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Un comentario mínimo a la antología poética de Antonio Gamoneda, premio Cervantes de literatura 2006

[La maceta que quiere ser jardín]

Escribir sobre un poemario no es tarea fácil. El obstáculo más grande para su abordaje es ese que, anunciándonos una caída inminente, nos tienta a decir en cinco líneas y de forma mínima lo que está dicho en dos versos y de forma extensa. Esto ocurre porque la ontología del lenguaje poético es la expansión constante y, en cambio, la de la crítica es la lucha contra el propio empequeñecimiento. Con esto quiero decir que no existe un trabajo poético mínimo, pero sí una crítica mínima. Hay una dimensión de resonancias y de sombras, de conceptos y de luces, al interior de la mirada poética con la que la crítica sólo puede aspirar a dialogar. Si, como dice Ernesto Carrión recordando una sentencia de Miguel Donoso Pareja, no hay mala poesía, sino sólo poesía y aquello que no lo es, entonces estaremos de acuerdo con que resulta inevitable sentir que se está haciendo algo inútil cuando se escribe sobre un poema; que, involuntariamente, se está empobreciendo un lenguaje que no necesita de comentarios agregados porque un poema se dice a sí mismo. Un poema se es en su palabra incluso cuando sabemos que ésta se extiende fuera de sí misma. El problema de un acercamiento crítico, entonces, es el de su limitación, su pequeñez, ante la articulación poética.

[La lluvia]

Los animales blancos (Fondo de Animal Editores y 5ta Avenida Editores, 2014), antología de la obra de Antonio Gamoneda -poeta español, ganador del Premio Cervantes en 2006, quien visitó el país hace un par de semanas- está compuesta por un conjunto de poemas que quiebran el cuerpo de su palabra y se abren para (re)construir el caos previo a la conciencia del dolor. Es por eso que, en el prólogo de la antología, Carrión dice que parecería que los versos de Gamoneda son anteriores a la poesía misma. Detrás de esta aseveración creo hallar mi propia lectura del poemario (y con esto no quiero endilgar mis palabras a Carrión; es posible que él quisiera decir otra cosa); entiendo, sin embargo, los poemas escogidos para la antología como si fueran los retazos de una mirada poética primigenia, delicada y aguda; una poesía del rostro, del fuego, de la luz y las tinieblas, de la belleza y la orina; de las intuiciones primeras de la experiencia de lo humano. Así, la voz del poeta nos lleva por la noción más clásica del bien: “Pero la luz/ es causa mortal. Herido/ de transparencia, mi/ corazón se oculta en la belleza”; por las tinieblas: “Oigo al ciego ruiseñor/ del invierno. Silba. Está/ creando luz entre el ramaje oscuro”; por lo sagrado: “Descubríamos líquidos cuya densidad pesaba sobre nuestros/ deseos y aquellos lienzos y las escamas que conservábamos/ de las madres se desprendieron de nosotros: atravesábamos las creencias”; por la identidad y el reconocimiento: “Era un país cerrado; la opacidad era la única existencia”, “Es aquí donde el miedo ve la fuerza de tu rostro: tu realidad en la desaparición”; por el daño: “Reconoced mi lentitud y el animal que sangra dulcemente dentro de mi alma”; por la claridad y la necesidad: “Yo vi la luz de la inutilidad”, “Háblame para que conozca la pureza de las palabras inútiles”; por el miedo: “No hay salud, no hay descanso. El animal oscuro viene en medio de vientos y hay extracción de hombres bajo los números de la desgracia”; por lo irrevocable: “Esto era el destino:/ llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua”; por la violencia y el eros: “Eres bello y horrible./ Tú me induces al adulterio con cuerpos desollados/ y a la fornicación sobre la púrpura”; y por la memoria: “¡Cuánta niñez bajo los párpados!”. La fuerza de las observaciones poéticas de Gamoneda, de sus intuiciones del mundo y de lo humano en sus facetas más corporales y, a la vez, más metafísicas, es lo que lo hace una de las voces más potentes de la poesía hispánica.

[Las manos]

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La selección misma de los poemas conforma una composición nada azarosa, por lo que pasearse por Los animales blancos es ir caminando de la mano de la lectura que Fondo de Animal y la 5ta Avenida nos proponen. No se trata sólo de una antología que recoge algunos poemas de los poemarios más emblemáticos de Gamoneda, sino de un libro con un sentido propio. Ese es, debo decir, uno de los logros de esta edición. Además, la calidad del libro como objeto está al nivel de lo que Fondo de Animal nos ha entregado hasta ahora: un gramaje de papel cómodo para el lector, un diseño reconocible y atractivo, un trabajo de edición impecable, etc. Vale la pena mencionar estas cuestiones porque son pocas las editoriales nacionales que prestan especial cuidado a los oficios del libro, así que cuando una lo hace hay que reconocérselo.

[La tierra]

Los animales blancos se integra a la Colección Ave Roc de Fondo de Animal que, además, ha publicado a Marosa di Giorgio y a Ernesto Cardenal. Creo que vale la pena hacer un paréntesis para decir que Fondo de Animal es, quizás, la editorial más interesante del panorama literario guayaquileño actual y que su catálogo está formado por grandes nombres de la poesía contemporánea como Raúl Zurita, José Jozer, Charles Bernstein, Victoria Guerrero, entre otros. Adquirir uno de sus libros genera, al menos en mí, una automática sensación de seguridad respecto a la calidad de lo que leeré. Esto dice mucho de su trabajo editorial.

[La exhibición del ramaje]

Los animales blancos recoge una poesía de los sentidos que va hacia el fondo de la experiencia. Arropa y desarropa. Reduce y estalla. Es reconstrucción de la memoria vivida y de la percepción que rompe el claustro de la mirada. De este modo se construye la libertad: con los hierros de la jaula, hacia afuera.

Comparto uno de mis poemas favoritos de Los animales blancos:

El animal perfecto es feliz en los claustros y su lengua es melodiosa en el llanto.

Es feliz en la noche: entra en hembras amarillas que lloran sobre la nieve,

hembras amarillas entre los colectores y las tumbas.

Paz en mis ojos.

Veo el cal del corredor sin habitante (aquel anciano que describía suavemente su muerte).

En otros días, grandes en otra luz, del corredor desciende un torrente de lilas (de éstas, algunas son blancas y su perfume no nos pertenece),

la hierba aumenta ante las ménsulas (en otros días, los que suceden a la lluvia y son verano en las higueras hondas, sombra de tábanos azules roncos en su escritura transparente)

y huyen claras serpientes (las desovadas en letrinas fértiles, altas sobre las más lentas, las que agonizan en las uñas del animal perfecto).

Aquí, en los patios eclesiásticos, he mirado el fluir de los pájaros

y ahora es sábado en la nieve.

Paz en las tapias inmóviles. Hay noticias de monjes giratorios, altos in la imbecilidad hasta encontrar a Dios en la mirada del lagarto y en el olor de la adormidera;

paz en el balcón del miedo (esa quietud que hienden los gemidos): ya se producen las desapariciones y se vacía el corazón.

Está vacío, ciertamente, el corazón ante este patio en la noche

y la memoria de otros días, lentos en las sustancias que eran rencor en la dulzura (negra en la boca de los amantes, negra en las axilas de las madres), cesa

y cae Dios (máscara antigua; no de ese hueco de tu corazón sino del que hay delante de tu rostro).

Nada es veloz en tu memoria salvo los ojos del suicida, el que encendía árboles con sus manos expertas en la pobreza y en la ira;

nada es verdad y los presagios atravesaron en vano tus oídos, ah miserable ante la nieve.

Baja a la eternidad de las letrinas blancas hasta que sientas el silencio y su pureza te confunda,

oigas campanas y el huracán de las alondras,

veas el rostro inútilmente amado.

Has llegado al gran sábado de la vida.

En la blancura avanza el animal perfecto, ávido en la quietud, con su brasa amarilla.

Cesa en su llanto melodioso y, suavemente, orina.