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Nathalie Cely ha sido nombrada, por segunda vez, Ministra de la Producción del Ecuador y es una buena noticia. A diferencia de otros altos funcionarios del régimen y especialmente de su antecesor en el cargo, no imita la actitud arrogante y prepotente del presidente Correa. Además, está lejos del tribalismo tecnocrático de la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo –Senplades– (aunque no con la determinación necesaria). Por eso, Nathalie Cely me cae bien.  La gran pregunta que rodea su retorno es si constituye un giro de timón y es el arribo de ideas frescas para cambiar las fallas del modelo, o es un mero golpe de marketing, una cara simpática capaz de comunicar lo incomunicable.

Ojalá que esta vez, venga con una mejor idea que el Código de la Producción. Ella fue quien promovió desde el mismo ministerio, en 2010, esa ley como una panacea para la inversión extranjera. Eso que hoy tanto necesitamos para sobrellevar el colapso del precio del barril de petróleo. Se trató de una pieza compleja de ingeniería tecnocrática que no sirvió para nada. Para absolutamente nada. Los números son claros: en 2013, el Ecuador recibió menos inversión extranjera directa (IED) que en el 2008, y siguió siendo el patito feo del vecindario: dos años después de aprobado el Código, llegó menos IED que a Haití. La Cepal nos pone como penúltimos de América Latina en ese rubro (sonrían, al menos le ganamos a El Salvador). En otras palabras: el proyecto estrella del primer periodo de la ministra Cely fracasó estrepitosamente.

Si la –otra vez– nueva Ministra quiere cambiar las cosas y no quemarse en la medida que se ahonde la crisis, deberá reconocer los profundos errores del Gobierno, y rectificar en los pilares esenciales del modelo económico seguido por Rafael Correa. Cosa que se pinta poco probable, dada el cargado personalismo del régimen. En años recientes, el cargo de Ministro ha perdido el lustre y la relevancia de antes, porque es ahora visto como un mero ejecutor de las políticas y medidas dictadas desde Carondelet, o desde Senplades, en las cuales –con suerte– tiene voz, pero casi nunca voto.

Ahora, digamos que la Ministra Cely logra superar ese ambiente y logra cambios reales. Lo primero que debe hacer es poner un mínimo de coherencia en la política del Gobierno, una pizca de seriedad institucional.

No puede hablar de atraer inversión extranjera por un lado y por otro ser su espantapájaros. Un caso patético es el de las telecomunicaciones. Luego de años de privilegiar a CNT –la operadora estatal de telefonía celular–, por fin el Estado ha concesionado más frecuencias a las privadas, para que sus clientes (que somos la mayoría de la población) accedamos a un mejor servicio.  Hasta ahí, todo bien. Tarde sí, pero algo es algo. Sin embargo, por otro lado el Gobierno se empecina en subir los impuestos a la importación de la tecnología necesaria para que los ciudadanos podamos hacer mejor uso de las frecuencias concesionadas ¿De qué sirve, entonces, el mayor ancho de banda si no tenemos smartphones y tablets que nos permitan sacar ventaja de ello?

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Es lo mismo que pasa con las carreteras. Sin duda están mejores que nunca, pero de qué nos sirve si los autos que necesitamos para transitarlas están más caros que nunca, tornándose inaccesibles para una amplia mayoría de personas. Y todo por la misma razón que la tecnología celular resulta impagable: la subida de impuestos a las importaciones. Y esto es solo un botón.

Además de la omnipresente incoherencia, está la inestabilidad institucional del Ecuador. Este es un país donde se dispone la creación de un impuesto a la banca en retaliación a una propuesta de campaña de un candidato de la oposición. Es un país donde se realiza un promedio de dos reformas tributarias de importante calado al año. Donde incluso se incumplen obligaciones legales de entrega de recursos a la Seguridad Social porque el Presidente lo estima pertinente. Donde se ponen multas desproporcionadas de cientos de millones a las empresas extranjeras que más han invertido en el país. Un país donde se aprueban leyes, de forma inconstitucional, para que el Estado se apropie de las utilidades de las empresas más prósperas y la participación de sus trabajadores. Donde se ponen techos a los salarios de los altos directivos en proporción a los salarios más bajos de la empresa. Por donde veas, hay desincentivos a la inversión privada local y extranjera.

Mientras no cambie este clima de incertidumbre, de tropicalismo institucional, de estatismo trepidante, nada va a cambiar con la Ministra Cely. Ojalá sea ella quien por fin dé ese giro radical que necesita el Gobierno. Si no, será recordada como un fusible más quemado por el presidente Rafael Correa. Sin importar cuán bien nos caiga. 

Bajada

¿Regresó la Ministra por más de lo mismo?