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Cuando la carretera parece más estrecha por las montañas que la encierran, se ha llegado al Cajón del Maipo, un cañón andino a una hora al oeste de Santiago de Chile. El paisaje es azul, café, verde y gris. En ese orden. El cielo es intenso y limpio –ese mediodía de martes, sin una nube–, los cerros son rocosos, enormes, los pinos y demás árboles, firmes, y el río de piedras grises y agua clara. La carretera que atraviesa el Cajón –con veintiocho cerros de entre dos mil y seis mil metros, y veintidós localidades con paisajes diferentes– tiene restaurantes, cafeterías, casas de campo, centros para deportes extremos. Llegué hasta la Cascada de las Animas, a diez minutos de la entrada oficial, un cartel con el nombre de este valle conocido por sus viñedos y aguas termales.

Camino Maipo

La Cascada de las Animas es un centro turístico frente al río donde se puede pasar la noche, el día en la piscina o haciendo deporte, o simplemente almorzar. A la entrada del restaurante hay unas camas con baranda que anticipan cómo terminará el día. El sitio está en medio de un bosque de pinos con troncos delgados y altísimos, y senderos de tierra. Se puede con balcón –afuera– con ventanales –adentro–. Las dos vistas encantan: abajo, el río, arriba un cerro rocoso gigante, y los costados, infinitos árboles. El restaurante es rústico: lámparas de cabuya, adornos con tronco, techo de paja, individuales de mimbre. Todo, de una hermosa manera, encaja en el paisaje.

El sonido del agua golpeando las rocas acompaña el almuerzo. Para comer se paga por adelantado, incluye un plato de la carta, un buffet de ensaladas, un acompañamiento y un postre. Entre los principales se puede elegir costillas de cerdo ahumado, salmón con mantequilla con ajos asados y juliana de vegetales, cabrito en su salsa, lomo con salsa de champiñones a la crema, salteado thai de camarones, panqueque vegetariano con pomodoro casera y parmesano, pastel de choclo chileno y la opción vegetariana del día (ese martes fue gnoquis con salsa de cuatro quesos). El bufete de ensaladas es fresco, servido en bandejas de paja, y los postres (probamos cuatro) de calidad variable: recomiendo el tres leches o panqueque de manjar, no el creme bruleé. Antes de que lleguen los platos sirven una especie de baguete blanco, y un bizcocho de zapayo, amarillísimo. La atención es rápida, amable, cálida.

Mesita Afuera

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La vista a través del balcón es tan linda que la sobremesa puede ser en silencio. Sobre el río, a la altura del restaurante, hay una cuerda metálica tensada, para hacer canopy, ese deporte extremo en el que con un arnés, un casco y unos guantes, se atraviesa el cable horizontal. Esa tarde de verano, solo vimos a una persona animarse a cruzarla. El río y el bosque también son un espacio para quienes llegan por actividades más arriesgadas como el rafting, trekking, bungy jumping y cabalgata.

Cuando el almuerzo acaba, el bosque llama. Caminar por los senderos es el bajativo perfecto. Entre la sombra de los árboles hay mesas y bancos largos de madera, junto a una parrilla. Es como si el lugar ya te ha convencido de que regreses a hacer un asado o un picnic, en ese lugar tan preciso para huir del asfalto y los edificios de Santiago. La piscina, celeste y amplia, es otra de las áreas que se suma a la lista de pendientes en la siguiente visita al Cajón.

Camila Duerme La Siesta

De vuelta de la caminata en el bosque, esas camas con baranda fuera del restaurante –augurios de cómo acabaría la tarde–, son el cierre para un día de descanso. Acostada bocarriba pude confirmar, de nuevo, la intensidad de ese cielo azul y el hermoso contraste de los árboles verdes que me daban sombra. Allí, una amiga me contó que por las noches de verano hay cielos estrellados donde –según muchas historias y versiones– aparecen ovnis. En verdad, no me sorprendería que los extraterrestres se detuviesen ahí para hacer un break.   

 

Bajada

A sesenta kilómetros de la congestionada Santiago, hay un lugar donde se come rico bajo un cielo azul sin smog, junto al bosque, el cerro y el río.

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