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Esta Semana Santa, el contribuyente ecuatoriano recibió una bendición: el proyecto de Ley de Amnistía Tributaria. La propuesta, presentada por el bloque de Alianza PAIS, permite la condonación de intereses por mora, recargos y multas, si es que se pagan los impuestos adeudados, dentro de los sesenta y noventa días siguientes a la aprobación de la ley. Este proyecto busca fomentar el pago de deudas tributarias de una manera más rápida para aliviar la  liquidez del Estado y el desequilibrio en la balanza de pagos que ha sido golpeada por la caída de los precios del petróleo. La presentación del proyecto, que según la normativa podría aprobarse en treinta días, sorprende porque es una medida de corte liberal en medio de un gobierno socialista como el de Rafael Correa.

Hace un mes, sugerí la amnistía tributaria como una alternativa a la implementación de salvaguardias y restricciones al comercio exterior, en una conferencia sobre las Sobretasas arancelarias planificada por la Organización Estudiantes por la Libertad, en la Universidad de Guayaquil. En ese momento argumenté mi propuesta explicando que este “perdón” de intereses y multas, le permitiría al Estado obtener recursos en corto plazo sin afectar la libertad de elección de los ciudadanos, sin incurrir en costos financieros ni adquirir nueva deuda externa, ni ponerse en riesgo de retaliaciones por parte de otros países, especialmente debido a que las fuentes de financiamiento externo se han reducido y encarecido, como lo demuestra la tasa superior al 10% que pagarían los últimos bonos colocados por el Ecuador, para un plazo de cinco años.

Cuando discutimos con los asistentes sobre la amnistía, lo hicimos con una mirada utópica porque un gobierno de corte socialista difícilmente aceptaría –y menos aún propondría- un perdón de deudas a los “malvados y morosos” capitalistas y empresarios, “elusores y faltos de cultura tributaria” a quienes ha gravado con una decena de reformas impositivas durante los últimos ocho años, siguiendo la receta marxista.

Históricamente, la amnistía fiscal ha sido una medida de gobiernos de “derecha” como el del español Mariano Rajoy. También ha sido una propuesta de algunos republicanos en Estados Unidos para fomentar la repatriación de capitales huidos al extranjero por el alto impuesto a la sociedades en ese país. En otros países, los movimientos de izquierda han sido contrarios a este tipo de amnistía, por considerarla un “favor” a los incumplidos.

Como parte de ese debate incluso analizamos la dificultad política de tomar una medida de perdón fiscal, pues desde este Gobierno se ha atacado a toda propuesta de disminución de impuestos. Por ejemplo, cuando el candidato presidencial por el movimiento CREO, Guillermo Lasso, propuso en la campaña del 2013 una disminución de impuestos, desde el gobierno de Correa se lo atacó tildándolo de irresponsable. El entonces director del SRI inclusive se refirió a la propuesta como un “Feriado Tributario”.

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Irónicamente, ahora -en la exposición de motivos de esta ley- el Gobierno argumenta su decisión en la necesidad de “aliviar la carga tributaria”. Esto contradice al gran esfuerzo mediático realizado desde el gobierno para desmentir el aumento de la carga tributaria cuando Lasso llamó “Mashimpuestos” al presidente hace unos meses. Así,  aunque Correa no lo diga, el coste político de esta medida es el darle la razón a la oposición.

Pero más allá de las consideraciones políticas de esta decisión, una amnistía tributaria implicaría renunciar a algunos postulados esenciales del marxismo en los que, se supone, se ha inspirado este Gobierno. Con esta propuesta no solo se quiebra la retórica marxista que dice “que paguen más los que tienen más”, sino que se renuncia a parte del corazón del Manifiesto Comunista, que inspira a los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI. En este Manifiesto se detallan diez medidas prácticas para instaurar el socialismo. La segunda tiene que ver precisamente con el establecimiento de “Un Fuerte impuesto progresivo”, sin olvidar que también es atribuida a Marx la frase “Solo hay una manera de matar al capitalismo: con impuestos, impuestos y más impuestos”.  Los impuestos -especialmente los de tipo progresivo- han sido tradicionalmente una bandera marxista, como forma de eliminar la acumulación de capital que generaría supuestamente la desigualdad y la “explotación del hombre por el hombre”. Incluso el nuevo gurú del neo marxismo, Thomas Piketty, hace una fuerte defensa de la aplicación de impuestos sobre las herencias, la tributación progresiva y propone incluso un impuesto global a la riqueza en su libro “El Capital en el Siglo XXI”. La justificación económica y filosófica marxista de los altos impuestos para llegar al socialismo es simple: un ataque de impuestos altos evita la acumulación de capital, por ende es un golpe al capitalismo, pues en lugar de que el capitalista se apropie de la “plusvalía” del trabajador, lo hace el Estado basado en supuestos fines redistributivos.

Lo que resulta curioso es que si existe un impuesto progresivo, como el impuesto a la renta, es precisamente debido a la revolución industrial y al capital ahorrable, ya que había poco excedente  que gravar con impuestos antes del surgimiento del capitalismo.

La lógica económica marxista, tan admirada por Correa, ha sido refutada por economistas de la talla de Hayek, Reisman, Friedman y Von Mises, por falaz y por basarse en errores como la teoría objetiva del valor-trabajo, entre otras razones. Sin embargo, hasta ahora estas críticas no habían sido tomadas en cuenta por el oficialismo. Pero, al parecer, en esta ocasión el gobierno ha preferido una solución bastante liberal y pragmática, por encima del Manifiesto Comunista.

La balanza de pagos ecuatoriana ha puesto a Marx en segundo plano, al menos en esta decisión. De hecho, el establecimiento de sobretasas arancelarias que propone el Gobierno contradice otro postulado marxista, que es el de la “abolición de los impuestos sobre los artículos de consumo”, propuesta en Alemania por la Liga de los Comunistas, de la que Marx y Engels formaron parte. En efecto, Marx y Engels fueron críticos de los impuestos al consumo, por ejemplo, Engels decía “Yo, diría aquí: impuestos (…) progresivos para cubrir todos los gastos en el Estado, los distritos y la comunidad, en la medida que estos impuestos sean necesarios. Supresión de todos los impuestos indirectos, ya sean los del Estado, y los locales” (Engels, décimo punto de su Contribución a la Critica del Proyecto Socialdemócrata de 1891)

Lamentablemente para las posiciones ideológicas marxistas de dentro y fuera del gobierno, la crisis aparece hoy al desnudo y al enfrentarla se ha dejado a Marx de lado. Hoy ya no se niega su existencia como hace meses, ni siquiera desde el oficialismo: la crisis se ha desnudado frente a todos. Van cayendo los ropajes de propaganda con una crisis que hace striptease en forma de alza de precios y disminución del consumo. Su desnudez que era vista por pocos analistas hasta el 2014, con previsiones sobre el gasto y la caída del precio del petróleo, hoy se manifiesta en su plenitud ante toda la población en forma de inflación y recortes.

Ante la crisis hoy desnuda, el pragmatismo se impone. Marx ha quedado para otro momento.

Bajada

¿Por qué es contradictorio que este gobierno proponga una amnistía tributaria?