La vida de los otros

El cyborg en que nos convertimos

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Neil Harbisson parece un pez abisal: la antena que le sale de la  nuca cuelga como una caña frente a sus ojos. Neil es acromatópsico: sólo puede ver en escala de grises. Neil, además, es artista y su prótesis le permite escuchar colores. Es la primera persona reconocida por un gobierno —el Reino Unido— como un cyborg:

– Yo no uso tecnología, soy tecnología.

Su antena –el eyeborg– siempre está encendida. Es, en realidad, un fotoreceptor que transforma las señales de color a vibraciones. Eso es lo que le permite escuchar colores, hasta las gamas infrarroja y ultravioleta, imperceptibles al ojo humano. Dada la condición digital de Neil, puede recibir señales del espacio exterior con la misma comodidad con que tú lees este texto.

Lo que podría ser visto como una bendición por unos, a otros les resulta intimidante. En 2012, su “eyeborg” fue gravemente dañado cuando la policía pensó que estaba siendo grabada por el fotorreceptor. Neil decidió crear, junto a la coreógrafa y activista Moon Ribas, la Cyborg Foundation para –además de promover la faceta artística de los cyborgs– defender los cyborg-derechos y ayudar a los seres humanos a extender sus sentidos: “Todos somos discapacitados cuando comparamos nuestros sentidos con otras especies animales”. Neil espera que la fundación ayude a la gente a aceptar a los cyborgs de la misma forma en que su nueva capacidad le ha ayudado a aumentar su empatía por otras especies.

Lo que antes estaba reservado para las historietas futuristas es la cotidianidad de cada vez más personas: Piernas de fibra de carbono, dispositivos que permiten ver rayos infrarrojos, imanes en los dedos que ayudan a sentir el funcionamiento de un microondas, una laptop o un micrófono –cada uno como una textura diferente– son ejemplos reales de lo que hoy puede hacer un humano cyborg. Pero quizá su “poder” más importante consista en cuestionar la esencia de lo que significa ser humano.

Por ahora, si alguien quiere tener un nuevo sentido implantado o una nueva parte de cuerpo, tiene que hacerlo a escondidas. Será casi imposible encontrar un hospital o un médico dispuesto a explorar este campo. “Lo que está sucediendo actualmente es muy similar a lo que ocurría en los años cincuenta con las operaciones de cambio de sexo”, explica Neil. Entonces, se creía que las operaciones de cambio de sexo eran innecesarias y poco éticas. 

Esos prejuicios terminarán porque la verdad es que todos nos estamos convirtiendo en cyborgs. No necesitamos implantarnos cosas, no hace falta: nos extendemos mediante el uso de tecnología. John Roberts, el actual Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos declaró en junio de 2014, en el caso Riley vs. California, que los teléfonos celulares modernos son una parte tan penetrante y constante de la vida cotidiana que “un visitante de Marte podría concluir que son una característica importante de la anatomía humana”. Usamos dispositivos que siguen nuestros pasos y registran nuestros latidos, nuestros teléfonos no se incrustan en nuestras manos, pero nuestra relación con ellos no podría ser más adictiva, ¿existe acaso alguna diferencia entre rastrear tu teléfono y rastrearte a ti?

Los humanos tienen derechos en base a los que retienen cierto control sobre su cuerpo, las máquinas –en cambio– son esclavas de amos inciertos. Pero ¿quién sería Stephen Hawkings sin la tecnología que lo asiste? Su normalidad está íntimamente ligada a la tecnología que usa, su derecho a expresarse, nuestro derecho a aprender de su ciencia no existirían sin esas piezas de hardware y software. Dudamos cuando se trata de proteger –con nuestros derechos– a la tecnología que nos extiende. Tal vez nos resulte un concepto extraño, o porque nos cueste ver a las máquinas como parte de nosotros, pero al hacerlo estamos entrando en un terreno muy peligroso.

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A medida que nos transformamos en seres cibernéticos, somos también hackeables. Edward Snowden –quien desnudó a los sistemas de espionaje de Estados Unidos– describió en una entrevista con Brian Williams cuánto le atemorizaba el poder que tenía cuando trabajaba para la Agencia de Seguridad Nacional: no solo podían ver a las comunicaciones finales, sino todo el proceso mismo de elaboración de los borradores de los correos electrónicos de la gente a la que supervigilaban. “Cómo escribían oraciones, borraban sus errores, cambiaban sus palabras y pausaban por un momento para pensar lo que realmente querían decir, y luego volverlo a cambiar”, dijo. No era solo un proceso de obtener información, sino —según Snowden— descifrar algo mucho más complejo, valioso y perverso: “La forma en la que piensas”.

No sólo los gobiernos tienen acceso –legal o no– a lo que podríamos enmarcar como nuestros órganos computarizados inalámbricos. El cardiólogo del exvicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, ordenó deshabilitar la conectividad inalámbrica del marcapasos de su paciente –aparentemente para prevenir un intento de hackeo. En Europa, existe una preocupación cada vez mayor debido a la recopilación de datos que empresas como Facebook realizan, incluso cuando uno no usa el servicio. Facebook sabe que vas a iniciar una relación romántica antes que tú.

A las empresas les interesa que seamos hackeables. Cada nueva innovación de Google es una respuesta a la pregunta “¿cómo hacer que la extracción de información de los usuarios parezca más genial?”. Piensa por un momento en ello. Si has usado su red social, ya te ha sugerido añadir información de tus amigos que no compartirás con nadie, excepto con Google. LinkedIn, Twitter, SnapChat, Whatsapp, Instagram, todos te ofrecen servicios gratis al tiempo que comercializan con tu información, con tu yo digital. Con la parte cyborg que hay en ti.

En el pasado, vender el cuerpo de las personas era un negocio muy lucrativo. Le llamábamos “esclavitud”, y hoy nos incomoda hablar de ello. Pero tal vez es tiempo de preguntarnos ¿qué nombre le ponemos al negocio de vender –salvo por el cuerpo– todo aquello que conforma la esencia de una persona?

Los cyborg-derechos son nuestra defensa para el futuro inmediato. Nos ayudarán a asegurar la integridad de aquellas personas que dependen de máquinas para vivir plenamente, pero también cambiarán el concepto del trato que se le da a nuestro ser digital, a la información que reposa en nuestras máquinas y que diferencia a nuestro teléfono del resto: la parte humana de esa máquina.

Bajada

¿Cuál es la parte humana de nuestros teléfonos?

Andrés Delgado
(Ecuador, 1986). Máster en Políticas Públicas y Asuntos Globales por la Universidad de British Columbia. Aprendiz de escritor.