias, legados y donaciones, que no ha pagado aún. Como Pepito solo salía a la ciudad al Mercado Mayorista a vender lechugas, no había oído hablar de este impuesto.

Si calculamos el tributo asumiendo que se ha aprobado la nueva tabla propuesta por el presidente Correa, la tasa imponible bajaría a 100 Salarios Básicos Unificados, así la fracción exenta ya no sería 68.880 sino 35.400 dólares, y en consecuencia se producirían sustanciales cambios en todos los rangos de la tabla.  Según se ha expuesto en la sabatina del 30 de mayo de 2015, la nueva tabla sería la siguiente: 

Herencias Tabla

En el caso de Pepito, su herencia tributaría por un monto de 550.000 dólares  a pesar de ser únicamente en bienes. El cálculo sería el siguiente:

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-Del valor que heredaría Pepito, (USD 550.000) restamos la fracción básica exenta (USD 35.400), y obtenemos 514.600 dólares.

-Ubicamos este valor en la tabla en el quinto rango que paga un 32,5% de Impuesto. Restamos el «piso» del rango, es decir, USD 283.200 que es la fracción básica, y obtenemos el excedente, que sería de $231.400.

-Sobre este valor gravamos el Porcentaje del rango (32,5%), obteniendo un valor de $75.205. Y a este valor hay que sumarle el Impuesto a la Fracción Básica, que según la tabla expuesta en la sabatina, para este rango correspondería a $30.975. Así, el impuesto que causa la herencia de Pepito es de $106.180.

Existe una disposición que dice que en caso de ser primer grado de consanguinidad, esto se reduce a la mitad, por lo que  le tocaría pagar $53.090 por impuesto a la herencia, asumiendo que no se elimine esta disposición en la reforma. 

Para Pepito, esto significaría vender aproximadamente 106.180 lechugas a $0,50 centavos de dólar cada una (he tomado el precio referencial de supermercado, si tomamos el precio al productor, serán más lechugas indudablemente). Como es un agricultor tradicional, no cuenta con la liquidez necesaria para pagar esos valores en efectivo.

Este es precisamente el escenario que advirtió Lasso: el impuesto a la herencia no considera debidamente el problema de la iliquidez, ni en la tabla actual, ni en la propuesta por el Presidente. En el ejemplo, la herencia que recibirá Pepito no es líquida -no recibe un centavo en efectivo sino solamente bienes-, en cambio, el pago del impuesto sí es en efectivo. En el sector agrícola está práctica es tan común que la sabiduría popular ha acuñado el refrán “el hacendado vive pobre pero muere rico”. Sin embargo la legislación no siempre lo contempla.

Frente al problema de liquidez, Pepito, tendría tres opciones: 1) Vender el terreno y casa en un valor igual o superior a 550.000 dólares; 2) Endeudarse para pagar el impuesto, probablemente colateralizando el terreno ya que no posee otro respaldo; o 3) Utilizar todo el dinero que pueda obtener de su venta de lechugas para pagar el impuesto, pero, incluso en el improbable evento de que lo consiga, se quedaría sin ningún ingreso para mantenerse, ni para realizar una nueva siembra, por lo que volvería a la dicotomía de vender o endeudarse. Si bien es probable que un banco le preste este valor debido al respaldo del terreno, el problema se presentaría con la población no bancarizada que supera el 45% de la población (en el 2013 era del 48%). Le quedaría también la opción de no pagar, esperar a que le inicien una coactiva, y “dimitir bienes” para pagar el impuesto, que es como a entregarle al Estado el terreno para que lo remate y venda. 

Algunos tuiteros me han hecho notar que con valores menores, el desenlace de Pepito sería diferente. Y es verdad, ningún desenlace es inevitable en un análisis hipotético como este. Asimismo, si Juan hubiese tenido más hijos, el impuesto hubiera bajado sustancialmente. Sin embargo, problemas como este son frecuentes en la práctica, especialmente en ciudades como Cuenca o Quito, donde la frontera urbana se ha expandido rápidamente y tierras que eran consideradas campo hace poco, son zonas urbanas de alto valor, por ejemplo las parroquias Turi en Cuenca, y Tumbaco en Quito. Existen casos de agricultores que desconocen de estos valores por estar lejos del mundo inmobiliario, o que simplemente se niegan a vender sus tierras hasta su muerte por apego, dejando a sus herederos con el problema de iliquidez mostrado en el ejemplo. 

Como lo demostré, y dejando de lado el debate ético económico sobre la legitimidad de este tipo de impuesto,  es previsible que tendría consecuencias poco predecibles al aplicarlas a casos concretos. Si elevamos el valor del ejemplo, el problema aumenta aún más. De la misma manera, si complicamos el ejemplo analizando una herencia en la que se reciban acciones de una compañía, podría darse el caso de que los herederos deban descapitalizarla o liquidarla para poder pagar el tributo, eliminando así fuentes de empleo. De igual manera, el umbral de cien salarios básicos unificados es sumamente bajo, si consideramos que, por ejemplo, una vivienda popular en Mucho Lote 2, en Guayaquil, va desde 39.000 hasta 54.000 dólares. Es correcto decir que la tasa del 77,5% no es efectiva sino marginal, sin embargo, no deja de ser sumamente elevada -al parecer, sería la tasa más alta del mundo-, y podría causar desincentivos al ahorro y la inversión. 

Parece lógico afirmar que “paguen más los que tienen más”, pero en realidad, para los proyectos más innovadores, de mayor escala, de mayor riesgo o a más largo plazo, se requieren de este tipo de capitales, que generan fuentes de empleo permanentes, y que, frente a un impuesto de esta magnitud, pensarán dos veces antes de invertirse en Ecuador.

Los más afectados por este tipo de impuesto son los integrantes de la clase media. Los pobres, en la mayoría de casos, estarían dentro de los rangos de menor imposición, mientras los ricos pueden planificar sus herencias, donar en vida, constituir fideicomisos, compañías, hacer donaciones, constituir patrimonio familiar, y demás elementos de planificación tributaria cuyos costos no asume la clase media. O, en el peor de los casos, los ricos pueden tomar sus recursos y llevarlos a otros países más amables con los inversores, ¡en vida!. Al final, somos las personas quienes tenemos afecto por el país donde nacimos, en cambio los capitales se pueden ir con un click al país vecino.

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Es lógico pensar que ningún inversor dejaría su dinero en un país donde podría llegar a pagar 77% de impuesto antes de pasar a sus hijos. Un impuesto a las herencias elimina el incentivo más grande que tiene un padre para dedicar su vida a trabajar: dejar el fruto de su esfuerzo y un mejor futuro a sus hijos. Lamentablemente, con altos impuestos a las herencias, los recursos que generan trabajo se van en vida, lejos del Ecuador. Desde un punto de vista ético, ¿quién si no los hijos tiene derecho a heredar el fruto del esfuerzo de una vida entera de trabajo? Al parecer nadie, al menos, el Estado no. 

Bajada

O por qué reducir la base imponible de este tributo es un error

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