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Grecia ha sido saqueada por sus propias élites, al menos, desde el siglo XIX.  A partir de entonces, el dinero obtenido a través del endeudamiento público iba a parar a los bolsillos de las grandes oligarquías que siempre han trabajado de la mano con la clase política. Magnates navieros como Yiannis Alafouzos –propietario del grupo mediático Skai–, amos de los negocios petroleros como –Vardis Vardinoyannis, quien controla también Mega, la estación de televisión más grande del país–, han visto crecer sus carteras gracias a los contratos, licencias, reducción de impuestos y otras formas de apadrinamiento del Estado griego.  

Hoy en 2015, tales hábitos en nada han cambiado, peor aún, se han sofisticado y convertido en la norma de las transacciones público-privadas. En ese turbio contexto, la reciente victoria de Syriza –siglas griegas de Coalición de Izquierda Radical–, podría romper con aquel pacto de intereses particulares y marcar un antes y un después en la historia contemporánea de Grecia y de Europa.

La Grecia que actualmente conocemos dista mucho de aquel ideal de la civilización helena que alumbró la imperfecta democracia y otras instancias de participación en las decisiones de la polis. Endeudada y sometida a los memorandos de austeridad de la Troika conformada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), tiene una deuda pública que asciende al 175,5% del PIB. Hoy la Hélade, se quiebra entre la debilidad institucional, el enriquecimiento de políticos y aristócratas, las demandas de cumplimiento de los acreedores europeos y la perversión del capital financiero internacional. El peso de todo ha caído sobre los ciudadanos.

Los orígenes de la tragedia griega

¿Cómo explicar que Grecia haya dado al showroom mundial de los magnates, uno de los hombres más ricos del siglo XX, el naviero Aristóteles Onassis, y cerca de seis décadas después el desempleo joven afecte a más de la mitad de los menores de 25? 

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El propio Onassis decía “Nunca confíes en una persona que no acepte un soborno”.  Y, en efecto, la corrupción y la colusión de intereses entre los distintos grupos de poder fue el caldo de cultivo para la inequidad, el endeudamiento y la inestabilidad política y social que terminó por estallar con la debacle del 2008, y que con el ingreso de Grecia a la Eurozona no se revirtió. 

En las últimas tres décadas, Grecia se endeudó a escala exponencial.  Entre los dos partidos hegemónicos –el derechista Nueva Democracia y el socialista Pasok– se encargaron, indistintamente, de pactar con las oligarquías griegas —vinculadas a los sectores bancario, naviero, petrolero, aurífero, turístico y mediático– para gobernar el país.

Las varias administraciones en el poder –sin importar signo político alguno– premiaban a las élites económico-financieras con bajos o nulos impuestos. Éstas, a su vez, usaban sus medios de comunicación para mantener tal modus operandi. Es un secreto a voces que las estaciones de televisión y los periódicos en el país heleno, son negocios a pérdida. No obstante, un cable de Wikileaks de 2006 explicaba que a los propietarios eso les tenía sin cuidado, y decía: “ ellos mantienen a flote las estaciones, sobre todo, para ejercer influencia política y económica”.  En Grecia el monopolio mediático privado creció en la década de los 80s, justo cuando el país empezaba a endeudarse a un ritmo dramático.

En apenas una década, del 2005 al 2015, la deuda pública, había pasado del 100% del PIB al 175,5%.  Un déficit fiscal histórico en la Eurozona. Es como si un ciudadano griego con un ingreso mensual promedio de 900 dólares se endeudara como si tuviese los ingresos de un Aristóteles Onassis.

Entre las muchas contradicciones de los gobiernos helenos, estuvo la de crear un Estado de Bienestar prescindiendo de un paquete de impuestos de acuerdo al nivel de ingreso de los habitantes. Es decir, pretendían incrementar el gasto sin ingresos propios, lo que cíclicamente, los llevaba solicitar crédito continuamente, que terminaba en las arcas de los mismos grupos de poder.

Este círculo vicioso generó uno de los mayores problemas estructurales de Grecia: la desigualdad. La rampante inequidad que allí existe se ha visto eclipsada –y también multiplicada– por el shock que produjo la deuda. Un error de análisis, si pensamos que alrededor del 20% de sus niños viven en extrema pobreza, mientras Forbes sigue ubicando a Spiros Latisis como uno de los magnates griegos más importantes del mundo.

Antes de que Grecia se incorporara a la Eurozona en enero de 2001, varios informes advertían que su economía no estaba preparada para ingresar a la UE. Lejos de “disciplinarse”, como vaticinaban varios analistas, la debilidad institucional helena se recrudeció por la facilidad crediticia. 

En 2008, con el estallido de la crisis mundial, la economía griega terminó por desplomarse.  La troika europea, después de algunas tensiones internas –sobre todo por la intención alemana de escarmentar a los griegos– decidió, en 2010, realizar el primer rescate situado en 110 mil millones de euros (124 mil millones de dólares aproximadamente, equivalente a un poco más del doble del PIB de Uruguay). Para eso Grecia debía reducir su déficit en al menos un 7,6% del PIB a través de la privatización de empresas, reducción de prensiones, recortes de personal, incremento del IVA, entre otros. En 2012, se aprobó el segundo rescate: un total de 130 mil millones de euros (147 mil millones de dólares, lo que equivaldría a casi tres veces el PIB de Costa Rica).

Desde 2010, las movilizaciones, huelgas y protestas anti-austeridad se convirtieron en parte del paisaje cotidiano. Al mismo tiempo, en España, los ciudadanos se convocaron en lo que se conoció como “Los Indignados”. Con nitidez, el ideal de una Unión Europea (UE) sólida se debilitó y la Troika se convirtió en el verdugo de los ciudadanos afectados por las ortodoxas medidas.

Como bien lo apuntó el premio nobel de economía, Joseph Stiglitz: no se trató de ningún rescate ni a Grecia, Irlanda o Portugal, sino de la protección a los bancos europeos. La casta política tradicional había perdido la confianza, la credibilidad y la legitimidad, creando el marco perfecto para el comienzo de un giro político.

Syriza irrumpe en el Olimpo político

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El abrumador triunfo de Syriza en las elecciones de enero de 2015 no ha sido gratuito, pues le ha apostado a una agenda antiausteridad desde su aparición como partido en la escena política entre 2012 y 2013.

Recuperar la soberanía y la dignidad también ha sido una tesis clave de la organización que preside Alexis Tsipras. Él mismo lo dijo en su discurso inicial como primer ministro: “Grecia deja atrás cinco años de humillación”. En su programa se incluyen principalmente reformas tributarias, renegociación de la deuda y atención a la crisis social.

Durante su trayecto de vida política, Syriza tuvo que moderar su discurso “rupturista” frente a la sociedad griega altamente conservadora, escéptica y que a menudo aplica aquello de “mejor malo conocido, que bueno por conocer”. Por eso, ni salir del euro, ni incumplir del todo con la Troika está en juego, ni tampoco algún tipo de resolución antieuropeísta.

Pese a la campaña de miedo que empleó el candidato de Nueva Democracia, Antonis Samarás, Syriza obtuvo el 36,34% de los votos y 149 de 300 escaños en el parlamento, colocándose como la primera fuerza política griega. El segundo puesto fue para la conservadora Nueva Democracia y el tercero para el partido nazista Aurora Dorada.

A dos escaños para obtener la mayoría absoluta, Tsipras optó por aliarse con los derechistas Griegos Independientes (ANEL, por sus siglas en griego). Muchos se preguntarán por qué una coalición de izquierda pacta con la derecha. El que hubiese sido su aliado natural, el Partido Comunista de Grecia (KKE, por sus siglas en griego) no fue una alternativa desde el inicio por varios motivos: algunos miembros de Syriza salieron de las filas del KKE, y desde el KKE se ha interpuesto una fuerte barrera ideológica. To Potami –un partido centrista–, al estar fuertemente ligado con grupos de poder mediáticos y otras élites, se convertía a cortoplazo, en un vínculo frágil.  En cambio, ANEL comparte fuertemente la agenda anti-austeridad, decisiva para Syriza y para Grecia. Se conoce, por ejemplo, que en temas religiosos hay amplios desencuentros. En todo caso, ese es el rasgo pragmático con el que ha operado Syriza.

No deja de ser preocupante que un partido de extrema derecha como Aurora Dorada sea la tercera fuerza en Grecia. Varios de sus miembros están en la cárcel, y sus diputados no han dudado en recurrir a la violencia física frente a su contendor. Por ejemplo, en 2012, Ilias Kasidiaris en pleno set de televisión le lanzó un vaso de agua a Rena Dourou de Syriza y abofeteó dos veces a la comunista Kanelli.

Las manifestaciones públicas de neonazismo no son nuevas en Grecia, pero sí la existencia de un partido como su expresión más institucionalizada, más aún, si juega en el Parlamento. Por desgracia, desde hace tiempo en Europa, los movimientos ultranacionalistas y xenófobos han recobrado cierta fuerza. Éste será otro de los obstáculos contra los que Syriza deberá luchar.

En pocos días de gestión los líderes de Syriza ya han comenzado a dar señales de un nuevo momento en la política griega. Desde el rechazo al incremento de sanciones en contra de Rusia por parte de la UE hasta las declaraciones del mediático ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, de no negociar su deuda a través de la Troika. Los europeos saben que si Grecia logra ganar esta batalla, probablemente, otros países en condiciones parecidas –endeudados, con amplio descontento social y nuevos (y populares) actores políticos– también podrían hacerlo.

El efecto Syriza: Podemos el próximo rebelde frente a Bruselas

Pablo Iglesias, el carismático líder del movimiento español Podemos, ha apoyado visiblemente la candidatura de Syriza, y en particular a Alexis Tsipras.  Podemos es también uno los “no alineados” a las medidas de austeridad del Consenso de Bruselas.   

A diferencia de Grecia –una economía pequeña comparada con el resto de países europeos–, España tiene un peso mayor dentro del consenso continental. Un giro hacia la izquierda estremecería a la Unión casa adentro y en sus relaciones con otros incómodos vecinos como Rusia.

El triunfo de Syriza es un amplio impulso para la victoria de Podemos en España. Según varias encuestas y sondeos, ya se sitúa como la primera fuerza política del país ibérico. El triunfo de Podemos erosionaría el bipartidismo del Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que por décadas han (mal) manejado el gobierno.

Lo que suceda en Grecia, en estos primeros meses de gobierno de Syriza, será un catalizador de escenarios, a los que Podemos también podría enfrentarse en caso de llegar al poder. Probablemente, Atenas ya no sea la cuna de una nueva civilización, pero sí puede ser el epicentro de una ola progresista en Europa.

Bajada

Syriza promete derrotar el pasado de la Grecia de Onassis y la Troika