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Durante cincuenta y dos años, la Fundación Charles Darwin (FCD), en las Islas Galápagos, estuvo dirigida por biólogos que sabían mucho de biodiversidad y conservación, pero muy poco de administración y finanzas. En este tiempo, la organización que dirige la estación científica más importante del archipiélago -lideró la repatriación de las tortugas gigantes y el programa de erradicación de especies invasoras- no diseñó un sistema de financiamiento sostenible. Cada año empezaba casi desde cero, armaba su plan operativo y salía a buscar donaciones por el mundo para poder ejecutarlo. En ocasiones, canceló proyectos porque los fondos recaudados eran insuficientes, en otras, las donaciones no alcanzaban para pagar a tiempo servicios básicos o sueldos al personal administrativo. Si la fundación fuese  un animal endémico de las Islas, ya se habría extinguido por su incapacidad de adaptarse, es decir de generar otras fuentes de ingresos.

Recién en junio del 2011, la FCD tuvo su primera señal de evolución: el alemán Swen Lorenz se convirtió en el primer no biólogo, experto en administración y negocios en asumir la dirección ejecutiva. Lorenz dice que ese y el siguiente año se dedicó a saldar deudas y a desarrollar estrategias para no depender exclusivamente de los donantes, cuyos aportes representan el 80% del presupuesto anual. El nuevo director consideró que la creación de una nueva tienda de souvenirs -un proyecto de la anterior administración- podría ayudar a la fundación en ese propósito. La tienda abrió en abril del 2014, pero tres meses después fue clausurada porque no tenía una licencia de funcionamiento expedida por el Municipio de la isla -y cantón- Santa Cruz. Cuando la FCD tramitó el permiso, el alcalde dijo que no se reabriría el local hasta que la Fundación llegue a un acuerdo con los artesanos de la isla. Los comerciantes santacruceños alegaban que el nuevo negocio de la FCD los dejaría sin clientela, porque ofrecía productos de alta calidad -como los chocolates República del Cacao o las artesanías de Cerámica Vega- con los que ellos no podían competir. La última semana de noviembre del 2014, la FCD anunció, en un boletín de prensa, que corría el riesgo de cerrar y que la clausura de la tienda era una de las causas. La noticia se regó en medios nacionales e internacionales: según esos reportes de prensa, el Estado ecuatoriano bloqueaba a la institución.

Eso es una simplificación que desconoce que la FCD atraviesa una crisis mayor. “Yo nunca dije que el cierre de la tienda era el único problema económico”, dice Lorenz, vía Skype desde Londres, donde estuvo la primera semana de diciembre buscando nuevas donaciones. 

La crisis real -y más profunda- de la que habla Lorenz no tiene un punto de inicio muy claro ya que durante décadas la fundación ha tambaleado financieramente. Sin embargo, en 2011 -producto de la crisis mundial- varios donantes recortaron sus aportes. Felipe Cruz, ex subdirector de la FCD y actual miembro de su Asamblea General -la más alta autoridad de la FCD-, dice que otro factor fue la creación de más organizaciones y fundaciones en Galápagos. En los años sesentas y setentas, la FCD recibía todas las donaciones del extranjero porque era la única en el archipiélago en el  que Darwin se inspiró para escribir El origen de las especies. En la década de los noventa, se crearon los FOGOS (The Friends of Galapagos Organizations). Este grupo tomaba los datos de los visitantes a las Islas, y les enviaba una carta preguntándoles si querían apoyar a la conservación del Archipiélago. El sistema funcionó y financió a la FCD durante años hasta que este dinero a repartirse entre las demás organizaciones que se instalaron en las islas, con las que la FCD comenzó a competir por el mismo grupo de fondos. “Esto no solo significaba recibir menos plata sino que creó confusión a los donantes internacionales sobre a quién dar el dinero”, dice Cruz. La Fundación no se adaptó al nuevo ecosistema, poblado de otras organizaciones que buscaban nutrirse de la misma cantidad limitada de recursos. La FCD podrá ser la organización no gubernamental más antigua y conocida del archipiélago, pero no ha sido la más dinámica.

Depender únicamente de donaciones es una estrategia complicada. Cuando son fondos grandes, los donantes suelen elegir en qué invertir. Muchas veces, no quieren que su dinero se utilice para cuestiones administrativas, como secretarias, personal de recursos humanos, o servicios básicos. Pero esos gastos no representan poco dinero. Por ejemplo, la FCD paga tres mil quinientos dólares mensuales por una conexión básica de Internet.

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Otro gasto que la mayoría de los donantes no está dispuesto a cubrir es el mantenimiento de las colecciones. En las instalaciones de la FCD en Santa Cruz se guardan noventa mil ejemplares de la biodiversidad de Galápagos (plantas, vertebrados e invertebrados). Es la colección más importante de este tipo en el mundo. Allí hay decenas de holotipos, las primeras muestras que se recolectan y sirven para describir una nueva especie. Su mantenimiento cuesta cuatrocientos mil dólares por año. La nueva tienda se construyó, precisamente, para cubrir los gastos que los donantes no están dispuestos a solventar. El gift shop se suponía era el salto evolutivo de la Fundación para perpetuarse, pero -como en un proceso de selección natural- esa apuesta podría terminar en su desaparición.

La reapertura de la tienda de souvenirs es más complicada de lo que debería ser. La FCD no había incluido artesanías en su tienda porque la Ley Especial de Galápagos prohíbe a las organizaciones, instituciones públicas y fundaciones, vender productos fabricados por artesanos, para evitar que la intermediación los perjudicase. El Municipio ha pedido a la Fundación que llegue a un acuerdo con ellos, y en septiembre del 2014 Lorenz firmó un convenio con la Junta Nacional de Defensa de Artesanos, en el que se comprometió a alquilarles setenta metros cuadrados del local para que vendan sus productos -basados en los estándares de calidad de la Fundación- de forma independiente. A cambio, la Junta se comprometió a donar un porcentaje de sus ganancias a la FCD. El problema es que los artesanos no están unificados en una sola organización, tienen conflictos entre ellos, y la agrupación local insiste en oponerse a la reapertura. Patricia Guerra, vicepresidenta de la junta directiva de la FCD, asistió a las últimas reuniones con los artesanos disidentes y la municipalidad, y dice que aún no llegan a un acuerdo. El asunto, dice preocupada, es que en una fundación sin fines de lucro cada dólar cuenta: cada día que el local permanezca cerrado aumenta el riesgo de que se cierre la fundación. Además, la reapertura ha sido condicionada a que la tienda venda únicamente productos propios -con sello FCD- y no de marcas externas a las islas. Lorenz había armado esta estrategia de financiamiento con marcas ecuatorianas de alta calidad para que sirvan de “embajadoras del país”, pero con las nuevas exigencias de la municipalidad, tendrá que cancelar esos convenios. La tienda, planteada como parte de la solución, ha sido el germen de nuevos problemas.

Las protestas de los artesanos se habrían evitado si la FCD tuviese una mejor relación con la comunidad galapagueña. El biólogo Daniel Orellana trabajó en la fundación desde el 2011 y creó el departamento de Sistemas Humanos. “Al principio fue difícil porque fui el primer científico ecuatoriano que iba a hablar con las asociaciones, la municipalidad, Consejo de Gobierno, pero luego la relación mejoró porque se dieron cuenta que mi interés por ayudar era real”. Cuando Orellana dejó la fundación, su departamento cerró por falta de recursos y, hoy, no existe ese vínculo directo entre los científicos y los galapagueños. El biólogo teme el cierre de la Fundación porque significaría el fin de la investigación independiente y objetiva en la islas, que ha sido indispensable para conservarlas.

Además de crear una estrategia de financiamiento sostenible, la FCD necesita continuar con la estrategia que implementó hace pocos años en la que propuso una serie de investigaciones “de interés nacional” para tener más apoyo del gobierno. Una fue el control de una especie invasora que estaba matando el manglar, y otra la de una mosca que amenaza a la extinción de dieciséis especies endémicas de aves. Con el Estado también hay que renovar el Convenio de Cooperación que se firmó en 1959 y se actualizó en 1991, y sigue vigente. Este tiene detalles tan obsoletos como que el Ministerio de Educación dotará de fondos a la fundación para investigación. El convenio debe renovarse en 2016 y la idea es que, entonces, se planteen acuerdos que puedan beneficiar a ambas partes. Cruz propone que el Estado asuma el costo del mantenimiento de las colecciones ya que son un tesoro nacional y representan un alto porcentaje del exiguo presupuesto anual de la FCD. Dice que una estrategia para captar más donantes es trazar líneas de investigación con temas de interés global como, por ejemplo, el cambio climático. “Galápagos podría servir como el termómetro del mundo y la Fundación podría desarrollar ese importante trabajo científico”. La FCD como muchos animales endémicos de las Islas, parece tener otra oportunidad para adaptarse a su medio. Solo necesita priorizar sus necesidades y así sobrevivir.

A pesar de que Lorenz desmiente que la FCD está a punto de cerrar, la situación económica es crítica. A finales de 2014, su departamento de comunicación también ha sido desmantelado. Cruz cree que es necesario que los ecuatorianos y el Estado reconozcan el valor que tiene. Hace dos semanas, Arturo Izurieta, director del Parque Nacional Galápagos, dijo que las Islas necesitan la Fundación. “Necesitamos  el vínculo con la comunidad científica que nos proporciona asesoramiento científico de primera clase”. La Fundación ha iniciado una campaña mundial para recaudar fondos. Las Islas Galápagos se sostienen, en su gran mayoría, por el turismo. Los visitantes -en el 2013 fueron más de doscientos mil- no llegan al archipiélago por sus aguas transparentes o sus playas, sino por su unicidad. La conservación del endemismo de especies se ha logrado, en gran parte, por el trabajo de la FCD. Así, esta ha sido y es una parte importantísima de las Islas.

Si la Fundación se extinguiese, Galápagos entraría en un proceso de desequilibrio. En un ecosistema tan frágil como el del archipiélago, la desaparición de uno de sus organismos representa el inicio de una desafortunada reacción en cadena. Sin la FCD se perdería el rigor de la investigación científica, y las islas podrían caer en la deriva de las coyunturas políticas o turísticas -que, muchas veces, coinciden en intereses-. Salvar a la Fundación Charles Darwin es, en gran medida, salvar a las islas. 

Bajada

La emblemática estación científica de Galápagos tiene el mismo problema económico desde hace cinco décadas: la dependencia de los donantes.