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“Esta línea sucede porque tú la miras”.

Juan Villoro

 

Juan Villoro es un escritor generoso. Es capaz de sacrificar sus veinte minutos de descanso entre una y otra entrevista para conversar con una periodista que aparece por casualidad, le dice que escribe crónicas y que admira su trabajo. El 26 de noviembre del 2014, Juan Villoro llegó temprano a la FIL para dialogar con los periodistas que sí consiguieron una entrevista, una tarea difícil para los medios no tradicionales. Yo, en cambio, salía de la biblioteca de la Casa de la Cultura. Ni me imaginaba que después de unos minutos, el propio Villoro me diría con acento mexicano: “¿Y por qué no me entrevistas ahorita?”. La joven rubia que manejaba la agenda, empalideció. Villoro la miró y le dijo: “Aún hay tiempo”.  

Recordé entonces una de sus frases en Espejo retrovisor, el libro que tenía en la mochila:  “En el espejo las historias están más cerca de lo que aparentan”. Me bastó asomarme para encontrarla. Tuve que mirar por el espejo retrovisor de mi memoria y encontré su teoría de que la crónica es el ornitorrinco de la prosa, su nombre en todas las compilaciones de periodismo narrativo, una gran entrevista que le hizo Diego Enrique Osorno para Gatorpardo, el texto que escribió sobre su padre el filósofo, y –cómo no–  los cariñosos comentarios que he escuchado de maestros que lo citan en sus talleres: el colombiano Alberto Salcedo Ramos, el peruano Julio Villanueva Chang, el argentino Diego Fonseca.  

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Mientras nos sentábamos a una mesa en el espacio asignado al Fondo de Cultura Económica, que lo trajo a la FIL, sacó un libro negro de su mochila: Safari Accidental, una recopilación de crónicas de viajes, de música, de literatura, que editó la Universidad de Talca (Chile, 2013). Esa edición –que olía a nuevo– no estaba a la venta en la Feria. Escribió su dedicatoria: “Para María Fernanda Mejía, compañera en la aventura de narrar la realidad”. Villoro es doblemente generoso: entrevista y libro.

Aproveché  los veinte minutos para preguntarle sobre lo que él hace tan bien: la crónica. Villoro ha creado una teoría para entender mejor un género complejísimo.  “Si Alfonso Reyes dijo que el ensayo era el centauro de la prosa –porque era como una animal mitológico hecho de dos componentes: la narración y la argumentación– yo pienso que la crónica merece una mascota más complicada, el ornitorrinco, que parece muchos animales”. Para Villoro, la crónica tiene la posibilidad de ser muchos géneros a condición de no ser ninguno de ellos. Y, además, reconcilia al periodismo y a la literatura. “El prejuicio que veía al escritor como artista y al periodista como artesano resulta obsoleto”, dice en su teoría sobre el ornitorrinco.  

A Villoro le interesa lo que pasa en la realidad. Dice que hay personas que escriben porque creen saber cosas, o porque ya saben y las explican a través de su texto. En cambio hay otros, como él, que escriben para averiguar cómo y por qué suceden las cosas. Él se inició en la escritura a través del cuento, cuando tenía quince años, pero a mediados de los ochenta descubrió que la crónica le daba la posibilidad de explorar zonas distintas de la realidad. “Además, era un pretexto para entrevistar a los personajes, para ir un festival de rock, para ser acreditado en un campeonato mundial de fútbol”, sonríe. Pero también para hablar de cosas más severas. En su crónica Los convidados de agosto (1994) describe al subcomandante Marcos, líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), como un superhéroe encapuchado. A Villoro le asombra la capacidad de un hombre sin rostro para movilizar a miles.

Sus textos pasan de los conflictos sociales a la intimidad familiar. Una de sus mejores crónicas es sobre su papá, Luis Villoro Toranzo, filósofo, catedrático y consejero ideológico del subcomandante Marcos. En Mi padre el cartaginés, Juan  cuenta que Luis desaparecía de casa para irse a Chiapas. Sobre estos episodios, el hijo del asesor intelectual del líder insurgente, escribió: “Una semana transcurre sin que podamos localizarlo. Regresa con fiebre y se recupera con una terapia que ha perfeccionado a sus ochenta y ocho años: se acuesta durante tres días y mastica aspirinas”. Su padre entregó su intelecto a las causas del movimiento indígena. Quizá de él heredó Juan esa generosidad. Villoro dice que su padre le dio una doble educación, como hijo y como maestro. Cuando el joven Villoro estudiaba sociología, su papá había diseñado los planes de estudio con los que cursó su carrera universitaria en la facultad de Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma Metropolitana.

¿Cómo se siente escribir sobre el padre?, le pregunté. Es difícil. “Los padres importantes suelen ser padres ausentes. Es una ley de vida”.  Al escribir acerca de Villoro, filósofo y padre, padre y filósofo, Juan podía caer en dos extremos: el de la idolatría o el ajuste de cuentas. Sin embargo eligió el camino del afecto y la reconciliación. Ahora está preparando un libro sobre él. Dice que escribir es una manera de construir el afecto, el lugar desde el cual uno decide querer a las personas.

Entre esos afectos, está el  escritor guayaquileño Miguel Donoso Pareja, quien  fue su primer guía en el campo de la literatura y a quien dedicó un homenaje en la FIL. Villoro lo conoció a los quince años cuando se inscribió en su taller en la Universidad Autónoma de México (UNAM). “Me presenté de manera intrépida”, cuenta el escritor que ganó en el 2004 el premio Herralde con su novela El testigo. Donoso le tomó cariño por ser el más joven del grupo, era una especie de mascota del taller. “Yo me pregunto qué hubiera pasado si a los quince años yo llego con un tallerista cruel, que rompe mi cuento en frente de todo el mundo, me dice que yo soy un estúpido, que no tengo ningún talento. Probablemente, ahora sería diputado, lo cual sería muy triste para mí y para mi país”, dice con simpatía.

Las historias que encuentra en la calle también le dan ideas para sus cuentos.  Le pregunto cuál es la diferencia entre realidad y ficción. Me dice que está entre lo verificable y lo inverificable. “La crónica tiene que ser verificable”, aclara. No se trata de una diferencia entre la verdad y la mentira, porque la ficción también es algo que pasa en la realidad.

Algunos cuentos, dice, son inspirados en personajes de la realidad. Forward Kioto, uno de los más recientes, habla sobre el fin de un oficio: el laboratorista de la fotografía, que hasta hace unos veinte años tenía una importancia casi pontifical. Dedica este relato a la fotógrafa Graciela Iturbide. Habla también de Mariachi, un cuento publicado en 2007, inspirado en una reflexión que surgió de una entrevista que vio en televisión con un actor porno, que admitía que el pene que mostraban en la película no era propio, sino una prótesis. El cronista mexicano se preguntó cómo sería la relación de un actor como este con el mundo. Se supone que es una especie de gran atleta del sexo, pero todo es un invento del cine.

El escritor y cronista mexicano, el ex alumno de Miguel Donoso Pareja e hincha del Necaxa (igual que Don Ramón), me despidió con un abrazo, cuando la relacionista pública le dijo que ya era hora de terminar. Mis veinte minutos con Juan Villoro se habían acabado. Me fui con el libro en la  mano, pensando en una frase suya: “un libro solo adquiere auténtica existencia al ser leído, del mismo modo en que un espejo –que juzgamos insomne– sólo despierta cuando alguien se asoma a él”. En la obra de Villoro encontramos un espejo al que asomarnos, y vemos que existimos porque él nos lo ha explicado.

Bajada

Un breve diálogo con el escritor mexicano sobre el arte de entender la realidad, los afectos y la escritura