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¿Hasta cuándo bautizamos teatros y museos en memoria de militares y políticos?

El vínculo del arte con la política podría clasificarse según qué esfera incursiona en la otra. Por un lado, está el discurso político volviéndose arte en himnosbanderas y monumentos con motivos patrios. Por el otro, las artes se pueden volver política y es usual encontrarse con teatros, academias u orquestas que llevan el nombre de militares o políticos que participaron en las gestas que dieron nacimiento al Estado o que configuraron su historia.

Tanto el bautizar espacios artísticos con el nombre de patriotas como el que estos cuestionamientos sean tímidos, son parte de un mismo fenómeno que se explica en el temprano adoctrinamiento en temas de la ‘identidad nacional’, que vive en tensión entre los símbolos de la sociedad civil (lo que somos todos) y los símbolos del Estado (quienes gobiernan). Desde niños, el sistema educativo nos acondiciona a identificarnos con un relato histórico-político. Es algo comprensible: una de las funciones de la educación es perpetuar a la sociedad presente en sus valores e ideales. No hablo desde ese lugar común de que ‘somos víctimas de la educación’, pues ninguna infancia se escapa de ser moldeada por la idiosincrasia de sus mayores. Ese conocimiento puede ser virtuoso o no, inteligente o no, acorde a lo que consideremos correcto o no. Eventualmente desarrollamos la capacidad de cuestionar.

Las herramientas para cuestionar la enseñanza oficial las encontramos en las teorías generales del Estado que nos explican cómo el moderno Estado-Nación ha buscado agrupar las etnias y naciones homogéneas bajo una misma jurisdicción. A esta teoría hay que agregarle los casos en que las naciones son forjadas luego de la fundación de un Estado. El Estado moderno ha dirigido la construcción de culturas nacionales previamente inexistentes, como ha ocurrido en los estados postcoloniales en América Latina, Oriente Medio y África. La justificación de poseer una cultura original, conlleva una constante necesidad de reafirmar sus símbolos, como los “padres de la patria” y otros caudillos.

Cuando la nación se forma luego del Estado, como es el caso de muchos estados del Tercer Mundo erigidos luego de ser colonias  de Europa, se puede atestiguar verdaderos casos de desesperación en la construcción de lo estatonacional. El resultado puede rayar en lo ridículo, como en el caso de Ecuador donde usamos el nombre del líder militar sudamericano Antonio José de Sucre para una orquesta sinfónica cuyo repertorio se compone de autores germanos como Bach, Haydn o Beethoven, o el del republicano Simón Bolívar para un museo de las culturas precolombinas, o el del líder político León Febres-Cordero para un teatro cuyo repertorio especializado es el ballet y la danza contemporánea.  El patriotismo rimbombante no es exclusivo de estados jóvenes, los antiguos en decadencia también pueden recurrir a ello para mantener el consenso necesario para que una sociedad se mantenga unida bajo un mismo liderazgo político. Es este patriotismo desesperado, inseguro de su arraigo en el tejido social, el que se manifiesta cuando los centros artísticos usan nombres para recordarnos los símbolos del Estado-Nación y a los padres de la patria. Pero esta práctica es innecesaria. Si la identidad nacional está arraigada en la cultura de una comunidad, no es necesario llegar al ridículo de nombrar los espacios de uso masivo como patriotas y caudillos. Cuando  se trata de una construcción dirigida desde el Estado, no importa cuánto se usen estos nombres en edificios u organizaciones, finalmente sucederá lo inevitable, tal identidad nacional forzada perecerá ante una que refleje mejor los intereses y valores de una comunidad. La identidad de un pueblo va más allá de los fundadores o líderes de un Estado, que al fin y al cabo es efímero. Los estados pasan, las naciones quedan.

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Los artistas, filósofos e historiadores de arte necesitan comprender que los mitos y cultos a la personalidad en la política son parte de la historia de la humanidad de la que nadie es capaz de ser ajeno, que estos mitos y cultos no sólo se manifiestan en la política y la guerra sino en el arte. Se puede ser indiferente, pero la indiferencia no es neutralidad sino funcionalidad al orden hegemónico. Es importante desprenderse de ese temor ‘patriótico’ entre el ‘gremio artístico’ a oponerse abiertamente al uso de nombres de políticos y militares para espacios e iniciativas que no son del ámbito político o militar,  y darse cuenta que cada vez que un espacio o iniciativa de arte usa el nombre de un “padre de la patria” se pierde la oportunidad de rescatar la memoria de un artista relevante de la nación.