Placeres

En Bolivia está la Isla del Sol


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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El soroche no es un mito: a 3.800 metros, el día debe empezarse con calma. Mientras el mate de coca caliente aplaca ese extraño malestar de mareo, jaqueca, taquicardia y fatiga, dan las seis de la mañana y el sol ilumina Copacabana. No es la famosa playa de Río de Janeiro -con sus restaurantes, altos edificios y trajes de baño-, es una ensenada boliviana en la cima de las montañas con el mismo nombre. La rodean casas -con tejas- y construcciones de pocos pisos. Su playa, a orillas del lago Titicaca, es una de las más altas del mundo, y también, el punto de partida a la Isla del Sol, donde, según la leyenda, surgió la civilización inca.

Los barcos salen a las ocho y media. Existen varios recorridos y como el objetivo no solo es llegar sino cruzar la isla de norte a sur por un antiguo sendero, se debe viajar ligero, ir desayunado (aunque el soroche se empecine en sugerir que comer es una mala idea) y llevar agua.

La vista desde una de las montañas.

El viaje toma dos horas a través del estrecho de Yampupata. El paisaje neutraliza el mal de altura mientras el cuerpo se adapta a la falta de oxígeno. Se ven pequeñas islas, a veces desiertas, a veces cubiertas por bosques. Cordilleras nevadas separan el agua del cielo, pero a ratos estos elementos se unen en el horizonte para recordar al visitante la magnitud del lago Titicaca y sus más de ocho mil kilómetros cuadrados, casi el tamaño de Puerto Rico, esa pequeña isla al norte de América.

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Cerca de las diez y media se desembarca en Challapampa, en el norte de la Isla del Sol. Un guía local nos recibe y explica, en un español con acento aymara (la lengua autóctona), cómo se circula en una isla sin vehículos: se la rodea en barco, las personas la caminan, los víveres se transportan en llamas o burros.

En el lago Titicaca hay casi cincuenta islas, la del Sol es la más grande. Allí hay un pequeño museo donde se exhiben piezas de cerámica y afiches que reseñan el origen y formación de este lago que se alimenta de más de veinte ríos. Sus aguas, compartidas entre Perú y Bolivia, siguen explorándose en busca de templos sumergidos.

Mientras caminamos, el guía narra lo que observamos: la comunidad de Challapampa es un pesebre navideño de pintorescas casas -viejas de adobe y modernas de colores-, escalinatas, partidos de fútbol a la orilla del lago, ovejas, bosques y cactus gigantes. La comunidad está rodeada por cultivos de haba, papa y cereales. No hay tractores ni sistemas de riego pero la genialidad inca diseñó hace casi quinientos años un sistema de terrazas con drenaje que se utiliza hasta la actualidad.

Con la caminata con poco oxígeno, el sol recuerda que también es posible sentir calor en la cima del mundo. En la isla la temperatura oscila entre cuatro y dieciocho grados centígrados. Se deja atrás Challapampa para llegar a las ruinas de Chinkana, un laberinto de piedra, construido justo en la orilla, con ingresos y ventanas que invitan a perderse en su interior, en busca de la fuente de agua que encierran sus gruesas paredes. A pocos pasos está la Roca Sagrada, donde la mitología asegura que surgió el imperio inca, encarnado en Manco Cápac y Mama Ocllo.

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Enfrente el camino se divide en dos: por la izquierda van quienes desean ir al sur en barco, por la derecha, ascendemos la montaña quienes atravesaremos la isla a pie. Es mediodía y la parte más dura recién empieza.

Los senderos dentro de la isla.

El antiguo sendero de ocho kilómetros cruza la isla por su cima, con cuestas y descensos. Es difícil perderse: el camino está delimitado por piedras y hay varios tambos (quioscos). No es una ruta transitada y esto permite un viaje tranquilo, donde el ritmo lo impone cada uno sin olvidar que los últimos barcos hacia Copacabana salen entre las cuatro y cuatro y media de la tarde.

Cima a cima se descubre el camino que falta por recorrer. Hay pocos caseríos. Allí, muy cerca del cielo, el azul del agua parece más azul, el ocre de la tierra es más intenso y el verde de los bosques se ve más vivo. Es como si todo se aclarara. Y en un sendero que se ha caminado por cinco siglos se recuerda el sonido del silencio.

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La siguiente parada es la entrada a Yumani, una comunidad más grande, con restaurantes y hostales. Por la tarde, varias mujeres tejen en la puerta de sus casas. Yumani está en la cima y su puerto, en la orilla. Entre ambos puntos, hay una antigua y escarpada escalera. Ese descenso es el último desafío. Los habitantes bajan con gracia y agilidad, como si sus pies supieran de memoria cómo sortear las piedras sueltas y deslizarse entre las distintas formas y tamaños de los escalones. A los visitantes se les recomienda más prudencia. En una media hora se llega a la orilla, aunque se puede tardar más si se avanza entre los burros y llamas que suben con provisiones.

Parte de las ruinas.

Al embarcar, se ven otros tesoros arqueológicos, como restos de imponentes palacios incrustados en las pendientes de las orillas, en medio de andenes y corredores que cruzan la roca. El retorno a Copacabana toma una hora y media. Se llega antes de las seis de la tarde. La tormenta que surgió de repente mientras navegamos, impide concluir la jornada con el atardecer desde el cerro del Calvario, en una cuesta de quinientos metros desde el puerto. Esa falta se compensa la mañana siguiente con la vista blanca de todas las montañas cubiertas de granizo.

Atravesar una isla a pie, recorrer un laberinto de piedra, caminar por un pesebre de tamaño real, se complementa con una trucha a la plancha. Al final del día, la mente ya no recuerda lo que es el soroche mientras que el cuerpo ya está listo para despedirse con una caminata o paseo en bicicleta por la playa de Copacabana, de esta otra altísima, fría y mágica Copacabana.

 

 

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Bajada

Y se la recorre por el mismo sendero que caminaron los incas

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Gabriela Tamariz
(Ecuador, 1985). Periodista y correctora de estilo. La agricultura, el reciclaje, los viajes, la experimentación en la cocina y la búsqueda de una vida sencilla forman parte de su día a día.