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En diciembre del 2011, treinta y tres ciudadanos decidimos apostatar de la religión católica. Fue uno de los primeros proyectos “por el pleno ejercicio de las libertades civiles” de GKillCity: era –y sigue siendo– inaceptable que, en un país que se dice laico, la Iglesia Católica pueda ejercer tan exitosamente su influencia sobre leyes y políticas públicas. Desde entonces, hubo nuevas acciones de apostasía colectiva y se han fundado –to the best of my knowledge– dos asociaciones de ecuatorianos ateos. Y todo ello con el mismo tono agresivo del título de la sección Fuck You, Curuchupa de este medio. Lo curioso es que, mediante el cambio de nombre de esa sección por el de La vida de los otros, GkillCity ha decidido marcar otro paso y marchar con otro ritmo. Ahora el mensaje es mucho más claro a la vez que complejo, sintetizado en la frase “los que no son como tú, son como tú”. Si bien los asesinatos en las oficinas de la revista Charlie Hebdo fueron determinantes para esta decisión, no lo fueron para las asociaciones ateas que en espacios como twitter no dudan en soltar mensajes del tipo “la religión mata”. El espíritu del Fuck You, Curuchupa sigue presente como vehículo del ateísmo fácil en esas dos asociaciones.

El ateísmo fácil es el ateísmo de los bestsellers Christophen Hitchens y Richard Dawkins. Ese que ve a la religión como un gran cuerpo de tonterías que no han llevado a nada más que a la matanza de unos contra otros. Es el que reclama a la razón científica como único sendero y que, con mucha confusión, utiliza constantemente frases como el “Dios ha muerto” de Nietzsche.[1] Así se entiende que su cruzada contra la religión –mediante burlas simples– tome la forma de una extraña cruzada por la libertad. Esas posiciones no toman en cuenta algunas cosas.

Intentar reemplazar a un libro como la biblia católica por un manual de pensamiento crítico o de falacias lógicas es un despropósito. La biblia, como otros libros religiosos, tiene un carácter poético de comprensión del mundo que dotan de sentido a millones de personas. Es decir, es una obra de arte que –como toda obra de arte– es fuente infinita de interpretaciones que, a su vez, ha inspirado otras incontables producciones como el “Baldacchino” de Gian Lorenzo Bernini o los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

Como ha mencionado Camille Paglia –esa académica contundente pero muy poco leída– el actual desdén ateo hacia la religión es desconocer su rol fundamental en la cultura y el arte de Occidente; todo lo que ha desencadenado en la circulación de obras de tercera categoría como el “Piss Christ” de Andrés Serrano. Para Paglia, obras como las de Serrano son sintomáticas de una época en donde Hitchens o Dawkins han sido bestsellers; son críticas juveniles que olvidan que todo gran arte tiene en su centro una búsqueda espiritual.

La religión ha tenido un rol determinante en la filosofía. Walter Benjamin –atravesado por una dimensión mística (del dolor y del sufrimiento de la humanidad) propia de su condición de judío y acrecentada por la época nazi– escribió sus famosas “Tesis de la filosofía de la historia” inspirado en el “Angelus Novus” del artista Paul Klee. Su Tesis IX dice:

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Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. Representa un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acaecimientos él ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que él vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso.

Su condición de judío lo llevó trágicamente al suicidio. Durante su intento de escape por Portugal hacia Estados Unidos, pensado –equivocadamente– que el régimen de Franco los iba a deportar a él y a los demás refugiados hacia Francia, donde serían eventualmente capturados y asesinados por la Gestapo, esa policía aterrorizante que –como fue todo el régimen nazi– utilizó a la razón científica para matar, torturar y experimentar eficientemente.

En el estado actual de las ciencias sociales, es una insensatez seguir invocando la ecuación de Iván Karamazov –personaje de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski–: “Pero, ¿qué será de los hombres entonces sin un Dios y sin vida inmortal? ¿Todo es lícito, entonces ellos pueden hacer lo que quieran?”. Zizek, desde el psicoanálisis lacaniano, apunta a que el problema del creyente ya no es “que abriga secretamente dudas sobre sus creencias y se pone a fantasear con transgredirlas”. Al contrario: hoy existe un imperativo de gozar. La paradoja es que, al no haber autoridad externa que ponga límites que transgredir, nos autoregulamos poniéndonos obstáculos. Por un lado, nada es suficiente: compras unos zapatos y luego ves en la tienda de al lado otros que te gustan mucho más. Por otro, el imperativo es gozar pero no perderse en ese goce: el cybersexo (sexo sin sexo), el café descafeinado, etc. Relaciones higienizadas que devienen en una autocorrección política extrema.

La beligerancia del ateísmo fácil –que domina las páginas de las asociaciones de ecuatorianos ateos– no repara en nada de esto. Es incapaz de ver que para remplazar a un libro como la biblia primero debería estarse en las condiciones de producir una obra de arte así de magnífica, lo cual no va a conseguirse con críticas juveniles a las religiones. Tampoco reparan en que que no existe una tierra prometida de libertad a la que se llegue abandonando toda senda religiosa o espiritual. Pero, sobre todo –y quizá sea hora de decirlo–:  ser ateo no tiene nada de especial.

 

[1] La confusión radica en que los toman como complementos, cuando Nietzsche ha hecho duras críticas al hombre científico: como escribió en Más allá del bien y del mal, para él los hombres científicos son “ejemplares de esclavos (…) vencidos y sometidos” al dominio de la ciencia, con su carácter “no dominante, no autoritaria y tampoco contenta de sí misma” propio de “animales de rebaño”.

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Apostasía y decadencia