Los estudiantes de periodismo en el Ecuador reciben al menos dos horas semanales de Ética, ese conjunto de reglas que, en teoría, debería condicionar el oficio. A Martín Caparrós, escritor, novelista y ensayista argentino, le parece redundante decir que un periodista debe ser ético. En una entrevista vía Skype, cuenta que prefiere reemplazar esa palabra por honestidad. Martín es miembro del Consejo Rector de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y dice que quien no hace su trabajo con ética, sencillamente no lo hace. Es un maestro que, más de una vez, ha sido víctima de errores e imprecisiones de reporteros quienes lo entrevistan y lo sacan de contexto, malinterpretan sus declaraciones o, incluso, inventan frases que él jamás ha dicho.

En el periodismo hay constantes transformaciones: los medios migran del impreso al digital, cambian las planificaciones para coberturas, hay menos texto y más multimedia. Hay otros aspectos del oficio, sin embargo, que se mantienen o al menos deberían mantenerse, como la ética. ¿Cómo la definirías tú?

Yo solía decir que cuando escucho la palabra ética saco mi revólver, pero tal vez esa no sea la mejor respuesta a tu pregunta. Lo siento, pero yo suelo desconfiar de esa palabra. La frase que seguía a la anterior en mi débito habitual es que la ética es el refugio de los canallas. Comprobado que en general los que hablan de ética son los que carecen profundamente de ella, que es como una manera de justificación o santificación de quienes no tienen ninguna santidad. Yo prefiero hablar de honestidad o de decencia. Un periodista tiene que ser decente, honesto. Tiene que hacer bien su trabajo pero eso no es ningún mérito: los zapateros también, y sin embargo nadie habla de la ética del zapatero. Así que desconfío un poco de esa definición e insisto, prefiero la idea de honestidad que consiste en estar tranquilo pensando que uno cuenta lo que pudo averiguar y que lo hace porque cree que es lo que debe contar. En última instancia, si hay una ética, se resume en eso.

¿Crees que haya cambiado ese concepto de ética, mejor dicho de honestidad?

No veo por qué puede haber cambiado. Me parece que da lo mismo que cuentes una historia en una hoja barrial, en un periódico nacional,  en un sitio web o en la televisión. Es contar lo que has podido averiguar y hacerlo porque crees que eso es lo que tienes que contar y ya.

Muchos creen que la falta de ética solo está en inventar un dato, mentir para entrar de encubierto a algún sitio. Creo que la falta de ética también está en quienes no contrastan bien sus historias o no comprueban que lo que su entrevistado dijo es cierto. En quienes hacen su trabajo a medias. ¿Crees tú que eso sería una falta de honestidad?

Sí, pero todo eso me parecen perogrulladas. Es curioso que haya que ponerle títulos rimbombantes al hecho de que uno hace bien su trabajo. Es como si contratases a un pintor y el tipo pinta la mitad de la pared y no entera, ¿le dirías ‘tiene un problema ético’?. Yo creo que no tiene un problema ético, simplemente no hizo su trabajo. Yo no lo llamo ética, yo lo llamo hacer tu trabajo decentemente. Me parece que ética es como una palabra rimbombante para decir una cosa mucho más simple: si vas a hacer tu trabajo, vas a hacer tu trabajo, y ya. La idea de ética diera la sensación de que uno no puede hacer el trabajo de distintas maneras, contando la verdad o parte de la verdad, o eligiendo lo que va a contar según sus intereses personales. Por eso digo que la idea de ética es engañosa en la medida en que supone que además de hacer el trabajo hay que tener un sentido ético. No, el sentido ético consiste en hacer tu trabajo y ya.

Hacerlo bien…

No, hacerlo, porque hacerlo mal es no hacerlo.

En Medellín mencionaste que la noticia más leída de ‘El País’ había sido “Los 14 errores que uno comete en la ducha”. ¿Crees que las listas son un ejercicio no ético del oficio? ¿O que ese mercantilismo también es falta de ética?

Yo creo que eso no es periodismo entonces no lo puedo juzgar en términos periodísticos. No lo estoy calificando diciendo que no es periodismo, estoy describiéndolo. Es entretenimiento vehiculizado a través de un medio, eso es todo. Es como si me preguntaras si las palabras cruzadas son buen o mal periodismo, no lo son. Lo que me impresiona es que eso sea lo que aparentemente el público pide. Entonces está el peligro o más bien la reacción de muchos editores de ofrecer al público lo que supuestamente le pide, que es este tipo de cosas. Por eso decía, bueno, si vamos a trabajar para el público estamos jodidos porque el público pide cosas como estas, miras las listas de más leídos de los medios y buena parte son material de entretenimiento. Por eso decía que hay que trabajar contra el público, no para el público.

Muchos historiadores critican al periodista polaco Ryszard Kapuściński porque dicen que él llegaba a exagerar detalles en sus historias para que sean más atractivas, más espectaculares. ¿Qué opinas de eso? ¿Hasta qué punto es válido que un periodista exagere un dato para que encaje mejor en su historia?

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Creo que no le reprochaban eso, le reprochaban que contara historias que no necesariamente había visto como si las hubiera visto, que las narrara como la podía haber narrado un testigo pero él no había sido testigo, sino que se lo contaron. Y a mí eso no me parece grave, me parece que cada uno tiene que tratar de contar las cosas que averigua de la manera que le parezca más interesante y más pertinente. El compromiso consiste en poder garantizar que lo que estás contando, sucedió. Que lo cuentes de una u otra manera ya es tu elección como narrador.

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Martín está terminando de escribir un libro que recopila una selección de sus artículos periodísticos, y reflexiones y relatos sobre el oficio del cronista. En él incluye incluye el tema de la verdad de una crónica. Habla de Kapuściński y la posibilidad de la recreación, de la opción de que el escritor “ponga en escena algo en cuya escena no pudo haber estado, que lo cuente como lo contaría un testigo que no pudo haber sido”. Martín cree que en el compromiso con la verdad debe primar el asegurarse de que todos los datos sean ciertos. No cree en la obligación del registro notarial.

Para explicar más su postura frente a ese tema específico, me comparte un extracto de su próxima publicación:

En Lugar común la muerte —uno de los dos o tres grandes libros de crónicas que se han escrito en América Latina en los últimos cincuenta años— hay un texto sobre la muerte de Saint-John Perse, a quien Tomás Eloy Martínez visitó agonizante en una casa al sur de Francia. Lo que cuenta ese texto es muy difícil de comprobar. El poeta antillano agoniza en una cama y Tomás Eloy entra en una atmósfera rarísima; nadie sabe cómo lo dejaron llegar hasta ahí ni por qué puede contar todo lo que cuenta, pero conozco pocos retratos tan bien hechos de una muerte. Esa historia, de la que probablemente la mitad sea lo que Tomás Eloy creyó captar o se le ocurrió, es mucho más verdadera que cualquier constatación de lo que a veces llamamos “verdad periodística”.

Y en el prólogo del libro hay un párrafo que quizá lo explica:

“Las circunstancias a las que aluden estos fragmentos son veraces; recurrí a fuentes tan dispares como el testimonio personal, las cartas, las estadísticas, los libros de memorias, las noticias de los periódicos y las investigaciones de los historiadores. Pero los sentimientos y atenciones que les deparé componen una realidad que no es la de los hechos sino que corresponde, más bien, a los diversos humores de la escritura. ¿Cómo afirmar sin escrúpulos de conciencia que esa otra realidad no los altera?”.

Todo depende de lo que entendamos por verdad. Si la verdad que nos importa recordar de esa tarde en la casa de Saint-John Perse es que llovía o hacía sol, si el té lo traía una señora vestida de verde o si era Coca-Cola y la traía un muchacho vestido de azul, entonces efectivamente Tomás Eloy Martínez mentía, Kapuściński mentía y yo miento. Si la verdad consiste en que entendamos qué está sucediendo realmente en el cuarto de Saint-John Perse o en un campo de refugiados en el Congo, en el caso de Kapuściński, ese tipo de minucia notarial es improcedente. Y yo creo que lo que importa es la honestidad del narrador. Que eso es lo que hay que buscar: ese compromiso que lo lleve a utilizar todos los recursos para transmitir ese lugar, esa situación, ese personaje de la mejor manera posible. Ahí está –si es que tal cosa existe– la verdad.

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El último caso sobre plagio, que creo es una forma de falta de ética, es el del escritor peruano Bryce Echenique. ¿Crees que lo que él hizo anula de alguna manera su trayectoria literaria? ¿Cómo calificas esta situación?

A mí me dio pena. Me pareció claramente el gesto de alguien que ha perdido un poco el control porque lo hizo muy torpemente. Uno puede cabrearse con alguien que intente engañarte de una manera muy sofisticada, pero con alguien que te intenta engañar de una manera torpe, tan fácil de descubrir, no te cabreas, te entristeces, sobre todo si es alguien a quien admiras como escritor que ha hecho cosas importantes. Y ese para mí es el caso de Bryce. En la forma contemporánea de circulación de la información era obvio que iban a terminar descubriéndolo, y él se comportó como si eso no fuera a ser así. No tomó en cuenta que estamos en mundo globalizado, que alcanza con tipear cinco palabras juntas entre comillas de una frase cualquiera en Google para saber dónde fue publicado eso. Por eso me da tristeza, porque es alguien que no consiguió pensar lo que estaba haciendo. Se ve que le faltaba, qué se yo, la astucia necesaria para querer hacer un daño en serio. Es decir esto fue un daño de niños, de decir “no estoy aquí, no estoy aquí” jugando (mientras el resto ve al niño). A mí me dio, sobre todo, pena, y sin duda me parece que eso no ensombrece para nada todo lo que escribió, sus libros y demás.

Hay mentirosos a quienes le salen las cosas bien, al menos por un tiempo. En 1991 y 1992, Nahuel Maciel plagió e inventó con astucia, largas entrevistas a Gabriel García Márquez, Carl Sagan, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti, que fueron publicadas en El Cronista Comercial, un diario argentino. Hace más de diez años que vive en Gualeguaychú -sureste de Argentina-, donde trabaja como periodista y editor del diario El Argentino. Eliézer Budasoff escribió un perfil brillante en Gatopardo de él, y existe un documental sobre su vida. ¿Qué opinas de este personaje?

Este personaje te cabrea más porque justamente lo hizo con éxito. Y él no tiene nada más que eso para sustentarse. Una cosa es un escritor del carajo que de pronto cae en la tontería, otra cosa es un muchacho que solo hizo tonterías, que solo hizo engaños. Y por otro lado este caso también te hace pensar en el wishful thinking de los editores que tenían demasiadas ganas de creerle. Hubo un caso parecido cuando fue la guerra de Irak. Una revista argentina editada por un par de amigos tenía, teóricamente, un corresponsal en Bagdad mientras estaban entrando los norteamericanos. El corresponsal les mandaba notas supuestamente desde Bagdad. Un día les dije ‘esto les debe estar costando una fortuna’ y me dijeron ‘no, nos cobra cien dólares por nota porque él está ahí por no sé qué’. Y yo decía ‘no puede ser cien dólares por nota, eso no te paga ni el taxi para ir a los lugares’, y me decían ‘no, sí, sí’ y les volvía a preguntar ‘¿ustedes chequearon bien, saben de qué se trata?’ y volvían a responder ‘sí, sí porque es un tipo que curucú que piribí’. Obviamente era un tipo que estaba en Buenos Aires inventándose todo, pero los editores tenían demasiadas ganas de creer que era cierto porque les servía tener un corresponsal en Bagdad en un momento en que esta ciudad era el centro informativo del mundo. Entonces también te remite a eso, a cómo ese wishful thinking de los editores consigue cerrar el círculo. No solo hay alguien que te engaña, hay alguien que quiere ser engañado, sino el engaño no funciona. Es que en esos casos quieres creer, te conviene creer, por eso no le aplicas los filtros más evidentes a estos reporteros.

Evidentemente existe una corresponsabilidad…

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Sí, que no es lo mismo. Una cosa es un tipo que inventa el engaño y otra cosa es el que es engañado. No es el mismo grado de responsabilidad pero si no hubiera quién quiera ser engañado, el engañador lo tendría mucho más difícil.

Volviendo a Maciel. ¿No crees que ahí hubo una celebración de la mentira? ¿Una premiación de su ingenio? El tipo es editor de un diario y tiene cierta fama, de mentiroso, pero fama.

A todos nos hace gracia una buena falsificación. Yo tengo una novela sobre eso, Valfierno, que es sobre un gran mentiroso argentino que falsificó la Geoconda a principios del siglo XX en París, y es un tipo muy celebrado. Una buena falsificación es algo que siempre nos da placer porque admiramos a aquel que de algún modo rompe eficazmente las reglas. Entonces en este caso también lo que pasa es que bueno, en algún punto ese encanto se rompe y queda el falsificador desnudo detrás y ahí es más difícil sostenerlo. Pero no lo conozco a Maciel entonces no sé cuáles son sus encantos particulares.

Maciel, además de ofrecer estas brillantes entrevistas con personalidades, era (o se hacía pasar) por Mapuche entonces era este personaje que de alguna manera representaba la reivindicación de su etnia…

En mi novela, Valfierno se hacía pasar por un marqués y conseguía acceso a círculos a los que no habría tenido si no hubiera sido marqués, ahora en vez de ser aristócrata parece que funciona mejor ser de alguna de estos sectores protegidos por su supuesta marginación.

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En 1980, Janet Cooke, reportera del Washington Post, publicó una historia sobre un niño de ocho años que se inyectaba heroína con la complacencia de su madre. Con su texto, Jimmy’s world, que conmovió a la sociedad estadounidense, ganó el premio de periodismo más prestigioso de ese país, el Pulitzer. La alegría y celebración del triunfo duró pocas horas. La presión de los jefes y de la Policía quien empezó a buscar a Jimmy, la hicieron confesar que su reportaje era inventado y que el niño de ocho años, existía solo en su imaginación. Janet falló a la ética periodística pero, al final, la ética la derrotó.

Su historia, como la de otros que han inventado contenidos, indigna y conmueve a la vez. Y los afectados por estos textos inventados también suelen reaccionar de distintas maneras. Uno de los periodistas  y escritores que tuvo, quizás, más entrevistas falsas durante su vida, fue Gabriel García Márquez. En “Mi otro yo”, un texto de sus notas de prensa en 1982, escribe sobre las supuestas conversaciones que concedió, eventos que asistió, charlas que dictó, encuentros de literatura que moderó. Gabo se ríe -quizás con ternura, quizás con un poco de indignación, quizás con algo de ambas- de cómo los periodistas han inventado cada cosa sobre su vida, su pensamiento, su postura frente a determinado tema. El escritor colombiano, sin embargo, celebra la genialidad de algunas de estas piezas falsas porque muchas veces son mejores respuestas que las que él pudo haber dado, o porque el periodista parece conocerlo demasiado, incluso más de lo que él mismo se conoce.

…la mejor entrevista mía que se ha publicado hasta hoy, la que expresaba mejor y de un modo más lúcido los recovecos más intrincados de mi vida, no sólo en literatura, sino también en política en mis gustos personales y en los alborozos e incertidumbres de mi corazón, fue publicada hace unos dos años en una revista marginal de Caracas, y era inventada hasta el último aliento. Me causó una gran alegría, no sólo por ser tan certera, sino porque estaba firmada con su nombre completo por una mujer que yo no conocía, pero que debía amarme mucho para conocerme tanto aunque sólo fuera a través de mi otro yo.

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Un periodista ecuatoriano inventó una entrevista contigo -agarró extractos de otras entrevistas y falseó un par de preguntas-, ¿te había pasado antes este tipo de inconvenientes con periodistas?

No tan radicalmente porque en este caso fue muy brutal, quiero decir, no me acuerdo bien los detalles pero recuerdo que este hombre armó una entrevista que no había hecho, eso es un poco extremo. Por supuesto, siempre pasa que periodistas recogen mal lo que digo, lo citan mal, lo cortan donde no deberían y te hacen decir cosas distintas. Eso es como una de las características más habituales de la profesión. Pero es otra cosa, una cosa es contar imperfectamente algo que sucedió y otra inventar algo que nunca sucedió.

¿Recuerdas cómo te sentiste?

No mucho. Yo lo que hice fue decir en Twitter que me había llegado una entrevista de alguien que no me había entrevistado y ahí fue cuando desencadenó la cuestión. Pero, una vez más es esta tontería de la que hablábamos con respecto a Bryce, que era obvio que de algún modo me iba a enterar que eso se había publicado. Existe Google Alerts, uno se entera de lo que a uno lo hacen decir por ahí. Aunque creo que ahí también hay una especie de disparidad un poco injusta que es que para mí fue un episodio de tres cuartos de hora de mi vida y para él es algo bastante fuerte. Tengo un recuerdo menor, tampoco es que me haya hecho algún perjuicio en particular, yo lo comenté porque me parecía curioso, me parecía un poco ridículo. Además mi primera sensación fue de ridículo, pensé ‘por qué alguien puede querer inventar que me entrevistó’, inventate que entrevistaste al emperador Hirohito pero a mí, ¿para qué?

Quizás quiso tener la primicia de una entrevista con un escritor argentino respetado, qué sé yo, esa pelea entre los medios tradicionales de quién golpea a quién se mantiene, de quién publica el contenido diferente, el personaje…

Pero yo no soy nadie que te vaya a dar una primicia. Él me había pedido la entrevista pero lo que pasa que yo en esa época estaba de viaje o estaba ocupado, me mandó uno o dos mails. Yo no pude hacerlo. Es como si hoy tú y yo no hubiéramos hablado, y mañana dices bueno ya me cansé de esperar, la hago igual.

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Todos los escritores tienen un ‘otro yo’. Maestros como Gabo disfrutaban de la genialidad de las falsas entrevistas bien hechas. Otros, como Eduardo Galeano, se tomaban la molestia de encontrar a quien falseaba conversaciones y de revelarlo públicamente. Ese ‘otro yo’ de las grandes plumas siempre empieza en secreto, pero al final, casi siempre, es descubierto.