Verónica Rosenthal es una treintañera que trabaja como reportera de Sociedad en una revista semanal. Es curiosa, atrevida y arriesgada. Con una investigación escrupulosa ha resuelto dos crímenes y ha desarticulado una peligrosa banda delictiva que opera en Buenos Aires. Verónica Rosenthal es la periodista que su creador –el escritor argentino Sergio Olguín– hubiera querido ser. En su novela La fragilidad de los cuerpos, Olguín logra que la protagonista se convierta en un personaje tan intrigante y cercano que decide llevarla a su última obra Las Extranjeras. “Cuando escribo novelas, me queda la sensación de que esos personajes tienen una vida que va más allá de lo que conté en esa historia y me cuesta mucho desprenderme de ellos entonces siempre imagino una segunda parte, me pasó con Verónica”.

Publicado a inicios del 2014, en Las extranjeras, la reportera busca a los culpables del asesinato de dos jóvenes con quien compartió sus vacaciones en el norte de Argentina. En su búsqueda se enfrenta a complejos entramados de poder, violencia y venganza de personajes perversos que se sienten amenazados por su sagacidad. El rol de periodista se combina con crisis amorosas en una novela de esas que se leen en una sola sentada, en esa maravillosa sensación de un mundo paralelo.

Las Extranjeras es parte de los nueve libros que Olguín ha publicado en los últimos quince años. Ocho de ellos son novelas negras, narran investigaciones criminales e historias pasionales. Olguín se aventuró por el género policial porque cree que hoy es la literatura más realista, que tiene que ver con esa parte oscura de la sociedad. En sus relatos hay siempre dos elementos: lo social y lo íntimo. “Todo lo que tiene que ver con crímenes y delitos se relaciona con el funcionamiento de la sociedad y todo lo sexual muestra cómo esa persona reacciona en su vida cotidiana”. Los personajes, continúa, se conocen mucho más cuando existe tensión erótica alrededor de ellos.

Sus historias tienen una base biográfica. En Lanús describe el barrio donde se crió e inventa la trama de un joven que regresa al lugar para descubrir quién mató a un amigo de su infancia. En Filo, elige anécdotas de su época de estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires y las combina con un crimen y una relación de amor. Aunque estudió literatura y empezó a escribir desde sus veinte, la no ficción lo acompañó desde antes. Sergio Olguín tiene cuarenta y siete años y es periodista desde los diecisiete. Empezó en revistas y diarios de Buenos Aires con temas variados aunque siempre, de alguna manera, se inclinaba por lo cultural. En 1990, cuando Buenos Aires todavía no era una ciudad tan liberal como ahora, cofundó la revista V de Vian. Con mujeres semidesnudas en la portada y reportajes sobre política, derechos humanos, y recomendaciones de lecturas como Libro de Manuel de Cortázar –que en ese entonces era mal visto por ser un texto de batalla de los 70-, la publicación era considerada de ruptura porque incomodaba a ciertos sectores de la sociedad porteña. Se autodefinía como antimilitarista y obsesa sexual. En ese entonces, Olguín también mantenía una columna de crítica de libros en Página 30, revista que dirigía el escritor Rodrigo Fresán. “Había editoriales que no me mandaban libros para Página 30 porque no querían que los use para V de Vian, era un momento fuerte, éramos muy peleadores pero así y todo, por prepotencia de trabajo, nos metimos ahí”. El medio, que dejó de circular en 1999, es catalogado como de culto y sus otros fundadores Claudio Zeiger y Pedro B. Rey, trabajan como editores de Radar –suplemento cultural de Página/12- y de ADN -revista cultural de La Nación–. Hoy, Sergio es el jefe de redacción de La mujer de mi vida, una hermosa publicación mensual que aborda literatura, cine, psicoanálisis e incluye textos inéditos de reconocidos escritores como Claudia Piñeiro, Betina González y Aníbal Jarkowski.

En La mujer de mi vida, Olguín edita la mayoría de los textos de ficción y no ficción. Y aunque esta última etapa de su vida la ha dedicado a las novelas policiales, dice que todavía se siente periodista. “Siempre he ido en paralelo, el periodismo aporta mucho a mi mundo literario, me brinda el no temer a la página en blanco. Me da esa capacidad de escribir sin temor, sin estar esperando que me inspiren las musas”. Sobre el mismo tema, Fogwill dijo una vez: “Antes que a la página en blanco yo le temo a la página en negro, a preguntarme: ¿cómo pude haber escrito esta estupidez?”

En La fragilidad de los cuerpos y Las extranjeras, utiliza un lenguaje cotidiano, tiene una prosa sencilla que permite leer sin enredos, en poco tiempo. Esa capacidad de escribir claro y comprensible, cree el escritor, también la obtuvo del periodismo. Homero Alsina Thevenet, reconocido periodista uruguayo que fue su editor y el de Leila Guerriero, decía que el lector que da la vuelta a la página de un diario no vuelve atrás, que si empieza a leer una nota y no le enganchó, seguirá de largo. Para Olguín, lo mismo pasa con la literatura, por eso procura que sus primeros párrafos seduzcan. Ese cuidado en su estilo le otorgó el V Premio Tusquets Editores de Novela, en 2009, con Oscura y monótona sangre.

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Ocho de sus novelas están machadas de sangre, suspenso y gente perversa, pero Olguín es risueño. “No me gusta el espíritu narcisista del escritor que se cree oscuro”, dice riendo mientras toma un café en La Academia, un bar fundado en 1930 que él eligió para conversar, ubicado entre Corrientes y Callao, en pleno centro de Buenos Aires. Sergio es amable, dice “no gracias” cuatro veces a un vendedor ambulante que nos interrumpe e insiste que compremos una linterna. El escritor viste una camiseta negra, como el género que escribe, y tiene en su mano Justicia, un policial del suizo Friedrich Durrenmatt. Cree que la idea del escritor pesimista, sabatiano, que se encierra a producir sus obras y es infeliz, es falsa. Para él, escribir es un ejercicio de disfrute, así como para algunos lo es ir al gimnasio o ver una película. Lo sabe desde que tenía dieciséis años, cuando ganó un concurso nacional de cuentos. Y aunque en su colegio eligió la especialización Comercial porque sabía que sus padres no podrían “bancarle la universidad” y debía graduarse y trabajar, todo se alineó para que siempre estuviese vinculado a las letras. Nunca tuvo que ser contador ni servir café en un bar.

Olguín ha recorrido varias rutas de la literatura y periodismo: tiene dos novelas juveniles, una infantil y cofundó la revista de cine El Amante. Le disgusta haber sido encasillado como redactor cultural y dice que siempre quiso ser ese periodista de investigación, “el que mete la nariz donde no debe”, ese profesional muy parecido a Verónica Rosenthal. Aún mantiene una frustración: ser editor literario. Ha incursionado poco en ese ámbito. En su lista de editados están Leila Guerriero, Josefina Licitra y Javier Sinay. Ejerce el rol de editor todos los días aunque no le paguen, en espacios que podrían parecer insignificantes. Hace un par de meses, vio un tuit de la cuenta de Revista Ñ –suplemento cultural de El Clarín– en el que publicaban una foto con datos de personajes y el lugar equivocados. Sergio fue hasta su biblioteca, buscó el libro donde sabía que estaba esa imagen y confirmó la información. “Y me pregunté ¿qué estoy haciendo? Pierdo media hora de mi vida tratando de corregir un tuit a un periodista. Es el vicio”. Olguín es un obsesivo de la edición que cree que lo más importante en la vida no son sus libros, ni el cine, ni su carrera como escritor. “Lo más importante pasa por intentar ser feliz con las cosas cotidianas, disfrutar aquello que despierta goce y por otra parte convivir con la idea que todo lo que quiero se va a morir en algún momento”. Nietzsche decía que la tragedia ataca por emboscada. Sergio cree que es así, que vivimos acechados por momentos duros y que la literatura permite plasmarlos porque dice que ser sombrío y oscuro en su vida real es una pérdida de tiempo.