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García Márquez dijo que escribir era el oficio más solitario del mundo. “En el trabajo literario uno siempre está solo. Como un náufrago en medio del mar”, fue una de sus respuestas al periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza en una serie de conversaciones publicadas en 1982 bajo el nombre de El Olor de la Guayaba. Recordé esta frase el día en que –muchos años después de haberla leído por primera vez– me topé con ese libro mientras buceaba en la biblioteca de mi papá. En esa entrevista prolongada, el Nobel colombiano hace apuntes interesantes sobre el masoquismo que es —que debe ser— la carpintería de escribir.

Con el tiempo, la literatura se vuelve un tormento. “Lo que ocurre es que va aumentando el sentido de la responsabilidad” —le dice el hijo mayor del telegrafista de Aracataca a su amigo Apuleyo Mendoza— “Uno tiene la impresión de que cada letra que escribe tiene ahora una resonancia mayor, que se afecta a mucha más gente”. Noel—el Gallagher de las letras de Oasis— respondió algo parecido en una entrevista de 1995: “Cuando estaba escribiendo Definitely Maybe, no teníamos un contrato con una disquera: solo escribía, sin nada en la cabeza. Pero ahora, me pregunto qué leerá esa gente con brackets”. Se haga ficción o no, este oficio es más un suplicio —o, al menos, un gesto de seriedad—, que una manifestación de desafuero adolescente.

La primera línea del libro es la más importante de todas. Cualquier que se tome esta penitencia de una manera más o menos decente, sabe que la primera oración delinea el resto del primer párrafo, que es el big bang de todo el texto: ahí está el tono, la cadencia, y hasta la extensión de lo que vendrá después. Es una enseñanza que no recordaba de García Márquez, pero que he encontrado a punta de martillazos en las manos. Los buenos editores nos lo recuerdan todos los días. “La primera frase puede ser el laboratorio para establecer muchos elementos del estilo, de la estructura y hasta de la longitud del libro”, le dice Gabo a Mendoza. Sentarse a escribir como un acto irreflexivo —sin leer, sin investigar, sin dudar, dudar y dudar— es el camino más rápido al ridículo.

Por eso, todo lo que se escribe debe ser como un iceberg. Ese no es un consejoque el autor de El amor en los tiempos del cólera tomó de Hemingway: “Un cuento” —podría decirse, cualquier texto— “debe estar sustentado en la parte que no se ve: en el estudio, la reflexión, el material reunido y no utilizado directamente en la historia”. Tomás Eloy Martínez decía  que nadie debe escribir una sola palabra de la que no estuviese totalmente seguro. Lo decía como periodista —que era su oficio principal—, pero es aplicable, también, para la literatura de ficción. La punta del iceberg termina en el papel, pero todo lo que hay debajo es lo que le da verosimilitud a nuestras historias.

El periodismo es un género literario más (y tiene recursos intercambiables con la ficción). Esa reflexión no está en El Olor de la Guayaba, sino en una columna que García Márquez publicó en El País en 1981 (recogida en Notas de Prensa 1980-1984), y que se titulaba ¿Quién cree a Janet Cooke? En ella, hablaba sobre uno de los fraudes periodísticos más grandes de la historia: Una periodista del Washington Post se ganó el premio Pulitzer con El mundo de Jimmy, un reportaje falso sobre un niño de ocho años que se inyectaba heroína con la complacencia de su madre. “En periodismo un solo dato falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos. En la ficción, en cambio, un solo dato real bien usado puede volver verídicas a las criaturas más fantásticas”, dice Gabo. Los cronistas de Indias reportaban, con tanto detalle. haber avistado animales asombrosos, que a uno le cuesta creer que no sea cierto lo que dicen. En el siglo diecisiete, Antonio de Herrera y Tordesillas, por ejemplo, daba noticia de una serpiente con pies y alas “vieron que era como culebra, y que tenía los pies como de un palmo y una forma de alas encima, y era largo como un caballo, y andaba despacio, y deste miedo no volvieron más allí” ¿Podría alguien dudar de una recuento tan minucioso? Tal vez la gran diferencia entre literatura de ficción y la de no ficción está en esa nota de prensa de 1981: “Este niño, como tantos niños de la literatura, podría no ser más que una metáfora legítima para hacer más cierta la verdad de su mundo”. En el relato periodístico, por supuesto, la existencia del pequeño Jimmy es vital. Tal vez el error de Cooke no haya sido otro que haber escogido el género equivocado.

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Hay que escribir sin hambre, ni romanticismos tontos. En una de sus últimas entrevistas, García Márquez dijo que escribía en computador Mac —no se entusiasmen, iWriters: el hábito no hace al monje—, y más de una década antes —cuando conversaba con Plinio Apuleyo Mendoza— en máquina eléctrica: “En general, creo que se escribe mejor cuando se dispone en todo sentido de condiciones confortables”. Se declaraba, además, escéptico del mito de que hay que pasar hambre y estar jodido para producir, como si esa fuese la fuente de la inspiración —un término del que también habla: “Yo no la concibo como un estado de gracia ni como un soplo divino, sino como una reconciliación con el tema a fuerza de tenacidad y dominio”. En definitiva, la inspiración no es otra cosa que dar con el cauce natural de la historia, después de buscarlo sin descanso. De borrar. De tirar a la basura. De reescribir. Y volver a reescribir.

Hay un apunte de García Márquez con el que no concuerdo del todo: él reniega de la fantasía, entendida como la antítesis de la imaginación. Para él, la primera es invención pura y simple —“a lo Walt Disney”, “la cosa más detestable que pueda haber”—, mientras que la imaginación es un instrumento de elaboración de la realidad. No me parece una sentencia feliz. Me resulta algo apresurada. Quizá un poco ajena a nuestro tiempo. Quizá tenga que ver con mi apego juvenil a los libros de The Lord of the Rings.

En lo que sí estoy de acuerdo es en que las mejores historias encuentran siempre su punto de inicio en una imagen visual de la realidad. “No hay en mis novelas” —dice en El Olor de la Guayaba— “una sola línea que no esté basada en la realidad. Cuando Apuleyo Mendoza se muestra incrédulo ante esa afirmación, Gabo se lo demuestra usando uno de sus libros de eventos más extraordinarios, Cien años de Soledad: Mauricio Babilonia viene de un electricista que solía ir a su casa de Aracataca para cambiar el contador. Cada vez que iba, su abuela se quejaba de que se metía una mariposa amarilla. La primera imagen del libro, la del coronel Aureliano Buendía conociendo el hielo como atracción de feria, nació de la fusión de dos recuerdos de García Márquez: su abuelo llevándolo a conocer un dromedario al circo y su abuelo haciéndole meter la mano en una caja de pargos congelados en el campamento de una compañía bananera.

—   ¿Y Remedios la Bella? ¿Cómo se te ocurrió enviarla al cielo?, le pregunta Plinio Apuleyo Mendoza.

La respuesta es una joyita para entender que las palabras puestas una detrás de otras son solo el gesto final de ese mucho más largo proceso intelectual que se llama escribir. “Inicialmente había previsto que despareciera cuando estaba bordando. Pero este recurso, casi cinematográfico, no me parecía aceptable”, le contesta Gabo. “Remedios se me iba a quedar por allí. Entonces se me ocurrió hacerla subir al cielo en cuerpo y alma”. Ahí revela García Márquez las dos claves que hicieron posible la asunción de Remedios la Bella: un primer anclaje en la realidad era la truculenta historia de una señora cuya nieta se había fugado con el novio en la madrugada, y que para salvar el honor familiar decidió esparcir el rumor de que se había ido al cielo. El vuelo se resolvió el día en que salió al patio de su casa, y vio a la señora que trabajaba para ellos intentando tender unas sábanas que el viento se llevaba. Estaba claro: Remedios la Bella necesitaba sábanas para subir al cielo. “Cuando volví a la máquina de escribir, Remedios la Bella subió, subió y subió sin dificultad. Y no hubo Dios que la parara”. Ni —por supuesto— lector que no lo creyera.

Bajada

¿Cómo hizo García Márquez para que todos le creamos que una muchacha subió al cielo en cuerpo y alma?