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¿Por qué no puede un niño (o una estatua) betunarle los zapatos a un alcalde?

¿Qué diferencia a Vladímir Ilich Lenin de un socialcristiano como Jaime Nebot?

Lenin entendería por qué no puede un niño (o una estatua) betunarle los zapatos a un alcalde; Nebot, no. Lo que subyace en esa diferencia son las herramientas teóricas de las que cada uno dispone para comprender las dinámicas sociales. Una de esas herramientas –que Lenin tiene y Nebot no– fue denominada por Marx el “fetichismo de la mercancía”. Lo importante de ese término es que nos permite explicar cómo opera la ideología en el sujeto. Y, consecuentemente, cuándo se producen cortocircuitos.

Pongamos un ejemplo: un marxista que entienda el “fetichismo de la mercancía” no va a intentar explicar a ciertos ciudadanos-consumidores que detrás de una botella de agua existe toda una estructura de producción y dominación (de capitalistas que son dueños de empresas y de trabajadores que están –desde la teoría marxista- participando en unas relaciones económicas que los “explotan”). Un marxista que entiende el concepto no argüiría eso. Al contrario, diría a los consumidores algo así: “Ustedes son lo suficientemente astutos como para saber que detrás de esa botella de agua existe toda una estructura de producción y dominación; lo saben muy bien. Pero en la práctica actúan como si no existiera: actúan como si la botella tuviese una suerte de existencia propia, individual, fantasmática”. Un consumidor en una economía capitalista, para Marx, actúa como si cada producto que consume tuviese vida propia, aunque sabe que no es así.

Para Lenin y Marx, este tipo de explicaciones llevarían a ciudadanos-consumidores a reflexionarse como tales. Produciría en ellos un cortocircuito en su registro simbólico, cambiando el modo en el que entienden su cotidianeidad. Para algunos autores más contemporáneos, este cortocircuito es lo que subyace a todo acto político y lo que explica la militancia.

Lenin hubiese entendido que la clave no es decir lo que todos ya saben sobre la botella, sino subrayarlo desde otro ángulo. Así, donde Nebot ve una foto de una estatua de un niño que le limpia los zapatos, Lenin ve un dispositivo que lleva necesariamente a un cortocircuito.

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Lenin le daría a un socialcristiano como Nebot una explicación de este tipo: Sí, todos sabemos que existen niños betuneros, y que es un oficio que data desde hace muchos años. La 9 de Octubre, una de las calles con mayor circulación de Guayaquil, está llena de ellos. Es poco probable que algún guayaquileño no haya visto nunca a un niño betunero, así como es poco probable que no haya visto a alguno ser retirado de zonas regeneradas. Sabemos también que no solo no es una situación ideal que se vean obligados a trabajar, en tanto se interrumpe el ejercicio pleno de sus derechos de estudio y de ocio (sí, la recreación también es un derecho), sino que la naturaleza de tal trabajo los mantiene en constante contacto con adultos desconocidos y sin ninguna supervisión; es decir, se exponen a que otros derechos más sensibles –como su seguridad– puedan ser vulnerados.

Y concluiría con algo así: Aquí el cortocircuito ocurre cuando una autoridad de gobierno –que ha sido alcalde de la ciudad desde hace catorce años– ocupa el lugar de uno de esos adultos. Así, el reproche se dirige hacia la idea de un funcionario público que decide ocupar el lugar del adulto al que un niño, sin supervisión alguna, va a lustrarle los zapatos a cambio de dinero. Esa es la piedra del rechazo social: la del poder local avalando una condición que debería rechazar.

La estatua dejó de ser estatua para convertirse en símbolo de unas condiciones específicas (reales) de clase y de ejercicio incompleto de derechos. Que Nebot haya sonreído mientras ponía su zapato sobre la caja completó la imagen.

La diferencia entre Lenin y Nebot es, pues, que el primero dispone de mejores lentes para interpretar la complejidad social.

Una crítica desde la subalternidad.

La foto del alcalde también puede analizarse desde otro punto de vista. Por ejemplo, desde lo que en la teoría se conoce como “subalternidad”, y que puede entenderse –muy escuetamente – como aquellos que son ciudadanos como cualquiera, pero que no pueden ejercer derechos como ningún otro. Son ciudadanos según su papel y no por el goce efectivo de sus derechos, sea por posición de clase o por otros factores como las identidades étnicas. La “subalternidad” surge desde la teoría poscolonial que, como su nombre lo sugiere, se ocupó en un inicio de contextos de luchas contra potencias colonizadoras. La India bajo la dominación política de la corona británica, o la colonización francesa de Argelia, son dos ejemplos clave. Uno de los más simbólicos autores fue Franz Fanon quien, en su extraordinaria “Pieles negras, máscaras blancas”, escribía en ese entonces:

El blanco está atrapado en su blancura.

El negro en su negrura.

(…) Es un hecho: hay blancos que se consideran superiores a los negros.

Otro hecho: hay negros que quieren demostrar a los blancos, cueste lo que cueste, la riqueza de su pensamiento, la igual potencia de espíritu.

¿Cómo salir de este círculo [de doble narcisismo]?

(…) para conseguirlo, es urgente desembarazarse de toda una serie de taras y secuelas del período infantil.

La desgracia del hombre, decía Nietzsche, es haber sido niño.

 

Las preguntas desde la teoría poscolonial se han ocupado de aquellos sujetos marginados e infrarrepresentados en las instancias del poder político, como los esclavos. Se han planteado cómo traducir sus luchas y comprender su papel en la historia. El profesor Paul Gilroy señalaba como ejemplo de lo poscolonial el pensar en el “papel de la esclavitud en la construcción de la modernidad (la historia de la diáspora africana)”. Detectar cuáles son los silencios de los libros de texto y coser allí las voces de los silenciados. Su “rescate” es a través de la narración: no a través de una estatua que lamente el papel de la esclavitud, sino mediante una serie de narraciones que nos permitan reconstruir la historia.

Esas interrogaciones desde la teoría poscolonial también nos interpelan a nosotros acerca de, por ejemplo, cómo se ha construido la historia de Guayaquil, quiénes se retratan en ella –cómo, por quiénes–, a quiénes se excluye. También nos permiten plantearnos cuál ha sido el papel de quienes han ocupado los escalones más bajos de la estructura social (las ciudadanías que habitan la ciudad producto de la migración interna), cómo fue el proceso de subalternización producto del desarrollo urbano dada la importación de lógicas modernas a la planificación de la urbe. Desde un lente crítico poscolonial, estos son los cuestionamientos que habría que resolver. Existen ya algunas pistas de cómo el poder local decide construir la historia: como el mural contratado por el Municipio de Guayaquil, colocado en La Atarazana, cuya particularidad de acuerdo a diario El Telégrafo es que “los personajes que representan a los capataces son vinculados al Partido Social Cristiano (PSC) y cercanos al alcalde de la urbe, Jaime Nebot”. Esta es una pista de cómo se construye (y a quiénes se excluye de) la historia de la ciudad.

Psc

En el caso de Guayaquil, la teoría crítica y las autoridades locales caminan por senderos opuestos. Al ver ese mural queda claro cómo se cose la gran narración de la ciudad. Y su manera de “rescatar” a los grupos infrarrepresentados en las instancias del poder político es construirles estatuas. Entre darles voz o paralizarlos en metal, el poder local se decide por la parálisis; así como decide retratar a autoridades de su administración como personajes ejemplares en murales “que recrean la historia de los Astilleros”.

Nebot lo dejó claro en su página de Facebook: “El objetivo con la regeneración y colocación de esculturas costumbristas como el cangrejero, el betunero, el afilador de cuchillos y otras imágenes, es rescatar la historia del sector”. ¿Qué tipo de sector? Nebot responde: (sector) “que fue considerado como una de las principales zonas cacaoteras en la época de la Colonia”. El alcance del verbo rescatar, a la luz de lo poscolonial, es decisivo.

 

Notas finales

Sobre la imagen de Nebot con su monumento a los niños betuneros, se han dado, por supuesto, otro tipo de críticas. Resulta perverso construir la estatua de un niño betunero en zonas regeneradas, dado que la Policía Metropolitana no los deja trabajar allí. Eso es cierto, y es otra de las piezas que dimensiona cómo el poder local piensa e interpreta las dinámicas de la ciudad. Nebot ha afirmado que otro de los objetivos de las estatuas es “propiciar el mejoramiento del autoestima ciudadano, que conlleva el sentido de pertenencia y consecuentemente el sentido de protección de los nuevos espacios”.

La lectura del alcalde se resume en que (i) las estatuas rescatan la historia, (ii) brindan un sentido de pertenencia, lo que (iii) mejora el autoestima ciudadana, y (iv) culmina en que se protejan las zonas regeneradas.

Tenemos, ahora, dos lentes críticos que nos permiten leer desde ángulos distintos la foto de Nebot con la estatua del niño betunero. Cuán vastas son las limitaciones del poder local.

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