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En el 2002, Omar Khadr fue rescatado debajo de los escombros luego de un tiroteo entre soldados estadounidenses y militantes de Al-Qaeda, en Afganistán. El chico de quince años, militante del grupo terrorista, fue baleado en su espalda y, malherido, pidió a los soldados que le disparasen una vez más para finalizar su dolor. Los estadounidenses lo dejaron vivir y, aunque Omar tuvo severas lesiones que lo dejaron casi paralizado, su verdadero sufrimiento comenzó ese día: fue prisionero de Guantánamo por una década.

Su historia se conoció un año después, en el 2003. Los medios reportaron la escandalosa noticia: un ciudadano canadiense, Ahmed Khadr, fue colaborador de Osama Bin Laden, y lo mataron en una zona montañosa de Afganistán. Omar, uno de los seis hijos de Ahmed, fue herido gravemente en batalla y estaba detenido por el ejército estadounidense por haber asesinado a un soldado. Cuando el caso se hizo público, la mamá y hermana de Omar -quien seguía detenido-, dieron entrevistas a medios donde justificaron los ataques del 11 de septiembre del 2001 a las Torres Gemelas, en Estados Unidos, y dijeron que criar hijos en Canadá los hacía débiles y propensos a la drogadicción.

El rechazo a estas declaraciones fue inmediato. Algunos políticos conservadores comenzaron una campaña para quitar la ciudadanía a la familia de Omar y negarles los servicios básicos como el acceso al sistema médico. Su argumento fue: si es una familia que apoya abiertamente al terrorismo y no comparte los valores canadienses como la pluralidad, entonces ¿cómo podemos dejarlos vivir en nuestro país y beneficiarse de nuestra prosperidad? Históricamente, Canadá ha sido un país que se premia por ser inclusivo: el 20% de su población ha nacido en otro país. El filósofo canadiense Marshall McLuhan dijo: “Canadá es el único país en el mundo que sabe vivir sin una identidad”. Ahí no importa qué idioma hables, qué religión sigas o qué creencias tengas, mientras respetes las instituciones y las prácticas culturales de los demás, eres canadiense. Lo único que necesitas para entrar es un pasaporte.

La situación de Omar también despertó reacciones de apoyo. El gobernador de la provincia donde vive su familia dijo: “Un canadiense es un canadiense sin importar sus creencias, y el pasaporte no es algo que podemos quitarle a alguien para satisfacer las iras de políticos o de las masas”. Recalcó que al menos que ellos renuncien su ciudadanía, seguirán siendo canadienses, y beneficiándose de los mismos servicios que vienen por tener el pasaporte.

Mientras los medios de Canadá difundían las distintas partes de la historia, Omar comenzaba el primero de sus trece años de tortura bajo la custodia del gobierno estadounidense. Luego de recibir tratamiento para las distintas heridas que sufrió en el ataque en Afganistán, fue transferido a Guantánamo Bay, la cárcel en el sur de Cuba establecida para detener militares de Al-Qaeda fuera del alcance de la ley estadounidense e internacional. Ahí los guardias empezaron un proceso de torturas físicas y mentales para obtener información sobre las operaciones de Al-Qaeda. Mientras que el gobierno estadounidense afirmaba que Omar había sido entrenado para apoyar a Al-Qaeda, reportes de otras fuentes indican que en los campos del grupo terrorista, Omar era un malcriado que prefería los videojuegos sobre el Corán o la preparación para el yihad (guerra santa). Omar era un típico niño canadiense de quince años.

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Durante sus diez años en Guantánamo, Omar fue torturado de forma regular: recibió palizas, confinamiento solitario durante períodos extensivos, y negado todo contacto con su familia. Cinco años después pudo hablar por teléfono con su madre.  En 2005 hizo huelga de hambre durante quince días hasta que empezó a escupir sangre, y le dieron de comer a la fuerza.

Omar se convirtió en el primer niño-soldado procesado en una corte desde la Segunda Guerra Mundial. Tuvo dos juicios en un tribunal militar americano donde los abogados de defensa no pueden acceder a la evidencia usada en contra del alegado para poder proteger “la seguridad nacional.” A pesar de que Omar dijo no acordarse de qué ocurrió el  día de su captura, admitió haber lanzado una granada y se declaró culpable, para intentar su repatriación a una cárcel canadiense. Mientras los juicios transcurrían en Guantánamo, las cortes canadienses, incluyendo la Corte Suprema, declaró culpable al gobierno canadiense por haberle negado servicios consulares al joven y por no haber insistido en sus derechos civiles y sus derechos bajo la Ley internacional como niño-soldado. Por la presión de las cortes, el gobierno conservador canadiense, empezó el proceso de llevar a Omar a su país natal. En septiembre de 2012, casi once años después de su captura, Omar Khadr pisó tierra canadiense. La primera semana de mayo del 2015, Omar Khadr -de 28 años- fue puesto en libertad condicional.

Cuando salió de la cárcel, dio una entrevista a los medios en la que, por primera vez, pudo ser escuchado por los canadienses. En ese primer contacto con sus paisanos, pidió perdón por sus actos, agradeció a los canadienses por haberle dado otra oportunidad, insistió en que ha cambiado: renunció al islamismo radical. Por su timidez y sencillez, es difícil creer que Omar -un joven sonriente- sea un terrorista que esconde su identidad real. Ante los comentarios del Primer ministro Harper, quien apoyaba que Omar siga en la cárcel, el joven contestó: “Lo voy a decepcionar, ya que soy mejor que la persona que él asume que soy.”

Durante las largas horas que pasó en confinamiento solitario, la opinión pública con respecto a él también cambió. El horror provocado por las creencias de su familia se transformó en rabia por la encarcelación ilegal de un ciudadano canadiense en manos de su país vecino y rival: los Estados Unidos. Ese cambio de opinión y percepción frente al tema fue indiscutible el día que Omar fue puesto en libertad. En la entrevista, dijo que fue evidente cómo los guardias en la corte hicieron un esfuerzo extra para tratarlo bien. En otra entrevista, la esposa del abogado de Omar dijo que los vecinos del joven fueron a ofrecer su apoyo y desearle lo mejor en su re-integración en la sociedad canadiense.

Las condiciones de su libertad todavía no le dejan vivir una vida normal. Tiene que hospedarse en la casa de su abogado, casi 4,000 kilómetros de distancia de donde está su mamá y sus otros tres hermanos (la mayor de sus hermanas ya dejó Canadá). Puede hablar con su madre por Skype pero solamente en inglés y siempre con su abogado presente. Omar aspira terminar los estudios universitarios que comenzó en la cárcel canadiense. Seguro algún día escribirá un best seller en el que relate su historia que comenzó ese día catastrófico cuando cayó víctima de las malas decisiones de su padre y la geopolítica de la época Post 9/11.

Después de diez años de pensar en la familia Khadr, he llegado a una conclusión: ciertos valores, como la ciudadanía, deben triunfar sobre otros valores, como el deseo de castigar crímenes de pensamiento. En momentos de crisis cuando el miedo se difunde en una sociedad como gas tóxico, es fácil caer en viejos hábitos de identificar traidores y perseguirlos por tener ideas peligrosas. A pesar de las amenazas reales y percibidas, las instituciones de un país deben seguir funcionando sin ser manipuladas por el miedo del público. Esa es la única manera de asegurar que el país, la democracia, y los derechos individuales se mantengan intactos después de que pase el escándalo y temor.

Omar Khadr fue víctima de muchos, incluyendo su papá, pero más que todo fue víctima de ser catalogado como “terrorista” hasta que las cortes canadienses lo identificaron por lo que era: un niño-soldado cuyos derechos están protegidos bajo varias convenciones y tratados internacionales. La institucionalidad, al final, es algo que no podemos dejar de construir, ya que puede ser lo único que nos salve de nosotros mismos cuando las circunstancias desesperadas nos llevan a tomar acciones desesperadas.  

 

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