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El Carpazo tuvo todo, menos gaseosas. De seguro, el fundamentalismo hipster las proscribió porque son muy mainstream. La cerveza se extrañó, pero su ausencia fue uno de los factores de éxito y tranquilidad que caracterizó a la tercera edición de este festival musical que se consolida como uno de los más importantes del Ecuador. Lo que sí hubo fue un gran cartel de bandas, buena onda de sus asistentes, y una gran oferta de comida, arte y entretenimiento para una ciudad que cada vez se interesa más por cosas diferentes. Este año, El Carpazo –las presentaciones se hacen bajo carpas de circo– dio un salto de calidad considerable: fue la primera vez en que el repertorio incluía catorce bandas nacionales e internacionales.

En la fila de entrada, mucho hipster. Fachas extrañas y estrafalarias que pugnaban por llamar la atención mientras insisten en que no quieren llamarla. Me sentía un bicho raro usando jeans y camiseta en un universo lleno de marcos de carey gruesísimos, camisas leñadoras, abrigos largos y sombreros gigantescos. Habían niños corriendo por todos lados: entre la jornada de lectura de cuentos, las caras pintadas y la función de títeres. La gente paseaba tranquila por las carpas en donde había un poco de todo: Artesanías y figuras de arte, guaraches, velas, jabones y otros cosméticos. Para comer, pizza, choripán, empanadas y bolones de verde, entre otras cosas. Una rueda moscovita giraba sin cesar, y al centro del sitio, varios puffs en donde la gente conversaba mientras esperaba que empiecen los conciertos. El ambiente era una maravilla, mucha buena onda, todos estábamos a gusto.

En la carpa principal se presentaron ocho bandas, todas de una calidad impresionante. Agradecimos el profesionalismo, pasión y buena onda con la que entregaron su música. Los géneros fueron diversos, para todos los gustos. La novel Tripulación de Osos dio un gran concierto, Los Corrientes rompieron el hielo y despejaron el cielo con su música. Tanque nos recordó por qué es importante, y que no andaba muertos sino –como debe ser– de parranda. Los argentinos de El Mató un Policía Motorizado regalaron shoegaze del bueno, en donde los iniciados en su música se entregaron con ojos cerrados a los ritmos envolventes y distorsionados de sus guitarras. Biorn Borg –presos eternos de su dilema de separación– dejaron el drama a un lado para entregarnos una de las mejoras y más sólidas presentaciones de El Carpazo: juntos, son una aplanadora de banda que se entiende a la perfección y patea la media tinta.

Quizá el único reproche –y es menor–fue el monopolio de bebidas. Solo había un stand autorizado para vender agua e infusión de guayusa, frente a los cuales se formaron larguísimas y tediosas filas. En este tipo de espectáculos –por lo general– el agua es gratis: la probabilidad de que los asistentes sufran deshidratación  (en especial de niños) es considerable. Correr con un riesgo tan alto e innecesario pudo haber opacado las cosas en un festival en que todo funcionó como un relojito.

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La comida estuvo riquísima. Fue un gran sidedish para lo fuerte: las presentaciones de las bandas tendrían lugar en dos escenarios contiguos. El primero, más pequeño, en la carpa de Radio Cocoa. Ahí se presentaron seis bandas independientes con cierta trayectoria en la escena musical.

Sus presentaciones estuvieron todas a la altura, y se destaca la importancia de este escenario alterno que respondió a la gestión de este medio digital independiente. El público coreó las canciones de estas bandas que los medios tradicionales reputan como desconocidas. Su pereza castiga a la formación del gusto musical, en especial en la ciudad de Quito, en donde la radio FM es monotemática y repleta de enlatados. Una carpa como la de Radio Cocoa debe tener –en el futuro– mayor difusión, traducida en ingresos para las bandas que se esfuerzan tanto en brindar música de excelente calidad. Quedé encantado con las interpretaciones de Mundos y Alkaloides que dieron un show muy interesante con gran música, de composiciones inquietas que exploraron nuevos espacios dentro de sus géneros (el pop-folk y el indie rock), logrando ser originales en géneros en donde la repetición es un riesgo permanente.

Los horarios de presentación permitían moverse entre escenarios con facilidad: las presentaciones no se cruzaban, y uno podría haber visto todas, si quería. El sonido en ambas carpas fue impecable, y diluyó de inmediato mi preocupación de interferencia de amplificación entre ellas.

La noche cayó, el cielo estaba despejado y la Luna se asomaba a escuchar. La rueda moscovita jamás dejó de tener una cola grande asediándola. La gente caminaba, se sentaba en la hierba a fumar(la) y conversar. Habría unas quinientas personas cuando le tocó el turno a la banda neoyorquina Brazilian Girls, que inauguró la noche con toques de batería de ritmos fuertes y psicodelia, como queriendo espantar el cansancio de los que llegamos temprano e igualando en adrenalina a los recién llegados. Las casi dos horas que duró su acto pasaron volando y dejaron a la audiencia lista para reventar con la llegada de Los Tetas, banda chilena de hip-hop y funk, pionera en la introducción de esos ritmos en Latinoamérica, dueños de un carisma embelesador y una solvencia en la interpretación que aplana cualquier duda sobre su valor. Su presentación fue inolvidable, y generó a Pedrito Criollo Sound un problema complejo de solucionar: ¿Cómo mantienes la atención de una audiencia extasiada y cansada luego de semejante presentación? Se quedaron los amantes del género del electro, que de seguro saltarían a seguir la fiesta en otro lugar.

Chapeau para los organizadores de El Carpazo. Han tenido –y mantenido– la visión y proyección de pensar y ejecutar un proyecto que, de seguro, en pocos años más se  convertirá en una parada fija de los circuitos de gira de bandas y festivales en América Latina, y además tiene el potencial de convertirse en una empresa rentable y sostenible que generará impactos en la cultura quiteña y ecuatoriana.

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Música, energía y sosiego en El Carpazo