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Cuando era niño, en los ochenta, mi mamá nos pedía a mí y a mis hermanos que, durante el día, jugáramos en el patio y no dentro de la casa para que mi papá, quien tenía un turno nocturno en una refinería, pudiera dormir tranquilo. En Saint John, la pequeña ciudad de la costa atlántica canadiense donde vivíamos, se procesaba crudo que luego era exportado a decenas de países. Por la noche, el paisaje que formaban esa gran refinería en medio de las dunas y las casas de la ciudad era casi mágico.

Mi papá trabajó casi veinticinco años en la empresa pero nuestra dependencia como familia comenzó antes. Su padre era un granjero que abandonó el colegio para casarse con una mujer que no tenía la aprobación de sus padres. Para estar con ella, escapó a la ciudad. Ahí se especializó en motores de remolques que guiaban a los buques petroleros hasta la costa. Mi abuelo viajaba por todo el mundo examinando los remolques antes de comprarlos. Cada vez que regresaba de sus viajes, nos sentábamos, me mostraba un libro con mapas del mundo y señalaba los sitios que había visitado. Esos momentos sembraron esa semilla de viajar que me condujo hasta Ecuador y me ha permitido llamar a este país, mi hogar.

Desde inicios de los sesenta, mi pueblo ya dependía del petróleo. Casi diez años después, Ecuador había emprendido ese mismo camino. En 1972, Quito era una aldea. Al igual que el lugar en el que yo había crecido, era un sitio olvidado por el mundo. En una sociedad cerrada y con un progreso económico lento, los desfiles alegóricos eran exclusivos para reinas y vírgenes. Eso cambió el 26 de junio de ese año cuando, desde la Amazonía, llegó el primer barril de petróleo que el país exportaría. Tuvo la bienvenida de un héroe de guerra y fue condecorado con los honores máximos de la patria, después de ser paseado por las calles quiteñas en un desfile que prometía progreso acelerado, modernidad, riqueza. El sueño de que la escasez se volvería abundancia descansaba sobre ese contenedor oscuro. Un nuevo Ecuador, se suponía, estaba por nacer.

Han pasado cuatro décadas desde el desfile del gran contenedor gris. Son cuarenta años de que el Ecuador, como mi familia, tiene hipotecada su vida al crudo. Desde junio del 2014, el precio del barril del petróleo ha bajado casi 10%. Puede parecer insignificante, pero es suficiente para que analistas se pregunten qué pasará con el milagro ecuatoriano si el precio sigue bajando. Pero si el escenario es más positivo, y el costo se mantiene, nuestro modelo económico tampoco podría aguantar un cambio de precio demasiado brusco. Somos vulnerables ante esas modificaciones.

En Ecuador está claro que el alto precio del petróleo ha financiado gran parte de la Revolución Ciudadana pero es necesario tomar en cuenta en qué se ha gastado. La prioridad del gobierno de Rafael Correa ha sido invertir en la infraestructura, que produce beneficios a largo plazo. Ecuador ha pasado de ser un país que importa energía eléctrica a uno que la exporta gracias a inversiones en ese sector. Algunos de esos proyectos, como la central hidroeléctrica Coca-Codo Sinclair, producirán dividendos a largo plazo.  La inversión en carreteras, calificada como ridícula por algunos miembros de la oposición, facilita el comercio interno y externo, y cualquier economista imparcial diría que un país debe contar con una red de transporte funcional para desarrollarse. El gobierno también ha logrado que los ingresos tributarios equivalgan a los petroleros: ha triplicado su recaudación –de cinco mil millones en 2006 a quince mil millones de dólares en 2013–, un paso indispensable si queremos romper nuestra dependencia de generar ingresos de recursos naturales o al menos tener otras alternativas. Es necesario romper con esa dependencia. Un tío abuelo aún recuerda la escasez durante la Segunda Guerra Mundial, y por eso hasta ahora compra dos unidades de cada producto porque tiene miedo de que vaya a terminarse. Mi papá, en cambio, recuerda la subida del precio del petróleo durante el embargo de los países árabes, en 1973, y las largas colas en las gasolineras. Por eso siempre está alerta al precio del crudo. Estas angustias son generacionales, y la mía es por cuánto tiempo podrá el Ecuador vivir a costas del crudo, sin que sus jóvenes deban salir a buscarse un futuro –por voluntad propia, como yo, o forzados como muchos amigos de la infancia–, como les ha pasado a tantos en el Saint John donde crecí. A pesar de la inversión en sectores estratégicos, la crítica de que el Ecuador depende demasiado del petróleo es precisa. Tenemos que preguntarnos qué tan sostenible es el actual modelo de desarrollo si es que el precio de petróleo cae.

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Pero ¿cómo llegaron mi familia y el Ecuador a depender tanto del petróleo? Como cualquier materia prima, su utilidad no es producto de su existencia, sino de su buen uso. En 1960, en los Países Bajos inventaron el término “mal holandés” cuando este país se volvió demasiado dependiente del gas. En su planteamiento explicaron que cuando un país depende mucho de la explotación de un recurso natural a tal punto que deja de producir otros bienes, con el tiempo, deja de ser competitivo. Esto sucede porque cuando existe fluctuación por debajo del precio del recurso, el país queda expuesto y vulnerable. Como las exportaciones del recurso son altas, facilitan la importación de productos externos que amenazan y terminan matando a la industria local. Un país para ejemplificar el mal holandés es Venezuela. Por el nivel de riqueza que otorga el petróleo, los ciudadanos de ese país deberían tener una calidad de vida del nivel de los países de Europa occidental. Pero la realidad es muy distinta: el mal manejo del recurso ha producido que la inflación supere el 60% cada año, la escasez de productos, la amenaza del incumplimiento del pago de la deuda externa, y ha causado que su presidente se convenza de que la crisis que vive el país es simplemente una teoría de conspiración de sus enemigos políticos.

También hay casos que demuestran que el buen manejo de los ingresos de este recurso es posible. Canadá vende más petróleo que Estados Unidos que Venezuela y tiene un mejor manejo de los ingresos que obtienen por su venta. En mi país natal, la mayoría de las ganancias generadas por el crudo son asignadas a las provincias donde se lo obtiene. El resto del país sigue fabricando otros productos para subsistir. Alberta, por ejemplo, es rica en petróleo y sus ciudadanos tienen el doble de ingresos de los habitantes de mi provincia, New Brunswick. En 2008, sin embargo, el precio del petróleo bajó y el desempleo en Alberta se duplicó en un año, mientras el resto del país no se vio tan afectado. Es decir que no toda la nación depende de la producción del petróleo de pocas localidades, sino que son ellas las que se benefician con esos resultados.

Noruega descubrió petróleo en su territorio oceánico en 1969 y no gasta casi nada de sus ingresos petroleros en su economía local. Aunque tiene ingresos suficientes para hacer millonarios a todos sus ciudadanos, estas utilidades son depositadas en un fideicomiso soberano para evitar crear una dependencia que debilite a la producción nacional. Otro caso exitoso del manejo está en las ciudades estados de Dubái y Abu Dabi de las Emiratos Árabes Unidos donde el petróleo es un medio hacia un fin más sostenible. Estas naciones se han transformado en núcleos importantes para negociar en Medio Oriente porque diversificaron sus economías para enfocarse en servicios bancarios y turismo, en lugar de producir materia prima. Arabia Saudita, en cambio, durante muchos años empleó a la mayoría de sus ciudadanos en el sector público, dándoles un sueldo y servicios subsidiados como alojamiento y transporte. Como resultado, la labor manual en Arabia Saudita es mal vista y el país depende de mano de obra extranjera para sobrevivir. Malos ejemplos son Libia e Irak donde el petróleo ha servido para financiar las extravagancias de sus megalómanos dictadores que son intocables para los gobiernos occidentales que consideran estratégico el manejo del recurso.

Vivir del petróleo no solo puede causar una suerte de adicción que sume a los países que la sufren en una espiral autodestructiva, sino que es un negocio depredador. La imagen idílica de la refinería por las noches desapareció cuando, ya adulto, me enteré que la compañía dueña de la gran fábrica le vendía el petróleo a una empresa propia ubicada en un paraíso fiscal en el Caribe, y así evitaba pagar impuestos al gobierno canadiense. Además, Saint John es hoy una de las ciudades de Canadá con peor calidad de aire. Pero pocos conocen esta realidad, ya que los empresarios de la refinería también son dueños de los dos periódicos más grandes de la ciudad y de varias estaciones de radio. Si hubiera la posibilidad de difundirla, nadie lo haría: la mayoría del pueblo se relaciona, de alguna manera, con la refinería.

En Canadá, en la época de mi abuelo, el manejo del recurso tampoco era adecuado. A pesar de todo el daño que él sabía que causaba la empresa para la que trabajaba, nunca habló mal de ella. Como parte de mi herencia, me dejó un libro en el que criticaba las prácticas de la familia dueña de la refinería. Fue la primera vez que leí algo parecido. Mi abuelo era leal pero pragmático: tres de sus cinco hijos también dependían de la misma empresa, esa que nos daba de comer. Todos los hombres de mi familia trabajaron como remolcadores en algún momento de su vida, menos yo. Mi abuelo y mi padre insistieron en que debía ir a la universidad. Cuando empecé a estudiar, empecé a entender que el bienestar de mi familia, mis convicciones políticas, mi decisión de abandonar esa provincia y luego mi país, dependieron (y algunas siguen dependiendo) de esa refinería y de la producción de petróleo en un lugar donde nunca hubo crudo bajo tierra. A pesar de haberme vuelto un rebelde anticapitalista que explicaba quién era el Che Guevara a mis compañeros de la universidad, nunca me atreví a decir algo negativo sobre la compañía frente a mi abuelo. Yo sentía que la empresa era como una dictadura: nos daba vida y nos la quitaba, poco a poco.

El petróleo, como cualquier producto, depende de la oferta y demanda del mercado internacional. Pero también hay factores que pueden distorsionar su precio a pesar de lo que acontece en la economía. Por ejemplo, el 40% del petróleo es controlado por la Organización de Exportadores de Petróleo (OPEP) que regula la oferta de petróleo de sus miembros para asegurar un precio favorable. Esta agrupación conformada por países como Arabia Saudita, Venezuela, Rusia y Ecuador, depende de un precio alto para mantener el status-quo en sus países. Hasta cierto punto, puede reaccionar a eventos globales por recortar o aumentar la producción petrolera para asegurar estabilidad en su precio, tal como hicieron en 1973. Ese año, la OPEP anunció un embargo de vender petróleo a países occidentales como señal de protesta de la Guerra de Yom Kippur entre Israel y sus vecinos. Esto causó que el precio del petróleo aumentara en un 400%, de tres a doce dólares el barril.

La OPEP, sin embargo, no es el único factor que determina el precio de petróleo, y sus desacuerdos internos muchas veces limitan su capacidad de actuar. Las decisiones de China,  con su insaciable sed de oro negro, influyen mucho en el resto del mundo. Por eso cualquier desaceleración en su crecimiento puede tener implicaciones graves en la demanda internacional de crudo. En los últimos años el crecimiento de este país ha disminuido de 10-12% a 7-9%, y para sostener ese nivel tendrá que hacer cambios complicados como combatir la corrupción que aumenta el costo de operar en el país. Aunque el gobierno actual está tomando medidas al respecto, el verdadero éxito significaría sacrificar a personas poderosas y correr el riesgo de exponer las actividades internas del gobierno a la población, lo cual podría provocar una crisis de confianza en el régimen. Además, los chinos han dependido de un modelo de exportación para financiar su crecimiento, y la crisis global podría perjudicar la demanda de productos chinos.

El conflicto entre Israel y Palestina, la agresión de Rusia a sus vecinos, las sanciones que se imponen los países occidentales y Rusia, y la amenaza representada por el grupo extremista  Estado Islámico en países exportadores de petróleo como Siria, Libia, y Irak, ha llevado a que muchos analistas crean que estos incidentes esconden lo que en tiempos normales sería una caída brusca del precio de petróleo. En general, en momentos de inestabilidad el precio subiría, pero en los últimos meses ha bajado. Esto se debe a que la falta de confianza en el crecimiento de la economía global hace que el precio baje. Si no fuera por la inestabilidad, el precio caería drásticamente.

En 1992, el gobierno canadiense declaró el colapso de la pesca de bacalao y cerró la industria provocando una profunda crisis económica en la región atlántica. Esta actividad había sido la principal manera de subsistencia de la región durante casi doscientos años. Una década después, cerró el astillero de la petrolera porque ya no podía competir con los de Asia. De un momento a otro dejamos de ser una provincia que importaba mano de obra y pasamos a ser un pueblo que envía a sus jóvenes al otro extremo del país para trabajar en campos petroleros, en la provincia de Alberta. Ese éxodo comenzó con la generación de los papás de mis amigos y continúa hasta hoy con mis compañeros del colegio. Sus estados de Facebook en los que cuentan los días para reencontrarse con sus hijos, me recuerdan cómo los vientos económicos pueden cambiar la dirección de las personas sin garantizar un retorno a casa.

Para el Ecuador, las consecuencias de una caída drástica del petróleo serían enormes. El precio que recibe nuestro país siempre es menor al del mercado internacional porque el petróleo de nuestra Amazonía es pesado. Para que fluya por los oleoductos hay que agregarle aditivos y cuando llega a la refinería, el procedimiento para convertirlo en gasolina es más costoso. Extraer y procesar petróleo en Ecuador es más caro que en la mayoría de países que exportan crudo. El gobierno siempre hace sus proyecciones de presupuesto con un precio de 20% a 25% menos de lo que dicta el mercado internacional pero mientras más se acerca al precio proyectado, más disciplina fiscal tiene que tener el gobierno para no endeudarse. Si el precio bajase bruscamente, pondría en cuestión la lógica económica de toda actividad petrolera en el oriente, que depende de un precio alto para ser rentable.

El regreso de Ecuador a los mercados internacionales para buscar financiamiento externo con el Banco Internacional y el Fondo Monetario Internacional (previamente expulsado del país) y el canje de oro con Goldman Sachs demuestra que el gobierno está siendo proactivo al manejar las limitaciones del presupuesto del petróleo. Pero es posible que aquellas maniobras no sean suficientes. Por el momento, el porcentaje de deuda a PIB es apenas 24%, mucho menos de los niveles de peligro que tuvo España y Grecia que superaron el 100%. Aquellos países, sin embargo, no eran tan sensibles al precio de una materia prima, y nosotros no tenemos una Alemania que necesita que tengamos éxito para proteger el valor de su moneda.

La diversidad de conflictos en el mundo limita la precisión de una predicción sobre el precio del petróleo. El gobierno estadounidense ha anunciado que tomará medidas contra el Estado Islámico en Siria, su base, junto a una coalición grande de países, incluyendo los jugadores más importantes del Medio Oriente, que tienen un interés en común en eliminar la amenaza. No obstante, la coalición de partidos que gobierna en Irak es nueva y débil, y no se sabe todavía si va a sobrevivir el proceso de gobernar y tomar decisiones. Si fracasa, el norte de Irak, conocida como Kurdistán, región contiene el 10% del petróleo del país, podría buscar independizarse y eso sembraría aún más caos en la región, sobre todo porque Turquía e Irán también tienen poblaciones kurdas que buscarían aliarse. Rusia sigue siendo acusado de haber sido cómplice en el ataque que derribó el avión de Malaysian Airlines sobre Ucrania, y aunque hay cese de fuego entre los separatistas en el este de Ucrania y su gobierno, la solución del conflicto está lejos y no se sabe si Vladimir Putin está dispuesto a declarar la guerra, aunque sea económica, a sus vecinos occidentales. Y aunque las protestas en Venezuela han disminuido, la escasez de productos y la delincuencia continúan. El nivel de aprobación del presidente Nicolás Maduro sigue bajando y es posible que la gente vuelva a salir a las calles para exigir cambios, esta vez con más fuerza. Una guerra civil en Venezuela podría crear nuevos riesgos en el frágil mercado del petróleo.

A pesar de haber descubierto un nuevo yacimiento en el Ecuador, que aumenta sus reservas por trescientos mil millones, para ser económicamente viables estas también dependen del precio, y hay razones para preocuparse. Brasil acaba de entrar en recesión, el crecimiento chino se ha desacelerado, y la economía estadounidense se va estancado. La inestabilidad en el Medio Oriente, Venezuela, y en la península de Crimea crea incertidumbre en el mercado internacional que puede estar sosteniendo el precio de petróleo a un nivel artificialmente alto.

Desde la muerte de mi abuelo, casi toda mi familia se ha ido independizando de la empresa petrolera. Estamos conscientes, sin embargo, que aquella dependencia sigue vigente de alguna manera porque toda actividad económica, al final, se sostiene gracias al mismo colchón. Ecuador no es el único país que depende demasiado de un recurso natural para desarrollarse, y es imposible cambiar de un día para otro pero hasta que logremos diversificar nuestra economía, que se dificulta por la dolarización, nuestro destino estará vinculado –como estuvo por tantas décadas el de mi familia– al valor especulativo del lodo negro.

Bajada

¿Qué tan difícil es borrar la marca que nos deja el crudo?