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Una vieja portada de Charlie Hebdo mostraba a un musulmán y a un caricaturista francés besarse bajo el titular: El amor es más fuerte que el odio. Esa tapa volvió a circular –por Internet– en enero de 2015, después de que fundamentalistas islámicos mataran a doce personas en las oficinas parisinas de la revista satírica. El atentado generó una gran discusión sobre la libertad de expresión, los límites del humor y el extremismo religioso. Desde que la vi bajo ese dibujo de fondo amarillo, la frase no ha dejado de aparecérseme para atormentarme: ¿Es, en verdad, más fuerte? A veces la leo como una simple declaración optimista –que es una forma de fingir que nada está mal–, y otras veces me resulta, en realidad, llena de esperanza –en el sentido de la convicción que se materializa–. Tal vez no podamos responder a esa pregunta porque, como lo damos por sentado, no sabemos bien qué es el amor.

Allen Ginsberg dijo que el peso del mundo era el amor. Por él –escribió el poeta estadounidense– sobrellevamos la carga de la soledad y la insatisfacción. Ursula K Le Guin escribió en su novela El torno del cielo: “el amor no yace como una roca; debe ser hecho, como el pan, y cada cierto tiempo o hay que hacerlo de nuevo”. Jaime Sabines hizo una metáfora parecida:

El amor se come como un pan,

Se muerde como un labio.

Se bebe como un manantial.

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El amor se llora como un muerto,

Se goza como un disfraz.

Creo que es cierto.

Ayer dije “ya vengo, voy al baño”, y he sentido que decía “te amo”. Otras veces viene en una taza de café que no hemos pedido, que sabe más a una caricia que a granos tostados, triturados y pasados por un filtro de tela. Otra veces, basta con el silencio. El mismo Sabines lo sabía: “las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada”.

Hoy más que nunca, el amor deja una estela. Según el artista Charlie L Evans todas las relaciones existen a dos niveles: la realidad que compartimos con una pareja, y el rastro digital de memorias que produce. Nuestra vida íntima ha terminado –por voluntad propia, en mayor o menor medida, según la desvergüenza de cada cual– plantada en redes y nubes, en bancos de datos y códigos binarios. La posmodernidad lo  ha complicado todo. Como dice Evans, una ruptura –el fin de amor– significaba desechar recuerdos y cuidarnos las espaldas en las fiestas. Hoy hay una retahíla de etiquetas de fotos por borrar, de amistades por curar, de círculos por abandonar.

Y, a pesar de todo ello, en esencia, el amor no ha cambiado. Tal vez no lo haga, y tal vez permanezca indescifrable. Susan Sontag lo resumió hace cincuenta años: “Nada es misterioso, ninguna relación humana. Salvo el amor”. Y unos años después lo dejó absolutamente claro: “enamorarse es estar dispuesto a arruinarte por el otro”.

Alguna vez, ebrio de melancolía, escribí que el amor era una pandilla de rufianes. Te persigue, te acorrala en una esquina y te mete una paliza despiadada que te puede matar, o cuando menos, marcar por el resto de la vida, pero que –como cualquier otra golpiza– no podría durar para siempre. Y aunque Charles Bukowski podría estar de acuerdo (por algo dijo que el amor era una neblina que desaparecía con el primer rayo de luz de la realidad), hoy sonrío sin culpa al ver que –casi sin darme cuenta y sin necesidad de evidencias– no creo más en mi propia definición: tal vez el amor pueda durar para siempre (y ser, de verdad, más fuerte que el odio).

 

Bajada

plus fort que la haine