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En Elogio de la sombra, Borges dice: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)  /puede ser el tiempo de nuestra dicha / El animal ha muerto o casi ha muerto”. ¿Podría esta frase sentenciar Silencio en la Tierra de los sueños, película de Tito Molina? La longevidad como un canto a la soledad, como una evocación a la belleza del espacio que deja consigo la ausencia: un sinónimo de paz, el puente entre lo onírico y la quietud. Así se estructura narrativamente la obra de Molina, que no repara en las nociones cinematográficas habituales de ritmo y que, arriesgadamente, apuesta por reducir al máximo la palabra hablada de los personajes que la habitan.

Difícil responder  en pocas líneas a la pregunta de la que no podemos escapar al salir del cine: ¿sobre qué trató la película? El espectador se ha quedado absorto ante la ausencia de sonido, la pantalla le ha mostrado la historia de una anciana viuda que mantiene el recuerdo de su esposo escuchando boleros de cantantes de esquina en su pueblo costero de calles polvorientas.

Partiendo de esa premisa, tendríamos una trama tentadora para cualquier película ecuatoriana costumbrista, pero esto es algo de lo que este filme huye con suficiencia. Tito Molina se vale de un cuidadoso manejo de estas postales folclóricas y las muestra como un añadido mediante el que se puede circular en dos tiempos, pues ella evoca su pasado y presente mediante códigos sonoros y visuales: el bolero y el mar.

Sin embargo, no estamos ante una película silente. Aquí el personaje principal calla porque el lenguaje se configura a partir de los detalles y de su entorno, sobran palabras cuando la tensión de la omisión de sonidos conforma “un todo”. El mar es silencio, el silencio a su vez es una pausa temporal impredecible. Se prefiere el sueño antes que la realidad, como un estado de limbo. ¿Cuál es el sonido de la monotonía? Tal vez sea el de un televisor a todo volumen con La Tremenda Corte de Tres Patines, el sonido de los cubiertos y el agua que hierve, un perro que aparece repentinamente e irrumpe la soledad de la anciana.

Cada detalle sobre la rutina en esta película cuenta, sugiere algo, suma y nos da la sensación de cercanía con el personaje principal. Cuando Cokie aparece, existe el acuerdo tácito y mutuo de acompañamiento entre él y la mujer que lo contempla por la ventana, su fidelidad y cercanía. El perro y ella comparten incluso aquellos instantes que se han presentado como sagrados, como el momento de las oraciones.

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El mar como símbolo surreal e infinito cumple un papel fundamental en la película, es la geografía del sueño para la anciana y también para el perro. Esos sueños que los muestran siempre en la playa, al pie del mar, son también una escapatoria, sobre todo cuando añorar cansa. La banda sonora marca de manera pronunciada estos dos estados: el bolero para la evocación y el recuerdo, Beethoven y DeBussy para los delirios y estados del sueño. La fotografía no deja debiendo nada en lo absoluto, con enormísimos planos que saben proyectar muy bien el sentido y la inmensidad del mar.

Ante etiquetas convencionales esta película podría ganar el apelativo de “lenta”, tan  banal como asegurar que toda la música clásica es aburrida. La ancianidad es una etapa de otro ritmo, el montaje del filme es un acercamiento a ello, una traducción de lo que significa llegar a esa etapa del ser humano bajo determinadas circunstancias. Sí, se trata de una película difícil de ver, pero no porque  su línea argumental sea compleja, sino porque es  muy  inusual el uso de este recurso sonoro y la quietud en las películas ecuatorianas.

Silencio en la tierra de los sueños asume riesgos porque no se vende como una película ecuatoriana más sobre drogas o narcohistorias, tampoco apuesta por el folclor. Estamos ante una película sobre el ser humano y el poético declive por el que transcurre en su vejez.