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En  La razón blindada, Toribio, el galgo cazador dice: Más o menos, señor, más o menos…Si la vida no es fácil para los seres humanos, tampoco lo es para su mejor amigo, que somos nosotros… mejor amigo del hombre, ¡vaya título!… ¡Cabrones!, y no crea usted que no hacemos todo lo posible para ser consecuentes con el título… Un animal que se denomine el mejor amigo del hombre ha de ser aquel que es imprescindible. Alguien tan provechoso debe ser tratado valiosamente, porque nadie está dispuesto –o no debería estar– a perder a su mejor amigo. Desde noviembre del 2014 se discute en la Asamblea Nacional la Ley Orgánica de Bienestar Animal –LOBA por sus siglas–. El proyecto busca la implementación del “bienestar animal” en el Ecuador. Para lograrlo, dice la propuesta, los animales deben vivir libres de miedo, angustia, dolor, daño, enfermedad, hambre, sed y ambiente inadecuado. Es una iniciativa muy noble, pero plantea una duda sobre nosotros mismos: si LOBA es necesaria, significaría que a los ecuatorianos nos tienen que enseñar empatía y compasión por la fuerza de la ley.

LOBA plantea la burocratización del cuidado animal, una solución que sus promotores consideran necesaria para librarnos de una forma recurrente de violencia en el país. ¿Podría ser el Ecuador un lugar más pacífico si desde el Estado nos asignan obligaciones como pasear a nuestro perro? ¡Joder!, patada que se pierde, patada que recibe el mejor amigo –sigue hablando Toribio en La razón Blindada¡Ala! si total no dice nada; si nos olvidamos de darle de comer, no importa, el mejor amigo aguanta, si no hay galletas de perro démosle galletas para gatos, si el mejor amigo come cualquier porquería. Con el proyecto de ley, quienes posean un animal doméstico –como el perro de la obra de Arístides Vargas– tendrían que, por obligación, proporcionarle atención médica al menos una vez al año, permitirle que se ejercite físicamente de forma frecuente, responder por los daños que pueda ocasionar a un tercero y mucho más. Si alguien olvidó llevar a su mascota al chequeo médico anual, podría ser sancionado hasta con diez remuneraciones básicas unificadas. LOBA no solo regula los animales domésticos: el proyecto contiene setenta artículos en los que se norma el sacrificio de animales de consumo, los espectáculos en los que se emplean animales, el medio de transporte a utilizarse para las mascotas, entre otros. Por ejemplo, los locales de compraventa de animales no podrán exhibirlos en vitrinas y deberán contar con una cuota mínima de animales rescatados por instituciones protectoras. En algún futuro a lo mejor se reirán de que existían tiendas que exhibían animales como cosas para la venta. Pero ¿es realmente necesario normar la relación que tenemos con nuestras mascotas? Adquirir un animal requiere cuidado, es –y esto va más allá del lugar común– un miembro más de la familia.  

Las organizaciones a cargo del proyecto, consideran que LOBA es necesario para la materialización de la sociedad del Buen Vivir consagrado en nuestra Constitución. La Ley de Bienestar Animal sería el puente que ayude a los ciudadanos a conseguir la armonía con la Pachamama y cultivar el derecho a una vida libre de violencia. Quienes la proponen, sostienen que LOBA es una deuda del Estado ecuatoriano. Además el proyecto ayudaría a combatir la violencia interpersonal, y paliar problemas de salud pública. Actualmente, en la legislación del país,  el Código Integral Penal reconoce el maltrato o muerte de mascotas y las peleas o combates entre perros como delitos contra el ambiente y la Pachamama, que son sancionadas hasta con cárcel de hasta diez días. Países como Inglaterra, Nueva Zelanda, Suiza y Austria mantienen una amplia legislación en materia de bienestar animal, pero esto no ha asegurado librar a los animales del sufrimiento. En Inglaterra por ejemplo, se investigan –en promedio– ciento cincuenta mil quejas de maltrato y negligencia. Normar prácticas como pasear al perro, y estar al día con las visitas al veterinario nos devuelve a una discusión sobre cuán dentro de cada casa debe estar el Estado.  

Hoy es muy común toparse en el timeline de Facebook con algún anuncio de perritos o gatitos en adopción. Más de una vez nos hemos conmovido con la historia que hay detrás de ese perrito que fue abandonado, maltratado, atropellado, y rescatado. Hay quienes hemos querido desesperadamente acoger a ese cachorro para verlo menear su cola en nuestro hogar. Unos cuantos hemos dicho que sí, y ahora tenemos a un fiel compañero de nuestro lado. El rescate y adopción de animales domésticos en Ecuador es una práctica cada vez menos extraña en nuestro entorno. Las asociaciones dedicadas a esta actividad se han multiplicado en las principales ciudades del país. Una de las pioneras, Protección Animal Ecuador (PAE) cuenta con más de cien mil seguidores en su fanpage. PAE,  Rescate Animal y otras organizaciones dedicadas al cuidado animal elaboraron LOBA. Es curioso: nadie necesitó una ley que esté llena de sanciones para motivar a la gente a adoptar animales.

Si conoces a alguien que haya adoptado alguna mascota, probablemente fue gracias a la labor que realizan estas asociaciones que promueven el bienestar animal en el Ecuador. Solo en Guayaquil, existen más de quince movimientos dedicados a esta labor, e –independientemente– hay decenas de personas que rescatan perros y gatos callejeros. Ellos son quienes difunden a través de las redes sociales diferentes historias de sus refugiados que anhelan un hogar responsable y lleno de amor. Los rescatistas son personas dedicadas, muy apegadas a sus convicciones y sobre todo pacientes. A cambio de conseguir un ambiente adecuado para el bienestar de algún perro o gato, están dispuestos a realizar una labor titánica. María Gracia González rescata animales desde el 2012. Al igual que muchos otros rescatistas, no resiste ver animales abandonados a su sufrimiento. Cuando esto ocurre, se las ingenian para llevar a cabo un rescate: comienzan a trabajar en red a través de mensajes vía celular o redes sociales para conseguir desde un vehículo para transportar al animal, financiar el cuidado médico que requiera y –de ser necesario– pagar un hospedaje temporal hasta conseguir una persona que quiera adoptar al animal. María Gracia mantiene su perfil en Facebook como una casa de adopción de animales, las fotos de gatitos y perritos son incontables. Labores como las que realizan los rescatistas es lo que el Estado debería alentar. Se necesitan acciones ejemplares que proyecten a la comunidad los beneficios de este trabajo. El Estado podría inclusive premiar a quienes realizan acciones que favorecen a la comunidad, después de todo un animal en la calle es un foco potencial de enfermedades.

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El movimiento animalista en Ecuador ha logrado –en poco tiempo– lo que muy pocas organizaciones sin ánimo de lucro consiguen: tener adeptos y sobrevivir. El mecanismo que utilizan es el trabajo en red, en el que colaboran rescatistas –desde ingenieros hasta publicistas–, veterinarios, donantes, empresas privadas, instituciones educativas y todo aquel que se conmueva con la situación de un animal en sufrimiento. Su actividad no solo se difunde a través de la web: al menos una vez al mes se realizan ferias de adopción en donde participan personajes de la televisión como voceros y se recauda comida y artículos necesarios para los animales. desde su creación en el 2011, Rescate Animal ha dado en adopción poco más de setecientos animales y desde el año pasado ha realizado catorce jornadas de adopción, en donde en promedio cuarenta animales encuentran un hogar. Cuenta, además, con un programa de educación para escuelas: durante cuatro semanas le enseñan a los niños acerca del bienestar animal usando títeres, libros para colorear y otras dinámicas infantiles. Todas estas acciones parten una convicción: los seres humanos somos capaces de mejorar nuestra comunidad, podemos llegar a procurar el bien desinteresadamente. El derecho penal es necesario –sí para sancionar aquellos actos de mayor crueldad– pero no para fiscalizar los hábitos que tenemos con nuestras mascotas.

Las personas que abogan por el bienestar animal luchan por un cambio social en la sociedad ecuatoriana. Sueñan en que algún día todas las mascotas adquieran derechos y vivan libre de sufrimiento gracias a la responsabilidad de sus dueños. Un mundo en donde las personas vean en los animales vida y no sean considerados como simples cosas. Los cambios culturales son tareas que no se realizan de un día a otro. Hoy, que estamos interconectados, el eco de los animalistas se escucha a través de internet. Si uno introduce las palabras “rescate” y “animal” en YouTube, el resultado serán miles de videos que testifican cómo los animales son salvados a diario. Las iniciativas pro-animales en el mundo existen: en Estambul por ejemplo una compañía creó un dispensador de comida y agua para perros de la calle; en Chile un grupo de personas colocó globos de helio con mensajes alusivos a la adopción, la imagen era irresistible; en Nueva York usaron la aplicación de citas Tinder para que perros encuentren un nuevo amor; en Nueva Delhi, el municipio ha decidido integrar que perros callejeros  sean miembros de su fuerza de seguridad. Las posibilidades para crear conciencia son infinitas.

En La razón blindada Toribio termina su monólogo perruno diciendo –¿ladrando?–:  Todo el trabajo sucio lo hace el mejor amigo, los humanos hacen guerras, se matan entre ellos, se odian y se colocan minas para exterminarse, se termina la guerra, ¿quién va a desactivar las minas personales? ¿Los humanos? ¡No! El mejor amigo, aunque se nos parta el hocico en mil pedazos.” Por siglos, los animales fueron eso: un objeto móvil (de hecho, una definición legal los clasifica como semovientes, cosas que se mueven) que era útil a nuestros propósitos –incluido el de tener compañía– y que, cuando esa función cesaba, eran dispensables. Ese pragmatismo nos volvió capaces de las peores atrocidades, a los que –de a poco– hemos renunciado gracias a la gran lección de movimientos civiles animalistas: sin el Estado, los cambios radicales y culturales también son posibles, sin la intimidación y la represión legal. No es hora de cambiar la estrategia, sino de potenciarla. Ese es el lado en el que la LOBA debe hacerse fuerte, y no en el de las sanciones.

 

Bajada

¿Qué tan buena idea es aprobar una ley que regule el bienestar animal?