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*Oliver Sacks murió el 30 de agosto de 2015. Este texto se publicó 6 meses antes.

Lo peor que puede hacer la gente que uno ama es morirse sin avisar. La gente querida del célebre neurólogo inglés Oliver Sacks no van a padecer ese gesto de mala educación: anunció el 19 de febrero de 2015 en una columna del New York Times que tiene cáncer terminal. “Ya no hay más tiempo para nada que no sea esencial” –ha escrito– “debo enfocarme en mí, mi trabajo y mis amigos”. Ajustar las cuentas con la vida, para poder morir en paz. Sacks es un tipo al que la genialidad no le ha sido suficiente: la ha llevado con humanidad y elegancia. 

Conocí a Sacks de la forma en que se suele conocer a la gente que vale la pena: por lo que escriben. Hace unos años, mientras preparaba un perfil que nunca publiqué sobre un niño autista, di con Un antropólogo en Marte. Son siete relatos paradójicos –ese es el subtítulo del libro–de personas con diferentes condiciones neurológicas. Por el texto que preparaba, yo estaba interesado en la vida de Temple Grandin, la primera autista que logró un PhD. Sin la acostumbrada actitud pontificia de los médicos, Sacks cuenta el fin de semana que compartió con ella. Es una historia sencilla de leer –sin eufemismos, ni abstracciones académicas– “En su voz me pareció detectar dolor, renuncia, decisión y aceptación, todo junto”, dice al hablar sobre la devoción de esta profesora universitaria y asesora de la industria ganadera norteamericana a su trabajo, y sobre su incapacidad de otras interacciones humanas. “Casi siempre” –le dijo a Sacks– “me siento como un antropólogo en Marte”. Es la conversación de dos antropólogos en Marte.

Ese ha sido el trabajo de Sacks: pisar un terreno en el que –según las definiciones tradicionales– no tenía nada que hacer. Muy temprano lo expulsaron de los laboratorios por torpe: “Ándate a trabajar con los pacientes, son menos importantes”, le dijeron, según escribió Wendy Lesser en el New York Times. Y eso hizo. Se convirtió en lo que él llama un neuroantropológo. Visitar a sus pacientes en sus propios espacios le permitía verlos sin la tensión que a todos nos produce ir a un consultorio médico. Así, descubrió que la música de The Grateful Dead ayudaba a Greg F., un hombre cuya mente se había detenido –por los daños causados por un tumor– en 1970 ¿podría haberlo descubierto en un examen en un frío cuarto de hospital?

En un oficio que ha glorificado a una minoría de doctores agresivos –o que, al menos, los tolera, como dice Ilana Yurkiewicz en el ensayo Medical Disrespect–, Sacks ha sido un amable transmisor de conocimiento. Ha expuesto las complejidades de ese misterio maravilloso que es el cerebro humano, y ha ayudado no sé si a descifrarlo pero sí a comprenderlo mejor. Es como si doctor House hubiese resuelto sus demonios personales y siguiera desenmarañando extraños cuadros clínicos. La analogía no es tan lejana: House –adorable patán– no solo no la anunció, sino que fingió su muerte.

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Los libros de Sacks –como todos los demás– no van a cambiar el mundo. Y eso no importa. Basta con que nos conmuevan, o nos toquen, a cada uno, como individuos. El Antropólogo en Marte de Sacks tuvo ese efecto en mí. Después de leer su reseña sobre Grandin, pensé en las corridas de toros, un tema que jamás me había interesado demasiado, y en el cual encontraba hasta cierta gracia. Me espeluzné ante la evidencia mostrada por el trabajo de Grandin –que incluía un plano detallado de sus diseños de rancho–: esos pobres animales saben exactamente a qué los llevan a esos ruedos (que algunos celebran como tradición y cultura). El nivel cognitivo que tienen supera a la mera interacción estímulo-reflejo pavloviana. Grandin proponía un sistema para que la industria de la carne no los hiciera sufrir. Hoy pienso que las corridas de toros son actos de crueldad, una reminiscencia de un estado evolutivo ya superado (en palabras claras, de una peor versión nuestra), y estoy seguro de que –en un futuro no muy lejano– serán vistas como lo que son: actos de inconmensurable brutalidad.

Por Sacks y Grandin volví, también, al dilema ético de comer animales. Fueron días intensos, asomado al abismo de no tener corazón para volver a meterme un pedazo de bife a la boca. Recordé la época feliz en que viví en la granja de la familia del guardabosques alemán Franz Stockmann,. Nunca he conocido a nadie que tuviese una relación cotidiana con la naturaleza tan respetuosa, humana y consciente como ellos. El contraste entre los discursos de mis amigos del activismo vegano, el relato de Sacks sobre Grandin, y mis memorias de vivir de la Tierra, sus animales, y –al mismo tiempo– respetarla, cuidarla y quererla, me dejaron la tranquilidad de conciencia –que muchos podrán cuestionar, pero es sincera– de que comer animales no tiene nada de malo. Hoy que Sacks ha anunciado que se morirá, he pensado en su –¿pequeña?, ¿gran?– influencia en mi vida.

Sacks dice en sus palabras de despedida que no tiene enemigos. Tal vez es solo otra amable concesión, otra renuncia de todo aquello que no es esencial. Alexander Cockburn escribió para The Nation “está en el mismo negocio que los tabloides de supermercado”, acusándolo de montar un freakshow. Otros lo han acusado de ser mejor escritor que clínico, y sus críticos más duros aseveran que su trabajo es una violación a las leyes fundamentales de la ética médica.

A Susan Gorn, esos argumentos le deben parecer fútiles. Un día después de que Sacks anunciara su inminente final, Gorn escribió al New York Times para contar que –hacía catorce años– le envió una carta al neuroantropólogo inglés relatándole sus múltiples problemas cognitivos, causados por la esclerosis múltiple. “El doctor Sacks jamás escribió sobre mí” –explicó. En lugar de ello, la examinó por varias horas. “Después, me habló con tanta comprensión y compasión, que aún saco fuerzas de sus palabras. Sí, él le ha devuelto mucho al mundo como escritor, pero también mucho como sanador.” Son las palabras de una paciente, una de ese montón de los menos importantes.

La discusión ética sobre la antropología para marcianos continúa en debate. G. Thomas Couser, de la Universidad Hofstra de Nuew York escribió un ensayo titulado La ética de la neuroantropología en el que analiza las críticas a Sacks. El médico inglés queda –más o menos– absuelto de los cargos de sus detractores, pero Couser hace una admonición severa “Tal vez las perspectivas de la medicina y la antropología son tan diferentes que esos dos aspectos de su autodesginación” –se refiere a la de Sacks como neuroantropólogo– “no pueden reconciliarse en una sola.” Para Courser, Sacks ha señalado el camino, pero el objetivo que se impuso no podría ser alcanzado por él. Eso, si se lee con atención, nos revela la dimensión de Sacks: ese que está por morirse de cáncer y que lo ha anunciado con tan calmada elegancia, es un hombre de un tiempo futuro que vive –por apenas un soplo de tiempo más– en nuestro presente.  

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Obituario de un genio que aún está vivo