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Netflix ha llegado a Cuba, un país donde veinticinco de cada cien personas pueden acceder a Internet –lo que no quiere decir que tengan computadora, sino la capacidad de pagar un cyber.  La empresa de streaming tardó muy poco en ver que era buena idea operar en un país donde el sueldo promedio es veinte dólares. Y no es la única. Luego de que Barack Obama y Raúl Castro anunciaran su intención de normalizar las relaciones diplomáticas entre sus dos países, muchos empresarios estadounidenses fueron a tocar puertas estatales cubanas. Aerolíneas como American Airlines y United están ansiosas por llevar  a los americanos a vacacionar a la isla mayor del Caribe, y empresas de telecomunicaciones –según la Secretaria de Estado para asuntos del hemisferio occidental– quieren comunicar a los cubanos con sus vecinos. Aún es muy pronto para saber cuánto tiempo les tomará a ambos países desenmarañar los asuntos legales que marcaron su enemistad desde los sesentas, pero se han comenzado a guiñar el ojo. Son ya ocho años desde que Fidel Castro cedió la presidencia a su hermano Raúl, y una nueva generación de cubanos crece con la imagen de un líder cada vez más lejano. Si esto no significa que la Revolución ha terminado, sí parece claro que ese fin está cada vez más cerca.  

Poco después del triunfo la revolución, en 1959, en Cuba se acabó la  Coca-Cola. Junto a Corea del Norte, son los dos únicos países del mundo que le niegan la entrada a la bebida que es el embotellado recuerdo de su enemigo. Durante su paso por el Ministerio de Industrias cubano, el Che ordenó la fabricación de un refresco sustituto para no perder al Cubalibre –también conocido como ron-con-cola–. Fue uno de los miles productos que los isleños tuvieron que reinventar tras el bloqueo americano. Cuando al Che le preguntaron en televisión sobre la nueva bebida Tu Cola, dijo -muy serio- que sabía a cucaracha. Hoy luego de casi sesenta años de vivir en Revolución, uno de los hijos de Fidel le hizo una invitación pública a la Coca-Cola, y aunque para algunos pareciera increíble, esa invitación fue extendida a su mejor amiga: McDonald’s. Del lugar donde el nacionalismo alcanzaba hasta para tolerar un refresco con sabor a insecto, ya no queda nada ¿qué le diría el Che a Alex Castro, si lo viese sentado en el hipotético primer McDonald’s de La Habana, comiéndose una Big Mac con Diet Coke?

Después de la caída de la Unión Soviética –patrón de la Revolución cubana que proveía el 80% de los alimentos que se consumía en la isla– comenzó el “Período especial en tiempo de paz”, un eufemismo  propio de la retórica elegante de Fidel Castro, para designar a la crisis que conllevaba perder a su más cercano aliado. Especial, porque a los cubanos les tocó sobrevivir a base de eso mismo que les hacía preferir la cola sabor cucaracha: su orgullo; y en paz porque Cuba peleaba una guerra sin armas. En 1992, Estados Unidos endureció el embargo a Cuba. El gobierno estadounidense supuso que sería el antídoto para inocular uno de los últimos vestigios del comunismo. No fue así. El período especial marcó la terquedad cubana de ir contracorriente, de desafiar el nuevo orden mundial que se establecía después de la caída del Muro de Berlín. Cuba fue más isla que nunca.

Con sus muy escasos recursos, el pueblo cubano convirtió supervivencia en sinónimo de resistencia. Se volvieron creativos. Con nuestros propios esfuerzos tiene más de trescientas páginas, y es una guía –una compilación– que muestra las miles de invenciones con las que los cubanos tuvieron que reinventarse a la vida, con las que intentaron hacer más llevadero ese tiempo rotulado como especial. Desde hacer talco de cáscara de huevos, hasta muebles fabricados a partir de cajas de televisores desechadas, la crisis casi se come vivo a algunos cubanos. Morir por la patria es vivir dice su himno, y en el tiempo especial sirvió para que la Revolución viva más que nunca.

En plena agonía, unos kilómetros al sur nació el nuevo respirador artificial de Cuba. Hugo Chávez ganó la presidencia de Venezuela, y con él llegaron las soluciones para el periodo especial. La responsabilidad que algún día fue de los soviéticos pasó a mano de los venezolanos. La camaradería entre Castro y Chávez se manifestó en dádivas de más de cien mil millones de dólares en forma de petróleo venezolano. Un gesto que Cuba devolvía con sus muy bien preparados médicos y maestros. Fue tal la cercanía entre ambos, que incluso fundaron un nuevo club de amigos: la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que –por supuesto– tenía un enemigo principal: el imperialismo yanqui. De pronto, el padecimiento en la isla parecía que  –de a poco– sería cosa del pasado, pero Chávez murió en el 2013, al tiempo que la economía venezolana empezaba a deteriorarse de formas drásticas. Entonces, volvieron a Cuba las mismas –y muchas– interrogantes del pasado  ¿Podrían los cubanos resistir un segundo periodo especial?

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El 2014 fue el año en que Miami recibió el mayor número de cubanos desde 1994: más de veinte mil. En Cuba, hay un viejo dicho que dice que en la isla las cosas se hacen “con ganas y sin apuros, pensando en la eternidad”. Pero hoy parecería que los cubanos han perdido las ganas de hace dos décadas, pero conservan el apuro por descubrir qué hay más allá de la isla. La eternidad del proverbio cubano tiene edad: Fidel Castro tiene 88 años, y su hermano Raúl 83. Desde que se anunció la distención de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos,  los rumores sobre el final de la Revolución Cubana crecen. Cuando le pregunté a Fernando Muñoz –cubano de 37 años que llegó al Ecuador hace casi uno– quién era Fidel, me contestó “fue un líder muy popular, pero ya ni se habla de él”. Tal vez, en unos pocos años, todo lo que hablen los cubanos de él sea lo que vieron en Netflix, mientras se coman un Cuarto de Libra acompañado de un refresco que no sabe a cucaracha, pero tampoco a patriotismo.

 

Bajada

¿Cuánto más puede durar el régimen comunista en Cuba?