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¿Hasta dónde pueden llegar las protestas en Hong Kong?

Visten jeans y camisetas como cualquier otro ciudadano de Hong Kong. Hace días que están en la zona, pasan desapercibidos. Pero esta noche se identificaron. Seis letras amarillas en la espalda sobre un chaleco negro los muestran como lo que realmente son: POLICE. Son decenas y están dispersos en las calles de la ex colonia británica en China, Hong Kong, intentando contener los disturbios en las calles. O al menos parece que eso hacen.

Desde el medio de la multitud, tres de ellos salen arrastrando a un joven hacia un espacio que sus colegas dejaron libre en la vereda. Se acercan otros para reforzar el operativo. Lo empujan contra la pared y lo golpean hasta que ya no se resiste. Para los cientos que observan representa una muestra de lo que les sucederá si osan desafiarlos.

Pero los uniformados no pueden con todos. Son miles ocupando las calles, cortando la circulación y poniendo en jaque a la ciudad. Casi todos son jóvenes, estudiantes, que conocen de qué se trata la democracia y quieren ese sistema para su gobierno. El Partido Comunista de China no desea lo mismo. Al comienzo reprimió a los manifestantes con gas lacrimógeno y pimienta, y ellos se escudaron en los paraguas que hasta ese momento tenían para cubrirse de las lluvias y el sol. Así nació la Revolución de los Paraguas.

El movimiento Occupy Central with Peace and Love y organizaciones estudiantiles buscan la dimisión del jefe del Ejecutivo de la ciudad, CY Leung, y que haya una democracia real para esta región china, que funciona con un sistema muy particular, diferente al resto del país. Desde que el Reino Unido le entregó Hong Kong a China en 1997, esta parte del mundo se rige bajo una fórmula denominada “un país, dos sistemas”. Como antigua colonia británica, Hong Kong funciona con una economía capitalista, mientras que el resto del país es comunista. Tienen fronteras separadas y necesitan visados para pasar de un lado al otro, utilizan monedas distintas y en las calles de la ex colonia se maneja por la izquierda, mientras que en el resto del territorio chino se conduce por la derecha. Hong Kong es una ciudad completamente occidental inserta en medio del mundo oriental. La fórmula que rige se describiría mejor como “dos países, un gobierno”.

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En Hong Kong gozan de ciertas libertades que no existen en China central. La posibilidad de manifestarse como lo están haciendo es impensable en otras ciudades. Incluso las vías de comunicación, sobre todo en Internet que son fuertemente censuradas en China, carecen de restricciones en esta Hong Kong. Mientras que aquí se puede leer información sobre estas protestas, bajo los eslóganes de Occupy Central o Umbrella Revolution, en el resto del país estas y otras palabras fueron bloqueadas de los buscadores y las redes sociales para evitar que la desobediencia se propague.

¿Por qué surgieron estas manifestaciones? En Hong Kong habrá elecciones en 2017 para elegir al jefe del ejecutivo local, pero un decreto –de fines de agosto- del gobierno chino, impuso que los candidatos deberán tener el aval de Pekín. Esto significa que quienes se postulen deberán estar alineados con el gobierno central comunista, lo que para los ciudadanos de Hong Kong implica un bloqueo a la aspiración de sufragio universal que tanto anhelan. Hasta ahora, el gobernador de la ciudad ha sido electo por el Partido Comunista Chino.

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Tienen organizado hasta el más mínimo detalle: agua, comida, paraguas y capas para la lluvia de ser necesario. Limpian la ciudad cada día para dejarla impoluta como de costumbre. Caminan en fila para saltar un pequeño muro de hormigón que separa la calle de la vereda, de forma ordenada, sin atropellarse; vestigios de la época colonial que dejó la huella británica en este lado del planeta. Son los ocupantes, adolescentes y jóvenes que quieren un cambio político.

Deambulan por las calles, se agrupan, escuchan las ideas que otros tienen para expresar y duermen sobre el asfalto. Una lona tirada en el piso o una carpa son el dormitorio escogido para estas noches. Usan una cinta amarilla en sus camisetas como distintivo y en su mayoría se expresan sin violencia. Incluso hay carteles que piden que la marcha continúe en paz, y que esto no es una fiesta, sino una protesta.

Frente al edificio del gobierno local, un pequeño escenario de no más de cincuenta centímetros de alto funge como ágora. En él se puede ver a Joshua Wong, el adolescente de diecisiete años que fundó la organización estudiantil Scholarism y que lidera las manifestaciones. De estatura media, no más de un metro setenta, flaquito, lentes de marco negro y cara apagada, nadie daría dos pesos por él si se lo cruzaran por la calle. Pero cuando toma el micrófono y le habla al público, Wong muestra toda su energía.

Había sido arrestado el fin de semana previo pero la Policía debió soltarlo el miércoles al no tener elementos para que continuara detenido. Inmediatamente volvió a las calles, a pararse sobre el escenario y arengar a la multitud. Su objetivo: interceptar todas las dependencias estatales para que los funcionarios lo escuchen.

—Es la historia la que eligió esta generación para pelear por un mejor futuro. Esta generación, en este siglo, tiene que tomar sus responsabilidades.

—¿Por qué crees que es esta generación, ahora? —le pregunto.

—Hemos luchado por el sufragio universal por cuarenta años ya. Si todavía no lo obtenemos habrá quienes continúen. Pero no quiero que mi hijo, dentro de veinte años, aún esté organizando la ocupación de las oficinas del Gobierno.

El líder estudiantil cree que el gobierno tiene miedo y que no sabe cómo controlar esta situación. “Hong Kong debería ser la primera ciudad bajo el régimen del Partido Comunista en obtener el sufragio universal. Podríamos hacer historia”, dice.

En la cabeza de muchos expertos surgió el recuerdo de la masacre de Tiananmen, ocurrida hace veinticinco años en Pekín cuando cientos de manifestantes murieron en esta plaza de la capital china, reprimidos por el gobierno comunista. Pero Wong diferencia ambos acontecimientos porque, según él, en este movimiento no hay sangre, y descarta que se expanda al resto de China por el bloqueo de la información que ejerce el gobierno central.

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La reacción desde la vereda de enfrente es casi nula. El jefe del ejecutivo no pretende dimitir y cuenta con el respaldo absoluto de Pekín.

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Gritan, insultan y pechan. Arrancan las vallas que cortan las calles, tiran abajo tiendas con agua y alimentos, patean todo lo que esté a su paso. Quieren restaurar el orden en Hong Kong. Son los anti-ocupación, miles que se han acercado hasta donde se encuentran los manifestantes para correrlos del asfalto.

A diferencia de quienes iniciaron el movimiento de protesta, este grupo está compuesto por gente de más edad, mayores de cuarenta y hasta de ochenta años. Tan organizados como los jóvenes, con micrófonos y megáfonos, claman a los ocupantes para que liberen la ciudad. Pero como las palabras no fueron suficientes, recurrieron a la agresión física.

La multitudinaria movilización se vio avasallada el viernes por opositores a la ocupación, sobre todo en el populoso barrio de Mong Kok. De pronto, los jóvenes quedaron cercados en la carpa principal que habían instalado, rodeados por otros hombres y mujeres, quienes los increpaban por la medida adoptada. El tono de voz de quienes están en contra comenzó a elevarse, los dedos acusatorios empezaron a apuntar cada vez más seguido y al final los puñetazos intentaron desarticular el campamento de protesta, que se mantuvo resguardado con un escudo humano de estudiantes.

La Policía, además, separaba a ambos bandos y hubo diecinueve detenidos por los incidentes. Entre ellos había ocho hombres involucrados con las tríadas, grupos mafiosos chinos dedicados a la prostitución y el juego, y que han sido vinculados en el pasado con el sistema político. Esto, y que los detenidos fueran liberados inmediatamente, provocó que los estudiantes supusieran que los ataques habían sido orquestados por el gobierno, lo que tensó aún más la relación.

Los disturbios continúan y nadie sabe cómo terminará este enfrentamiento; una disputa entre dos polos, o el choque del Partido Comunista Chino con el siglo XXI.