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¿Cuántos conflictos puede generar el exceso de  garantías?

Los derechos humanos han dejado de ser aquellas garantías que todos podemos afirmar como mínimas para vivir en una sociedad justa, y se han convertido en una línea de acción política antidemocrática, anti-igualitaria y antiliberal. El presente artículo resalta algunas tendencias de la comunidad de los derechos que considero particularmente nocivas.

Comencemos por la expansión del catálogo de derechos. Hoy la Organización de las Naciones Unidas (ONU) considera la posibilidad de que haya derechos humanos al internet, a la solidaridad, a la libertad artística y al florecimiento humano. Se ha hecho caer dentro del ámbito de los derechos humanos asuntos banales como la cantidad de publicidad en los espacios públicos y el consumo de comida chatarra. La Constitución ecuatoriana también tiene su parte en esta  tendencia, al incorporar absurdos derechos de la naturaleza.  

La expansión del catálogo de derechos desnaturaliza a los derechos. Los despoja de su condición de regla fundamental para la convivencia social bajo parámetros mínimos de justicia. Se confunde lo que es deseable (para algunos) con lo que es necesario, y se pierde de vista una herramienta importante para cuidar la seguridad de una sociedad. Que una regla fundamental se viole porque una persona se excede en McDonalds es como una alarma de incendios que suena cada vez que se prende la estufa. Ninguna cumple su propósito.

Los derechos humanos tienen un rol como diques contra las políticas públicas. Hoy se han vuelto fichas en la lucha por el poder. Se reivindican prerrogativas contradictorias, pretensiones que en circunstancias ordinarias no pueden coexistir. De tal modo, una prerrogativa fundamental tendrá que imponerse frente a otra. Los derechos convertidos en deseos se enfrentan en una batalla donde hay claros ganadores y claros perdedores, y el resultado depende de la capacidad de cada grupo sectorial interesado en movilizar fuerzas. Como no todos tenemos la misma habilidad de hacer política, esto sepulta la idea de una igualdad esencial e insoslayable.

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Necesariamente, la libre expresión va a entrar en conflicto con una interpretación amplísima de la no discriminación; el derecho al trabajo de los mineros va a entrar en conflicto con los de la naturaleza; la garantía a un juicio justo bajo los parámetros de la ley ecuatoriana va a entrar en conflicto con la justicia indígena; la exigencia de regular la comida chatarra va a entrar en conflicto con la libre autonomía personal. Y no existe otra forma de resolver estos conflictos que “ponderar”. Es decir,  comparar cuánto vale uno frente a otro.

El patrón de decisiones que emerge no tiene más explicación que la fuerza de los distintos grupos sectoriales, que con buenas o malas razones exigieron la reivindicación de sus demandas y las subjetivísimas percepciones del juez. Para dar algunos ejemplos, la Corte Europea de Derechos Humanos considera que el derecho a la privacidad y autodeterminación incluye el derecho a que el Estado financie operaciones de cambio de sexo, pero excluye que el Estado te conceda una silla de ruedas motorizada si eres una persona con discapacidad y no contempla el derecho a la eutanasia. La ONU insiste en que las religiones deben respetarse entre ellas, pero el arte no tiene ninguna obligación de respetar a las religiones, y aunque una creencia implique el consumo de cannabis, este puede ser legítimamente prohibido por el Estado. El punto no es estar o no de acuerdo con los resultados, sino percibir que no tienen ninguna lógica detrás. Si los derechos van a ser política, y no hay mejor explicación para este manojo dispar de resultados, mejor regresemos a ese sencillo esquema en el que cada cual tiene un voto y nada más.

He mencionado el derecho a la solidaridad como una ocurrencia absurda. Está claro que una actitud interna como la solidaridad no es algo que puede exigirse legalmente. Pero la “comunidad de derechos humanos” enfatiza cada vez más la necesidad de hablar de una “educación en derechos”, de intervenciones “holísticas” de trabajadores sociales, psicólogos, sociólogos y estudiosos del género. Ese es un desarrollo profundamente  antiliberal. Las aburridas reglas jurídicas te permiten ser quien eres mientras exhibas cierto comportamiento externo. El nuevo catequismo de los derechos te quiere hacer a su imagen y semejanza de adentro para afuera. ¿Pero por qué habría yo de convertirme a su religión y no a la inversa?

Somos víctimas de esperanzas revolucionarias desplazadas a lugares que no les corresponden. Marx señaló en su artículo “Sobre la cuestión judía” que los derechos del ciudadano alienaban al hombre y que le impedían alcanzar la solidaridad. Quizá lo inverso es más apropiado: la solidaridad nos aliena cada vez que se basa en juicios particularísimos que no podemos compartir.