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Un terremoto ha dejado más de tres mil muertos en Nepal. Una tragedia terrible. Pero que, en 2015, cuando ha sucedido, se podía evitar. Es imposible impedir que la Tierra se mueva y cruja, pero unos científicos habían ya reportado que, de acuerdo a los patrones históricos, se repetiría en cualquier momento. No es el terremoto que ha matado a tanta gente: si un sismo de la misma intensidad hubiese sacudido Tokio, apenas cincuenta personas habrían muerto, según los cálculos de un informe de 2001 de la organización GeoHazards International. Los reportes gráficos de la devastación nepalí son sobrecogedores, y uno no atina –al principio– a nada más que a entristecerse. Pero ¿por qué el mismo cataclismo habría causado sesenta veces menos muertos si hubiese sucedido en Tokio? ¿Hay una predisposición cósmica, un favor energético, una alineación planetaria que beneficie a unos asiáticos menos que a otros? No, la respuesta es mucho más simple –y compleja– que eso, es apenas una palabra: ciencia. La ciencia que nos salva todos los días pero que en estos tiempos de superchería new age muchos desprecian.

He leído el reiterado pedido de que recemos por Nepal. Estoy de acuerdo. Todos necesitamos orar. La escritora Heather Havrilesky dice en su ensayo Like a prayer que hasta los ateos –como ella– precisamos de un sistema de creencias que no anule la necesidad de sentirnos parte de algo más grande, y que –al mismo tiempo– no interrumpa nuestra incredulidad. Juntar las manos en señal de gratitud es una marca evolutiva. Uno reza por los que ama, sin importar si el ruego tiene un destinatario o si es una mirada introspectiva. Esta es mi plegaria laica por Nepal. Esta es mi plegaria laica por la ciencia.

Es hora de que pongamos nuestra devoción en el lugar correcto. La ciencia es el único método que a lo largo de la historia de la humanidad ha salvado vidas, terminado con sequías y nos ha hecho –de forma consistente– más inteligentes y felices. No hay religión, ni teoría de conspiración, ni remedio de la abuela que tenga un grado de efectividad más alto que ese hermoso producto de la mente humana. Y, sin embargo, hoy hay gente que insiste en dudar de ella.

En Estados Unidos, por ejemplo, a alguien se le ocurrió el disparate de que las vacunas son una forma de dominación estatal. Y hay gente –inmunizada eso sí contra todo, menos contra la estupidez– que ha decidido no inocular a sus hijos recién nacidos. ¿El resultado? El sarampión, que estaba erradicado en el año 2000, ha reaparecido: ya van 160 casos reportados. Hace un par de años visité una comuna achuar, en la Amazonía ecuatoriana. Para entrar, tuve que inmunizarme contra la rabia: un brote del virus había matado a once personas. Uno de los ancianos de la comunidad me explicó que –según su conocimiento ancestral– esas muertes eran producto de un trabajo shamánico, y que estaban buscando a quienes lo habían encargado. No hubo forma de convencerlo de que la mordedura de los murciélagos infectados la causaba, y que era prevenible con las inyecciones. El papa Benedicto XVI fue a África en 2009 a decir que el SIDA no se resolvía con la distribución de preservativos. “Por el contrario, aumentan los problemas”, dijo el jefe de la Iglesia Católica. La prestigiosa revista médica inglesa The Lancet le exigió que se retractara. Y el Papa lo hizo, con tibieza, un año después. La gente que no cree en las vacunas –o que cree en que son parte de una maligna conspiración–, el viejo shamán achuar y el Papa emérito son solo ejemplos de gente que tienen puestas las esperanzas en el lugar equivocado.

Nada salva más vidas que la ciencia. Los neandertales tenían una expectativa de vida de treinta años: yo estaría muerto hace dos. En un siglo y medio –desde la época victoriana a hoy– la duración promedio de la vida pasó de cuarenta años a ochenta y cinco. Vivimos el doble que a principios del siglo veinte. Las cosas grandes y pequeñas, las sublimes y cotidianas llevan el signo de la ciencia: El submarino con el que el capitán Robert Ballard visitó –a cuatro kilómetros de profundidad y setenta y cuatro años después de que naufragara– el Titanic, el scan cerebral que te dice qué piensa tu perro de ti, el viaje del astronauta y el cosmonauta que se van a pasar un año entero en la Estación Espacial Internacional para ver qué efectos físicos causará la permanencia prolongada en el espacio (para ver cómo hacemos para colonizar Marte). Historias que deberían maravillarnos, excitarnos, conmovernos. Bendita ciencia que nos salvas todos los días.

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En Nepal, no es la naturaleza la que ha matado tanta gente. “Son los edificios los que matan gente, no los terremotos” dice el jefe del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Cambridge en este reportaje de The Telegraph. Es la falta de ciencia. Es la poca devoción –espiritual y material– que tenemos por ella. Eso debe cambiar.

Debemos volcarnos a la ciencia y tratarla como tratamos a nuestras mejores causas: la limosna que va para la iglesia, el templo, la mezquita (o lo que sea) debería ir para el proyecto científico favorito de cada uno. O al menos una parte. Según este reportaje del International Business Times, la Universidad de Georgetown ha determinado que la iglesia católica de Estados Unidos recibe un promedio de diez dólares semanales de cada uno de sus feligreses. Son ochenta y cinco millones de católicos norteamericanos. Eso quiere decir que cada semana, recibe ochocientos cincuenta millones de dólares. Al año, más de cuarenta y cuatro mil millones de dólares. La investigación para dar con una cura contra el cáncer en Estados Unidos lleva cuarenta años y noventa mil millones de dólares invertidos: si los católicos donaran la mitad a la iglesia y la mitad a la ciencia, los fondos disponibles para esa investigación crecerían de forma exponencial. La Iglesia de los Santos de los Últimos Días –los mormones– tiene ganancias de cerca de siete mil millones de dólares al año. Pero la ciencia no se fija en esas disparidades. Avanza, sin pedirle a nadie que se convenza sin evidencias. El verdadero mandamiento de la humanidad debería ser ver para creer.

La ciencia es tan generosa que no precisa que nadie crea en ella. No requiere de fe. Solo de tranquilidad espiritual y honestidad intelectual para aceptar las pruebas. La Tierra –lo sabemos de cierto desde que unos señores rusos y norteamericanos le tomaron una foto desde las escotillas de sus naves espaciales– es más o menos redonda (geoide, para ser precisos). Por más que uno crea que es plana y está sostenida por cuatro elefantes en cada esquina, la evidencia demuestra que no, que es casi esférica, muy azul y muy hermosa, y que desde hace apenas casi cincuenta años sabemos qué es el earthrise: ese momento en que la luz del Sol hace que la Tierra aparezca en el horizonte lunar, y que el astronauta William Anders fotografió durante la misión Apolo 8. Los seres humanos –nos ha enseñado la ciencia– no venimos del mono, sino que compartimos un antepasado común: somos tan animales como todos los demás que pueblan el planeta. Solo nos diferencia nuestro cerebro más grande y complejo. Esa certeza de ser una especie más nos baja del pedestal en que clérigos y monarcas quisieron ponernos para justificar todas nuestras bajezas. La ciencia nos devuelve nuestra cualidad animal, y nos muestra a nuestros parientes genéticos más cercanos: bonobos y chimpancés, y nos dice que a veces nos parecemos a ellos mucho más de lo que creemos.

Si nos entregáramos, humildes y devotos, al culto de la ciencia seríamos tanto más felices. El horror de tanta gente en Nepal, el llanto de niños enfermos de Sarampión y el contagio de una enfermedad mortífera serían apenas historias lejanas, propias de los tiempos bárbaros en los que los humanos aún sospechábamos de ese hermoso regalo que nos ha mostrado cómo es la Luna, de dónde venimos y que –sin descanso, con rigor y pasión desbordada– intenta decirnos hacia dónde vamos.

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